Área Crítica Nº 29
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EME
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editorial
En una sociedad machista como la que vivi-
r o
debil mos, la división de sexos va más allá de dife-
renciar lo masculino y lo femenino. La división
ps por sexos sirve al hombre para dominar, controlar, castigar y, si llega el
caso, violar o matar a la mujer, casi siempre a «su» mujer. Desde la infan-
cia, el niño asume «como natural» su superioridad sobre la niña, basándo-
se en tres «principios fundamentales»: «Eres una niña», «Las niñas son ton-
tas» y «Las niñas son débiles». La educación en colegios mixtos ha resuelto
poco o nada esta situación porque niños y niñas siguen viviendo en familias
donde se asienta la dominación machista.
La familia española, cuanto más cristiana y unida, se asienta en la do-
minación violenta del hombre sobre la mujer. La desobediencia, la insumi-
sión o la simple rebeldía de la mujer casada es castigada con el catigo pater-
no, de palabra o de obra, que puede llegar hasta la violencia más directa
ante la pasividad social, las más de las veces, de vecinos, familiares, ami-
gos, policía, justicia y el propio gobierno.
Muy pocas mujeres españolas han conseguido romper la autoridad del
macho —en ocasiones a costa de su propia vida— consiguiendo una inde-
pendencia económica y el respeto mutuo. Contra lo que se pudiera pensar,
los casos de malos tratos en la familia contra la mujer o las hijas, no sólo
no han disminuido sensiblemente en los últimos años, sino que en muchos
casos se ha hecho más dramático.
Atada con la dura cadena de ser «esposa y madre», la mujer española
ofrece un cuadro patético del que sólo puede escapar luchando para acabar
cuanto antes con el sistema político, social y cultural que le impide ser libre.
Desde luego en el capitalismo, sin trabajo, bajo una cultura americanizada
que presenta a la mujer como un producto comercial más, no tiene salva-
ción. Hay un feminismo dulce, burgués, que se conforma con la liberación
sexual y el derecho al aborto, y hay un feminismo revolucionario, que quie-
re liberar a la mujer para que ningún hombre vuelva a tratarla mal... sin
llevarse su merecido.
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ALFREDO GRIMALDOS JORDI ABALLA, EDUARDO
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Escena de la detención de un violador en Francia. Las agresiones a la mujer aumentan en todos los países.
Discriminación que sufre la mujer
+ Montse Escobar: «No es sufiente
S [| J MARIO enel tombajo: «e 229 ena eso emojero pág. 18 con modificar las leyes, habría que
* Asunción Coronado: cambiar la conciencia social» .... pág. 36
E Caperucita ROja» ..ooooooooo.o.o> pág. 20 + Es mentira, no somos iguales... pág. 37
AREA CRITICA N.* 29 » Secretaria de la General' Motors: a Con la unidad dela familia hemos!
DICIEMBRE 1988 «Fui objeto de una vejación como topado .. -- pág. 38
mujer y como trabajadora» ..... pág. 22 0 'n ]
Ñ ñ * Algunos casos de «humanidad» j
> + Gloria Martín: «Todo el mundo lo diia... ooo... pág. 39
Ca ítulo I sabe, pero pocas personas lo de- si Ñ que
Pp NECIO e. conil ms as ce pág. 24 * Ante la policía pág. 40
» Malos tratos en familia ......... pág. 4 >? Pilar Escario: El miedo alescándalo pág. 24 * Con la «autoridad» en casa ..... + pág. 42
+ Angelina Burios: «La violencia con-
tra la mujer responde a un atavis- sr .
MO PIOTUMAO vd micianere y pág. 10 Capítulo mn Capítulo NA
* Casas refugio: una salida mo- y
mentánea pág. 12 + La violación, el crimen machista . ág. 27 a a Áti 6 A
e La institución familiar cprime a la 1 * Quién y por qué mataron a Ana ES * Eaviolencia política contrala mier 1 pág: 44
mujer ... pág. 14 Lirola ..oocoocccococcnccccoo pág. 34
E Capítulo VI
Capítulo II Capítulo IV
, . + El papel de la prensa, radio y tele-
* Abusos sexuales en el trabajo ... pág. 16 + La justicia y otras soluciones .... pág. 36 visión: Agredir por todos los medios pág. 48
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Un millón de españolas no aguantan a sus maridos
Malos tratos en familia
En todos los ámbitos y esferas sociales, las mujeres están siendo
maltratadas, pero está demostrado que es en la familia donde
este problema se agudiza.
Ñ Las estadísticas oficiales hablan de 17.057 denuncias de mujeres
, por malos tratos recibidos por su marido o compañero en 1986.
Esta cifra es muy baja sobre todo si tenemos en cuenta que el
número de mujeres que presentan denuncias es minoritario. Sin
embargo esta cifra por sí misma pone de manifiesto que las
agresiones físicas, psíquicas y las violaciones dentro del
matrimonio son el pan de cada día en muchos hogares.
Agresiones o malos tratos que, unas veces, se producen por
separado (la misma estadística indica que el total de agresiones
físicas ha sido de 6.880 y que en 3.183 casos más se han dado
sólo agresiones psíquicas); en otros 6.363 las dos formas de
agresiones se han producido al mismo tiempo.
Un marido
esquizofrénico
M.* Soledad, barcelonesa de 30 años, recu-
rrió como cosa inusual a la Casa Refugio
(CIUD) acompañada de su padre y traía consi-
go a su hijo pequeño. La gravedad del caso y
la impotencia para resolverlo en esta familia
eran dos notas fundamentales. La impotencia
se daba por ser el marido de Soledad un enfer-
mo mental muy variable y peligroso. La vecin-
dad de las familias hacía difícil que los padres
de Soledad la pudieran esconder. La violencia
comenzó al año de casarse, al principio fueron
psicológicas y sobre todo centrada en el ámbi-
to de lo sexual. El comportamiento sexual no
era normal desde el principio, pero cada vez se
deterioraba más.
Las agresiones sexuales eran habituales. Las
penetraciones anales y cuando estaba dormida
Soledad eran frecuentes; pero las agresiones más
violentas comenzaron cuando el marido la ata-
ba a la cama por los pies y la adormecía con
éter para mantener relaciones sexuales. El mie-
do y las «pocas huellas físicas» hacían difícil la
credibilidad del relato de Soledad. Al tiempo
también vinieron las agresiones físicas, los he-
matomas, etc. La relación con los niños era muy
dura ya que no los soportaba, desde pequeños
le molestaba que llorasen y les tapaba la boca.
Al marido posteriormente, tras un estudio
psiquiátrico, les han diagnosticado esquizofre-
nia-paranoica. Ella al salir de casa sólo pudo
sacar al niño pequeño.
OY, cuando estamos en el um-
HA bral de un nuevo siglo, cuando
vivimos en una sociedad mar-
cada por el progreso, puede que suenen
muy lejanas aquellas sociedades (escla-
vista y feudal) en las que las mujeres
eran maltratadas de forma consentida
al no existir en ellas ninguna ley que las
protegiera, ninguna ley que recogiera
sus derechos, salvo el de la obediencia
incondicional a sus maridos. Incluso,
puede parecer lejana la tan conocida
etapa franquista donde la mujer podía
ser maltratada de palabra o de obra o
ser violada por su marido (débito con-
yugal) sin que ello constituyera falta o
delito ante la ley.
Sin embargo, hoy, y a pesar de todos
los cambios que se han dado en la le-
gislación, a pesar de todos los derechos
que, teóricamente, se le ha reconocido
a la mujer, los malos tratos siguen sub-
sistiendo sólo que adaptados a las con-
diciones y a las características de una so-
ciedad capitalista como la nuestra.
En nuestro país, hoy, cada día, a cada
hora, siguen produciéndose cientos de
situaciones terribles; sigue habiendo
cientos de mujeres golpeadas, insulta-
das, menospreciadas por sus maridos.
Cientos de mujeres que no podrán de-
cir que cualquier tiempo pasado fue
peor, porque en sus cuerpos llevarán
para siempre las marcas de las graves le-
siones que sus maridos les han produ-
cido. Esto cuando no han muerto y si-
guen muriendo, víctimas de cuchilladas
4
o balazos como lo fue Catalina Rodrí-
guez Luna, de 44 años, que moría en
Madrid el 8 de septiembre de 1987 por
un tiro en la cabeza efectuado por su
marido, Rafael Ruiz.
Preponderancia
y sumisión
No es una casualidad que sea preci-
samente en el ámbito familiar donde las
mujeres están siendo sometidas a ma-
yor número de vejaciones y malos tra-
tos ya que hoy se sigue manteniendo la
misma estructura familiar que hace
cientos de años. En nuestra sociedad, la
división de papeles entre el hombre y la
mujer dentro de la familia no ha pasa-
do a ser una reliquia a pesar del reco-
nocimiento que en las leyes se hace de
los derechos de la mujer como persona.
Una división de papeles que sigue dan-
do al hombre una preponderancia eco-
nómica sobre la mujer, sujeta a ese
sueldo del marido y sometida, por tan-
to a ese «aquí mando yo porque soy el
que lo gano».
Por otra parte, esta división de pape-
les dentro de la familia y que les viene
impuesta a los dos sexos por la educa-
ción recibida, hace que las relaciones
personales que se establecen en el ám-
bito familiar, sean igualmente opresi-
vas. Lejos de responder a una igualdad
y colaboración mutuas, son el resulta-
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Cientos de mujeres siguen siendo menospreciadas, insultadas e incluso golpeadas por sus maridos.
do del ejercicio de la autoridad mascu-
lina que, en numerosas ocasiones y
como nos demuestran las estadísticas
son realmente vejatorias y humillantes.
En cuanto a la mujer la educación ac-
túa a la inversa, enseñándola a aceptar
la sumisión y la dependencia como algo
característico de su ser.
Partir de aquí, es una necesidad sin
la cual no se podría entender que a es-
tas alturas del desarrollo social, los ma-
los tratos a la mujer dentro de la fami-
lia se produzcan en todos los estratos
sociales, incluidos aquellos en los que
la mujer tiene un grado de cualificación
profesional y una independencia econó-
mica pero donde las trabas ideológicas
tienen un peso específico tan fuerte que
tampoco escapan a todo tipo de veja-
ciones.
Sin embargo, las estadísticas demues-
tran que el tanto por ciento de malos
tratos en la familia, aumenta en la me-
dida que se va descendiendo en el esca-
lafón social. Cientos de brutalidades
—en muchos casos aberrantes—, cien-
tos de casos verdaderamente sobrecoge-
dores, ocurren entre las cuatro paredes
de los hogares más humildes y se dan,
precisamente, entre las parejas cuya
unión, lejos de estar fundada sobre in-
tereses económicos (¿dónde está el ca-
pital que aporta un obrero, hombre o
mujer al matrimonio?) se ha estableci-
do sobre la base del amor entre ambos.
¡Extraña contradicción en la que el
amor da paso a la triste y extendida sen-
tencia de: «la maté porque era mía»!
Solucionarla sería imposible sin tener
en Cuenta el objetivo que tiene estable-
5
cido la familia dentro de una sociedad
clasista; esa división de papeles, esa pre-
ponderancia económica e ideológica de
un sexo sobre otro otorgada desde tiem-
pos inmemoriales. Pero también es im-
posible salir de este atolladero si no se
entra en otra serie de consideraciones o
causas cotidianas, generadas por la so-
ciedad capitalista, que favorecen sin lu-
gar a dudas esta realidad y que contri-
buyen a agudizar la opresión de la mujer
en la familia, y en concreto, a que se
produzca un aumento de malos tratos
hacia ella.
Causas, por otro lado, distintas para
el hombre y la mujer como correspon-
de a la división de papeles otorgados a
cada uno socialmente.
En Cataluña, Euskadi y Madrid, el
índice de separaciones o fugas por
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Malos tratos en familia
«agresiones psíquicas» supera el veinte
por ciento, según las organizaciones fe-
ministas y los centros dependientes de
las Consejerías de Trabajo y Bienestar
Social. Tan sólo en 1984 se registraron
en España más de ciento noventa mil so-
licitudes de separación y un millón de
consultas de mujeres que sufrían una
convivencia insostenible y no soporta-
ban al marido. Pero curiosamente, la
agresión psíquica no conduce tanto a la
ruptura de la pareja como la física, aun
' siendo a veces mucho más dura.
«Por no llegar a una ruptura que mi
formación religiosa me impedía, pasé
doce años soportando la brutalidad de
mi marido», afirma Pepa Centoya, de
la Asociación de Mujeres Separadas de
San Sebastián. «A los treinta y cuatro
años, mi marido era impotente por cul-
pa del alcohol. Al final eso le mató.
Pero para él la responsable de sus fra-
casos sexuales era yo, y esto era su
excusa para aniquilarme, aplastarme y
humillarme ante los demás. Llegué a
creerme una mujer inútil, incapaz de vi-
vir en pareja, tener hijos y educarlos.
Fueron doce años de angustia increíble
y aunque haya recuperado mi libertad
cuando me fui de casa, no me ha resuel-
to nada ya a mi edad.»
Cuando la mujer es joven, la tortura
psíquica se sufre en ambientes domés-
ticos, donde la figura del padre con una
autoridad mal entendida tiene mucho
que ver; 1.645 denuncias de chicas en-
tre 16 y 25 años se produjeron en Bar-
celona, Madrid, Bilbao y Sevilla en
1984. «Llegué a odiar a mi padre. Me
fui porque con veinte años consideraba
que salir con chicos, ir al cine o de ex-
cursión era muy normal, pero mi padre
me recibía al volver a casa llamándome
puta como calificativa más suave. Y si
le replicaba, me llenaba la cara de car-
denales», cuenta Alicia B., de Madrid.
«Desde los 18 años —afirma Consue-
lo R., en Barcelona— trabajo en un des-
pacho de día y en un bar de noche, en
jornadas interminables, porque mi pa-
dre no trabaja y mi familia tenía que
subsistir. Lo que hago es honrado, pero
mi padre cree que me acuesto con hom-
bres y, al final, he tenido que irme de
casa.» El colmo de la insensatez nos lo
cuenta Pilar C., de Madrid, quien dice
que «me separé hace dos años y medio,
tras vivir con mi marido otros dos. Sus
exhibiciones de superioridad eran inso-
portables; para humillarme, me obliga-
ba a desnudarme y guardaba la ropa en
un armario bajo llave. Me decía que así
le gustaba más, porque yo sólo era un
cuerpo del que gozar cuando a él le ape-
teciera. Pienso que le atenazaban los ce-
los, aunque nunca lo reconocía.»
La mujer en casa
y con la pata quebrada
Propagadora de la ideología oficial
dentro de la familia, pilar básico de la
unidad económica sobre la que se asien-
ta la sociedad, reproductora de la fuer-
za de trabajo de las sucesivas generacio-
nes de trabajadores... ¡Función vital de
la mujer! Educada para la sumisión y
para aceptar unas veces como lógico,
otras con resignación infinita cualquier
tipo de atropello y hasta el infierno sal-
vaje de insultos, vejaciones, golpes y
La realidad de un
Después de haberla
asesinado, su marido
la denunció por
abandono de menores
IONISIA Corrales Obesso, golpea-
<< D da, maltratada, amenazada de
muerte, con juicio de separación,
habiendo intentado inútilmente protección ju-
dicial por las amenazas que, con razón, temía
se hicieran realidad. Los partes médicos que
registraban «erosiones en el cuello y hemato-
mas en el pómulo izquierdo», «erosiones en
región hipogástrica e infraumbilical», «araña-
zos en el cuello, hematomas en la espalda, an-
tebrazo derecho y región maxilar superior iz-
quierdo», no hicieron temer a los jueces este
trágico final. Finalmente, asesinada vilmen-
te, con toda premeditación por su marido Joa-
quín Frayle Escribano (Exp. n.* 40/81 del
Juzgado de Instrucción de Aranjuez).
Después de haberla asesinado, su marido la
denunció por abandono de menores. Mientras
se pudría en medio de un matorral, fue pro-
cesada por el Juzgado de Instrucción n.* 12
de Madrid por esta causa.
La familia de Dionisia denunció su desapa-
rición. La denuncia fue archivada.
Hasta que no apareció el cadáver de Dio-
nisia en un bosque en «Las Valdequillas» don-
de fue conducida por su marido, no se activó
la justicia (en este caso las «marcas» estaban
claras).
En ese lugar, después de haber abusado se-
xualmente de ella —con unas tijeras que ha-
bía preparado especialmente para ese efec-
to— su marido la mató por haber intentado
vanamente recuperar su libertad, su dignidad
y los pretendidos derechos constitucionales a
no «ser sometida a tratos inhumanos y degra-
dantes» como garantiza dicha Constitución.
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rturas hacia ella y sus hijos por
parte marido o compañero.
No se trata, sin embargo, de una dul-
cificación innata de su carácter ni de
una santidad buscada a base de sufri-
mientos y, porlo tanto, de un masoquis-
mo generalizado. Existen bases más te-
rrenales que hacen de las mujeres de las
clases más desposeídas las principales
receptoras de los malos tratos.
Según una estadística realizada por
una Casa Refugio de Madrid sobre 195
mujeres que se vieron obligadas a aban-
donar el hogar por las agresiones su-
fridas por su marido, el 78 % de ellas
carecía por completo de ingresos econó-
micos propios. En general, en España,
el 70 Wo de las mujeres son amas de casa.
Soportar, pues, todo tipo de situaciones
denigrantes e infrahumanas, en muchos
casos durante bastantes años, no es
cuestión fácil, pero sí puede ser una ne-
cesidad tan imperiosa como que de ella
depende la subsistencia de la mujer y la
de sus hijos.
Existe, es cierto, otro 22 Y% —según
esta estadística—, que cuenta con ingre-
sos propios, fruto de un trabajo remu-
nerado. En estos casos, la mujer se en-
cuentra con un pequeño respiro, pero
el sueldo que obtiene es tan pequeño que
muchas se ven obligadas también a so-
portar los malos tratos.
Se quiera o no, guste o no, el traba-
jo de la mujer en una sociedad como
la nuestra tiene siempre un carácter
subsidiario, de complemento para los
ingresos de la familia, pero nunca el
salario de la mujer —a excepción de
niuomentos de crisis económica como los
actuales— será el soporte económico
principal. Ese papel le corresponde al
hombre.
Pero aún hay otra causa que influye
iwante toda la vida.
muerte anunciada
Estos hechos ocurrieron el 6 de diciembre
de 1980. Tres años después el autor todavía
se encontraba en libertad... la justicia es muy
lenta.»
Extraído del Documento presentado por la
Comisión de Investigación de Malos Tratos y
80 Abogadas madrileñas. Diciembre 1983,
Dionisia, Consuelo Peris, Delfina Moragas,
Arrate Múgica, Teresa de Sau Pau, Ana Cas-
tellanos Lara, Pilar Rodríguez...
Los casos de mujeres asesinadas por sus
maridos posteriormente a la formulación de
denuncia o tras el proceso de separación,
son más frecuentes y numerosos de lo que se
piensa.
La desinformación es este sentido es ver-
gonzosa. Existe un silencio cómplice con el
poco interés que el propio sistema y los me-
dios de comunicación muestran hacia ello; sin
embargo, entre 1976 y 1983, 83 mujeres mu-
rieron a manos de su marido y otras 46 más
por su novio o compañero.
Otras muchas han seguido su misma suerte
en estos últimos años: Isabel García, Dolores
Sánchez Sánchez, Hilaria Ramírez en 1986;
Consuelo Asensio, Ana M.* P.J., Eulalia
Morgado, Antonia Matías Alvarez, Olga Fer-
nández, Catalina Rodríguez, Celia Herranz en
1987.
¿Qué mujer maltratada tiene asegurado un
final distinto al de todas ellas?
Tres años después del
crimen el autor
todavía se
encontraba en libertad
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Malos tratos en familia
sobre la mujer de las clases trabajado-
ras a la hora de ser receptora del mayor
porcentaje de malos tratos.
Según las estadísticas antes citadas
sobre esas 195 mujeres, destaca el he-
cho de la falta abrumadora de una edu-
«cación básica y de una preparación mi-
nímamente cualificada. Casi las tres
cuartas partes de estas mujeres —exac-
tamente un 71 Y — sólo tiene estudios
primarios a las que hay que añadir otro
2 Y que carecen por completo de estu-
dios.
Una, ignorancia
potenciada
El alcance de esta realidad, abarca
múltiples aspectos que potencian en
unos casos actitudes pasivas por parte
de las mujeres ante los malos tratos; en
otros, resignación con su destino; y en
otros, la impotencia y la rabia conte-
nida.
Muchas mujeres admiten ser maltra-
tadas por sus maridos con una tranqui-
lidad que llama la atención, poniendo
este hecho a la misma altura que cual-
quiera de las actividades cotidianas que
realizan en sus hogares. «El hombre es
el hombre», «el hombre manda», «que
el hombre pegue a su mujer es una for-
ma de manifestarle que la quiere», «sí,
mi marido me pega pero también es
muy cariñoso conmigo».
La explicación que otras muchas dan
a su situación es hacer responsable al
Un marido celoso
María, de 19 años, perdió a sus padres sien-
do muy pequeña, se crió en un colegio de mon-
jas y al salir de allí trabajó en la recogida de
manzana y oliva.
En esa época conoce a su actual marido, ca-
marero, queda embarazada y se casan. El es un
muchacho que sufre ataques epilépticos y según
María tiene un carácter muy inmaduro y con
una fuerte dependencia de su madre.
Ella dice que nunca se llevaron bien, uno de
los problemas más importantes de la conviven-
cia son los celos. No le pega habitualmente pero
la amenaza. Agresiones físicas se han produci-
do una o dos veces. >
Durante el primer año de matrimonio han
convivido con la familia del marido fuera de
Barcelona, existiendo una relación muy conflic-
tiva y de mucho sometimiento por parte de ella.
La decisión de separarse surge cuando el es-
poso le propone dejar al niño con su madre, y
trasladarse ellos a Barcelona para buscar tra-
bajo, instalándose temporalmente en la casa de
una hermana de ella, minusválida. Es en ese mo-
mento cuando recurre a la casa refugio (CIUD)
e inicia los trámites de separación.
destino; o quedan paralizadas por el te-
mor a lo que pueda ocurrir: «a mí me
da mucho miedo. Si ahora se pone
como un loco, no sé qué pasaría si se
me.ocurriera denunciarlo».
Indudablemente, el problema y las
condiciones de cada mujer maltratada
tienen características particulares; pero,
globalizando, el oscurantismo y la in-
cultura se esconden detrás de todas las
causas particulares y externas. Cono-
ciendo la sociedad en la que vivimos, en
donde la cultura sirve a unos intereses
y es impartida a las clases trabajadoras
en la medida en que es necesaria para
La psicología e
El análisis del psicólogo Serafín Mi
tín Corral —adscrito a los Juzgados
Familia de Bilbao— sobre los malos t
tos recoge la función de éstos dentro d
la familia, en la reciprocidad matrimo
nial, por lo que excluye el concepto dí
victima y el de culpable, aunque en l;
relación interpersonal de la mujer ll
malos tratos le crean una baja autoesti
mación, autoinculpación, depresiones
demandas continuas de ayuda, etc. Esti
consideración de conflicto «entre»
«dentro» de los miembros de una fa:
La familia gaditana de Maria Amaya Jue desalojada por la policia de su casa. Las mujeres pobres
no pueden esperar de la familia más que trabajo y esclavitud.
el funcionamiento del sistema económi-
co, la ignorancia de la mujer no se pue-
de considerar como fortuita. Las mu-
jeres de las clases y capas más bajas de
la población siempre han estado some-
tidas a una ignorancia potenciada como
forma de que sigan cumpliendo el pa-
pel que se les otorga, papel totalmente
necesario para la supervivencia del sis-
tema.
La mentalidad atrasada que permite,
de forma sutil, la aceptación volunta-
ria de los malos tratos en la familia, uni-
do a la falta de una mínima formación
profesional que les permita hacer fren-
te a un futuro menos denigrante con su
incorporación a un trabajo, son armas
que convierten a la mujer en un blanco
fácil y en la receptora de cientos de bru-
talidades ejercidas contra ella en su pro-
pio hogar. Brutalidades ejercidas por el
hombre al que libremente eligió como
compañero de su vida que le está hacien-
do la vida imposible.
8
Pero al mismo tiempo, es el blanco
fácil de una sociedad que utiliza al
propio hombre como instrumento para
doblegar cualquier atisbo de indepen-
dencia, cualquier intento de rebelarse
contra el papel ignominioso y degradan-
te que la sociedad clasista ha asignado
a la mujer para que el sistema siga fun-
cionando conforme a los intereses esta-
blecidos.
La crisis deteriora
la convivencia familiar
Al preguntar a las mujeres maltrata-
das sobre las causas por las que están
siendo golpeadas, nos encontramos con
una concordancia generalizada sobre
hechos como el alcoholismo, la droga-
dicción, los celos, los accidentes labo-
rales, el paro. Esta comprobado que
existe una relación directa entre los ma-
los tratos y todos estos factores; unos
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ia las agresiones
milía permite explicar porque muchas
mujeres soportan malos tratos conti-
nuamente. Para Serafín Martín la sepa-
ración es una salida viable aunque blo-
queda por los problemas económicos y
de patrón de familia. «Para la solución
definitiva no son suficientes la ejecución
de la norma o la ley, Las intervencio-
nes que se necesitan no son sólo psiquiá-
tricas o educativas, son de otra índole.»
Declaraciones a
- Punto y Hora (3-5-1985)
las mujeres. De hecho, en estos años de
crisis, muchas mujeres han ido consta-
tando sobre si mismas un cambio anor-
mal en su pareja. Hombres que, en un
principio, mantenían una relación inclu-
so afectiva con su mujer han ido adop-
tando una actitud violenta y agresiva
como forma de descargar la tensión pro-
ducida por cientos de motivos.
La tensión de los ritmos de trabajo,
cada día más extenuantes que se están
imponiendo en las fábricas y centros de
trabajo en los que el hombre está obli-
gado a un desgaste no sólo físico, sino
psicológico, brutal para alimentar las
máquinas de los capitalistas, el estar 8 ..
ó 10 horas pegados a la cadena de mon-
taje, hace que el hombre, ante cualquier
Las bodas de los ricos a menudo esconden la corrupción Jamiliar.
factores que, a su vez, son consecuen-
cia directa de unas condiciones de vida
depauperadas, de una falta de recursos
económicos y del bajo nivel de educa-
ción en el que se ha mantenido siempre
a ciertos sectores sociales: los tradicio-
nalmente llamados sectores marginados
que se han ido concentrando en las zo-
nas periféricas de las grandes ciudades
industriales.
Sin embargo, en los últimos años, en
los que la crisis económica ha hecho su
aparición y con ella el aumento de to-
das las lacras sociales, la depauperación
y la miseria se han ido extendiendo a
otros sectores de la sociedad en los que
el maltrato hacia la mujer no se daba
de forma generalizada. Diez millones de
personas que viven por debajo del lími-
te de subsistencia, más de tres millones
de parados reconocidos oficialmente,
son cifras alarmantes que ponen rápi-
damente alerta sobre ese incremento y
extensión de los tratos vejatorios hacia
>
cosa que no esté «a su gusto» cuando
llega a casa, provoque roces, y suscepti-
bilidades en cualquiera de sus vertientes.
Al mismo tiempo, estos ritmos están
produciendo en nuestro país un incre-
mento de los accidentes laborales ver-
daderamente estremecedor (209.561 en-
tre enero y abril de 1987). Este es otro
de los hechos que influye en los malos
tratos de una forma directa; hombres
todavía jóvenes condenados de por vida
a una disminución física, imposibilita-
dos de desarrollar sus facultades labora-
les y de otro tipo. Genera situaciones
personales muy graves que deterioran la
convivencia familiar hasta límites te-
rribles.
El paro y el palo
que no cesan
Por una parte, el paro y las carencias
económicas que ello trae consigo es una
de las mayores fuentes de grietas en mi-
9
de matrimonios que se enfrentan
ante la imposibilidad de mantener a sus
hijos y a ellos mismos.
Pero el paro trae consigo también
otras muchas consecuencias que influ-
yen a su vez en esta convivencia fa-
miliar.
Los médicos lo certifican, las estadis-
ticas lo demuestran y los hombres que
se encuentran sin trabajo o sobrelos que
pende la amenaza lo sienten: el paro
mata, el paro aniquila, el paro destru-
ye y genera conductas y comportamien-
tos anormales.
«Cada día pasan por la consulta mé-
dica decenas de pacientes con trastor-
nos psicosomáticos derivados en su to-
talidad de la inestabilidad en el empleo
y ante la amenaza de reducción de plan-
tilla o cierre definitivo». Las declaracio-
nes de los médicos confirman el alar-
mante aumento de los malos tratos que
se están produciendo en las familias que
se encuentran afectadas por esta plaga
que crece como la espuma en los últi-
mos años.
La situación que el paro, o su po-
sibilidad cercana, genera y hace que
confluyan en cadena todos los factores
anteriormente citados: alcoholismo,
drogadicción, celos, etc. Se crea así, un
círculo vicioso en el que la ansiedad,
como problema de conducta más fre-
cuente (el 43 Y de los casos), da paso
a la irritabilidad, los estados depresivos
y la neurosis; un círculo en el que la de-
pendencia de las drogas legales e ilega-
les alcanza casi al 30 Y de los hombres.
Todo ello genera en la familia nuevas
tensiones: discusiones, violencia,
aumento de culpa.
La realidad que plantea un problema
Un marido alcohólico
Josefa, 30 años, conoció a su marido cuan-
do tenía 11 años y a los 17 años, cuando él re-
gresó del servicio militar, se casaron, estando
embarazada. Comenta que el marido cambió
cuando volvió del servicio miltiar. Allí empe- “|
z6, parece ser, su adicción al alcohol. Empezó
la historia de violencia ya desde el inicio del ma-
trimonio, incluso le ha agredido estando emba-
razada. La violencia también se extendía a los
tres hijos. En 1980 Josefa obtiene la separación
legal de su marido. Desde entonces la ayudan
sus padres con los que convive en Barcelona.
A pesar de la separación ha continuado ace-
chándola con amenazas, intimidaciones y agre-
siones. Ella comenta que cuando va a buscarla,
para evitar alteraciones graves, «cede». Ceder
significa irse con él a una pensión, de ahí el úl-
timo embarazo hace tres años.
Josefa tiene establecidos, con su marido, bar-
nizador, unos vínculos muy particulares y ma-
nifiesta una actitud ambivalente frente a la se-
paración, aunque racionalmente ve que esta
situación no puede sostenerse por lo que implica
de angustia y desajuste para la vida familiar.
Página 10 · ver la página
Malos tratos en familia
como el paro, es verdaderamente terri-
ble. Un joven parado de Donosti, casa-
do, explicaba a la revista Punto y Hora
la situación que él mismo estaba vivien-
do: «si te casas, tienes ilusión por crear
una familia, ves que no puedes, que es
imposible; toda la ilusión que tienes se
te va cortando y, luego, te sientes inútil
a nivel familiar, a nivel de la sociedad,
parece que no vales para nada; a nivel
de amigos te sientes discriminado y tú
mismo te vas encerrando y, al final, se
te pasan muchas ideas, el suicidio...»
*Casos como éste, se producen a dia-
rio a un ritmp vertiginoso en los últimos
años en una sociedad en la que la auto-
ridad, el padre de familia, está basada
en el sueldo; la pérdida de este sustento
material implica el desmoronamiento, la
autodevaluación de esa autoridad. En-
tonces, roces, chispas, susceptibilidades,
suspicacias, broncas, golpes, palizas, se
convierten en hechos frecuentes. E in-
cluso llevan al asesinato de la mujer y
al propio suicidio.
Pero, además, el paro está generan-
do en la familia otras situaciones que
entran en clara contradicción con el es-
quema de la familia que sigue existien-
do en esta sociedad. Mientras el mari-
do está parado, la mujer es la que tiene
mayores posibilidades de encontrar tra-
bajo en el servicio doméstico o en la eco-
nomía sumergida. La sensación de ser
mantenido por la mujer aumenta los
sentimientos de inutilidad, culpa y de-
presión. Las tensiones familiares que se
van creando, terminan por afectar la
vida afectiva-sexual que se va llenando
de insatisfacciones, frustraciones que
engendran nueva agresividad y que, en
un círculo vicioso, genera nueva ten-
sión. La familia se va degradando.
Es cierto que todos estos problemas
y las consecuencias que generan en el
hombre, no pueden considerarse como
justificaciones a la hora de quitar res-
ponsabilidades al ejecutor material de
ellos; al contrario, todo hombre que
descarga su ira, su impotencia sobre
la mujer no deja de estar actuando y
comportándose como un verdadero re-
presor con lo cual no deja de estar de-
gradándose en cada golpe, en cada in-
sulto.
Sin embargo, los malos tratos hacia
la mujer es un problema profundo que
nos salpica y nos incumbe a todos como
conjunto social y a cada elemento en
particular. Todos formamos parte de un
engranaje en el que cada cual no sólo
actúa siguiendo unas pautas marcadas
de antemano por el sistema, sino que so-
mos víctimas de todas esas lacras que se
van generando.
Angelina Burios: La
contra la mujer re
a un atavismo pr
En noviembre de 1977 se celebraron en Barcelona unas jornadas contra los malos
tratos hacia la mujer, convocadas por una comisión de Mujeres abogadas de
Barcelona. Algunos de los objetivos que se marcaron con estas Jornadas eran lograr
una coordinación a nivel estatal de mujeres abogadas y mantener un intercambio con
otras compañeras con el fin de profundizar en toda la problemática de los malos
tratos que abarca distintos campos, en el trabajo, en la familia, en el grave tema de
las violaciones y en lo que supone para la mujer la aplicación de las nuevas técnicas
en la reproducción. Uno de los temas que suscitó más interés fue el de los malos
tratos en la familia. La abogada Angelina Burios Calcerrada opina que los problemas
de la mujer vienen de antiguo y no podrán resolverse más que a largo plazo.
¿Cómo se puede luchar contra los malos
tratos?
Los malos tratos responden a un atavis-
mo profundo del país. En este sentido cree-
mos que lo importante es luchar en el plano
social, incluso más que en el jurídico. Para
nosotras es importante que hombres y mu-
jeres se autoconciencien de lo gravísimo que
resulta recurrir a la fuerza física o a la su-
perioridad física para conseguir algo. Podre-
>mos lograr quizá que haya un cambio en la
legislación que permita que un señor que pe-
gue a la señora se le encierre 15 días en un
calabozo. Esto quizás puede ayudar como
mínimo a detener el problema. Pero la
auténtica solución no creemos que venga de
ahí, la solución está en ir a las raíces y po-
ner realmente los medios para erradicar las
causas de los malos tratos. Esto para mí,
desde luego, está completamente ligado,
completamente relacionado, no sólo con la
evolución de todos sino con la solución de
todos esos problemas, el paro, la droga, el
10
alcoholismo, etc., que llevan a las personas
a la agresividad.
¿Crees que los malos tratos están condi-
cionados por una situación económica de-
terminada?
No totalmente, en algunas ocasiones pue-
de haber algunos que sean de origen pato-
lógico. Hay personas que son sádicas en sí
y eso ya es una cuestión patológica. Yo creo
que hay un abanico donde el factor socio-
lógico es muy importante. Las condiciones
personales y el paro actualmente están ha-
ciendo muchísimo daño; el paro y el no en-
contrar empleo, las dos cosas. Yo conozco
a chicos de 35 años que nunca han tenido
un empleo estable y de 40 años que a lo me-
jor lo han encontrado alguna vez. Encuen-
tras a personas que vienen al despacho y que
sólo han estado eventuales lo cual es una
zozobra muy grande. Esto te desestabiliza
emocionalmente y es una de las causas muy
importantes de los malos tratos.
¿Cómo influye la crisis económica y el pa-
ro en la relación de pareja?
Página 11 · ver la página
violencia
sponde
ofundo
En muchos casos esta situación está invir-
tiendo en cierta medida los papeles en el ma-
trimonio. Vamos a ver: la mujer es la que
trabaja, la que se está viendo obligada a tra-
bajar; como consecuencia el marido se que-
da en casa y ante esto el hombre tiene una
actitud mucho más histérica, no soporta que
la mujer esté trabajando y que él esté para-
do, no soporta que la mujer sea la que traiga
el dinero ¿por qué? por el machismo, por-
que este papel lo tiene el marido en esta
sociedad, por eso adopta una actitud histé-
rica y exhibe su actitud de fuerza maltratan-
do a la mujer.
A la hora de enfrentarse a los malos tra-
tos ¿crees que la mujer está adquiriendo
mayor conciencia?
Sí, yo creo que realmente va en alza. Lo
que pasa es que aún hay mucho por hacer
y sobre todo creo que hay muchas conduc-
Las todavía muy pasivas y que realmente con- *
viene esta autoconciencia del valor personal,
este deseo de la independencia y este ir po-
niendo los medios, a pesar de los muchos
obstáculos que hay en el exterior para lograr
una independencia y una autonomía. Eso es
importantísimo, que la mujer consiga su
autonomía y creo que el primer beneficiado
será el hombre porque se encontrará con una
mujer mucho más rica, mucho más compa-
ñera a su lado, menos dependiente; sí, creo
que eso beneficiaría al hombre y a la mujer.
¿Autonomía económica?
No, voy más lejos, autonomía total.
Crítica a los planteamientos del Instituto de la Mujer
«No llores, denuncia
en Comisaría»
S E quedan en eso, en lo asistencial, en los parches, en pequeñas medidas
correctivas, sin plantearse nada más allá. Su objetivo no es acabar con
el sistema patriarcal sino amortiguarlo, limarle las aristas más puntiagu-
das, para hacerlo más tragable.
Nosotras y ellos nos diferenciamos en todo, en el objetivo que persegui-
mos, pero también en las medidas concretas que plantean y como las llevan
a cabo.
Siguiendo en el ejemplo que nos ocupa (malos tratos, separaciones, viola-
ciones) las diferencias son manifiestas.
En cuanto a los servicios que deberían poner, es falso que lo estén hacien-
do y además, lo poco que hacen es en condiciones precarias.
Las Casas-Refugio que existen la actualidad, no son del Instituto de la
Mujer, casi ninguna. La mayoría pertenecen a Solidaridad Democrática u or-
ganismos institucionales (Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autó-
nomas).
Así, pues, esa idea tan extendida de que ellas han impulsado y creado las
Casas-Refugio, tiene bastante de falso.
Además, lo que existe en este tema, consiente tenerlo en unas condiciones
precarias en cuanto a personal, sueldos, dinero para las mujeres...
Queremos decir que ¡ojo al parche! pues el parche que se supone que de-
fienden, lo ponen bastante mal, cuando lo hacen.
En cuanto a airear o batallar por reformas necesarias en este campo, son
incapaces de ir al fondo, se quedan en la superficie como esas mal llamadas
«propuestas para la igualdad».
No plantean ni exigen medidas imprescindibles, para que una mujer pueda
seguir adelante, con autonomía sin tener que estar a expensas del ex marido
o compañero durante toda su vida, o viviendo con familiares o personas que
no ha elegido libremente, ni muerta de miedo de que la maten en cualquier
esquina. Hemos dicho anteriormente, que la Casa-Refugio puede servir en un
primer momento para aislarlas y darlas seguridad y confianza en lo que están
haciendo, pero en cuanto pasan el mes o meses de estancia ¿qué ocurre?: si-
guen sin vivienda propia (si ha habido separación, está esperando las provisio-
nales, o que se decidan a desalojar al marido con orden judicial), sin trabajo
ni capacitación para obtenerlo. No cobran subsidio de desempleo, no pueden
acceder a ningún curso de formación pagado, por no tener un año en el paro,
o no se las admite, o si se hace y son menores de 25 años, no cobran más que
10.000 pesetas. Para abordar todo esto, hay que exigir y pelear por otra ley
de divorcio, como ha venido diciendo el Movimiento Feminista, gratuito y rá-
pido, que no se exijan causas para separarse y que toda mujer pase a ser consi-
derada parada, recibiendo prestaciones de desempleo a cargo del Estado. Y
hay que pedir viviendas de carácter social, con alquileres bajos y gratuitos, en
las que en los baremos y estructuras no se priorice a la Familia Tradicional.
No se puede consentir que el Mal Trato no sea delito, y además fuertemen-
te Penalizado. Los juicios por malos tratos deben ser rápidos. Hay que im-
plantar el Destierro y Declaración de Personas No Gratas, para los que mal-
tratan y violan. No se puede tener a la mujer en vilo durante toda su vida, con
riesgos constantes.
En definitiva, hay una serie de medidas relacionadas con la Ley de Divor-
cio, mal trato y violación, así como la exigencia de reciclaje para las mujeres,
puestos de trabajos, viviendas..., que el Instituto de la Mujer olvida conscien-
temente, para no revolver excesivamente el sistema establecido (y esto teniendo
en cuenta que no hacen referencia a su Destrucción, sólo a revolverlo un po-
quito). No vamos a entrar en los contenidos de sus campañas (No llores: de-
nuncia en la Comisaría..., etc.), porque pensamos que están suficientemente
claros y debatidos en el Movimiento Feminista. *
Extractos de la ponencia «Algunas reflexiones sobre las Casas-Refugio, el
trabajo asistencial, el papel del Instituto de la Mujer y las Tareas del Movi-
miento Feminista».
.Mujeres de la Coordinadora Feminista de Iruña .
11
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Malos tratos en familia
CASAS REFUGIO:
«Una salida momentánea»
«En el módulo de Rekalde nos reuníamos todos los jueves
familiares de alcohólicos; entonces vimos la gran tragedia de que
muchas mujeres dormían en la comisaría, otras en la calle, otras
Di
E mujeres no
STA es la experiencia de un gru-
E po de mujeres que, ante la nece-
sidad apremiante de dar solución
al problema de las mujeres maltratadas,
se propusieron como objetivo crear una
Casa Refugio. Una experiencia que no
ha sido la única.
En España, a principios de los 80,
grupos de mujeres, unas feministas —y
teniendo en cuenta la experiencia de
otros países europeos—, otras indepen-
dientes, afectadas directamente por los
malos tratos, toman la iniciativa de con-
seguir pisos y locales donde otras mu-
jeres que sufrían el problema pudieran
Denunciada por
haber abortado
Tere es una mujer con cuatro hijos y 23 años
de edad, que después de haber sido golpeada
en multitud de ocasiones por su marido, cau-
sándole lesiones graves y habiendo presentado
repetidas denuncias un día decide irse de casa
tras sufrir una nueva agresión. El marido le de-
nuncia por abandono de familia y además por
haber abortado. Es llamada al juzgado y poste-
riormente detenida y encarcelada durante varios
días por el hecho de haber abortado, Después
de apoyos por parte del movimiento feminista
(manifestaciones, escritos periódicos...) es pues-
ta en libertad pero con el consejo del juez de
que no seguirá adelante con la denuncia, si vuel-
ve a casa.
Hay que recalcar que Tere cuando se fue de
casa y durante todo su encarcelamiento se en”
contraba embarazada.
Volvió a casa por miedo y por que no tenía
donde meter a sus hijos ni qué darles de comer,
aunque diversos estamentos le habían ofrecido
ayuda que nunca se hizo efectiva.
Cada cierto tiempo Tere vuelve a intentar irse
de casa por haber sido golpeada y presentado
denuncia, pero hasta la fecha su situación no
se ha resuelto.
? en la misma escalera porque el marido las echaba de casa;
fuimos viendo la necesidad de poner un piso para que las
tuvieran que andar así. Y surgió la idea.»
tener un sitio donde acudir, al menos en
el primer momento en el que —está de-
mostrado— la situación personal y ma-
terial es verdaderamente difícil y deses-
perada. Los organismos oficiales, en
concreto el Instituto de la Mujer, no em-
pezará a trabajar sobre este tema hasta
1984.
«Hablando con las mujeres nos di-
mos cuenta de que la necesidad de acu-
dir a alguien de fuera era vital para ellas.
La mayoría no podían afrontar el tener
que buscar una vivienda y atender sola
los gastos que esto supone. Tampoco le
era fácil recurrir a la familia, que no
suele poder ofrecer protección ya que la
violencia de sus maridos les alcanza
también y, en cualquier caso, allí tam-
bién están localizables. Además, la es-
casez de recursos económicos de la fa-
milia y la falta de espacio físico hace
imposible recoger por mucho tiempo a
esas dos, tres o cuatro personas más que
representan esas mujeres con sus hijos.
Además, a todo esto había que unir-
le el alto índice de angustia o depresión
en el que se encontraban.»
Agobiadas por una situación que se
les escapa de las manos, con problemas
y carencias graves de todo tipo, habien-
do salido de sus casas en unos momen-
tos de gran tensión, en los que está en
juego su supervivencia o la de sus hijos,
las mujeres llegan a las Casas Refugio
en busca de soluciones urgentes y de lo
más variadas. Desde un lugar para re-
sidir y en el que sentirse segura, hasta
un apoyo afectivo primario, un lugar
donde se las escuche, se las comprenda
y se tome en serio su problema; desde
asesoramiento jurídico y orientación
acerca de cómo resolver los obstáculos
y la lentitud de la burocracia judicial
hasta apoyo psicológico, que les ayude
a esclarecer su situación y les puede ser-
vir de soporte para tomar decisiones.
También suelen solicitar orientación
y ayuda para la realización de trámites
y gestiones relativas a los hijos y a sí
12
mismas: escuelas, guarderías, atención
médica, Seguridad Social. Pero, sobre
todo, solicitan trabajo, vivienda o ayu-
da económica, o todas estas cosas, dado
que éstos son los soportes imprescin-
dibles para el replanteamiento de sus
vidas.
La mayoría de las mujeres que están
organizando este tipo de Centros, coin-
ciden en afirmar que las casas refugio
no dan ni pueden dar una solución a la
problemática de fondo de los malos tra-
tos: «No entendemos la casa de muje-
res como solución al problema de la vio-
lencia contra la mujer, sino como ayuda
directa. Es una manera de autoayuda de
mujeres para mujeres en el sentido de
una crítica práctica a la sociedad que
hace necesario las Casas de Mujeres
Maltratadas. La meta no es una socie-
dad recubierta de casas para mujeres
Página 13 · ver la página
«Agobiadas por una situación que se les escupa, salen de sus casas cuando está en juego su supervivencia y la de sus hijos.
maltratadas, sino una sociedad en la que
no exista la violencia contra las mu-
jeres».
Pero lo que sí creen es que estas Ca-
sas sirven como primera ayuda para la
mujer, tratando de cumplir una doble
función: una de asesoramiento y apo-
ara romper con su denigrante vida familiar.
yo, facilitando a la mujer el cómo en-
contrar trabajo, dónde hacer formación
profesional o desarrollar cursos de edu-
cación de adultos, facilitar todos los re-
cursos posibles para encontrar vivienda,
informar sobre servicios para los hijos
e hijas en materia escolar, orientación
y apoyo en la realización de trámites y
gestiones diversas, asesoramiento jurí-
dico, etc.; la otra, de sensibilización y
educación. Esta segunda labor, se orien-
ta hacia dentro con las propias mujeres
afectadas, y hacia fuera en la organiza-
ción de campañas dirigidas a la opinión
pública a fin de que todos los casos de
este tipo se denuncien y la sociedad en
general, hombres y mujeres tomen con-
ciencia del problema y cooperen en su
solución. .
Pero a pesar de todos los esfuerzos
que las mujeres están poniendo para
conseguir estos objetivos, día a día, se
tienen que enfrentar a innumerables in-
convenientes y trabas; trabas que, so-
bre todo, surgen por parte de los Orga-
nismos Oficiales, como declaraba un
miembro de la Casa Refugio de Sevilla:
«la falta de apoyo económico por par-
te de las Instituciones nos está llevando
a situaciones límites».
Situaciones que se traducen en la cada
vez mayor dificultad para mantener los
pocos centros de este tipo que existen
actualmente en el Estado, con relación
a las necesidades reales de demanda por
parte de las mujeres.
13
Otro aspecto en el que coinciden las
mujeres que organizan estas Casas, es
el de afirmar que existe una insuficien-
cia enorme de este tipo de centros en
nuestro país y de la necesidad urgente
de seguir abriendo nuevos pisos de aco-
gida. Sin embargo, aquí vuelve a surgir
de nuevo el obstáculo de las subvencio-
nes por parte de los Organismos Oficia-
les. «Es muy duro para nosotros el te-
ner que decir a una mujer que llega con
sus hijos que no podemos acogerla por
falta de espacio material; pero ésa es la
realidad en múltiples ocasiones. La so-
lución estaría en que dispusiéramos de
otro piso, al menos eso, que nos dieran
el piso; el dinero para mantenerlo ya
trataríamos de buscarlo de alguna ma-
nera, como hicimos con el que tenemos
poniendo puestos en las fiestas y pidien-
do ayuda a gente particular.»
Pero las trabas no terminan aquí.
«Los problemas más graves con los que
nos encontramos son: trabajo, vivienda,
escolarización, lentitud de los trámites
judiciales... a veces, estos condiciona-
mientos externos pueden ser práctica-
mente insalvables.» En definitiva, tra-
tar de proporcionar unas bases mínimas
a las mujeres que sufren malos tratos,
para que puedan subsistir y llevar una
vida independiente sin tener que estar
sometidas a los malos tratos de su ma-
rido.
Victoria Peña
Página 14 · ver la página
%
Malos tratos en familia
En ella, el hombre ejerce su papel represor con más facilidad
LA INSTITUCION FAMILIAR
OPRIME A LA MUJER
«Los malos tratos a mujeres
es una de las agresiones más .
cotidianas y penosas que ponen en evidencia una sociedad
patriareal en la que la mujer es controlada y oprimida mediante
una de sus estructuras más consolidadas: la familia; y es en el
marco de la familia donde los hombres ejercen su papel de
opresor con mayor facilidad, creyéndose con el derecho de
realizar todo tipo de agresiones, tanto físicas como psíquicas,
pero en el seno de la familia no se agrede únicamente a la mujer
adulta, casada, sino que las agresiones se ejercen desde la
infancia y adquieren un grado importante en la adolescencia»,
según las conclusiones de las Jornadas celebradas en Iruña
(Pamplona) en
UANDO analizamos el papel de la
'0 familia como institución opreso-
ra de la mujer, acostumbramos
a olvidarnos de la mujer joven, y como
manifestó una de ellas en las Jornadas:
«son tan importantes y cotidianas como
las agresiones en la calle, aunque más
sutiles y se apoyan en unas reglas socia-
les ilegales, supuestamente dirigidas a
una ““buena educación” como persona
y mujer; en definitiva, van dirigidas a
que cada una de nosotras seamos las
mujeres perfectas de esta sociedad, es
decir, esposas y madres dóciles y sumi-
sas». Es obvio, que para que desaparez-
can los malos tratos es necesario que
desaparezcan las causas que están favo-
reciendo la opresión de la mujer, pero
la denuncia pública ilegal de los malos
tratos y la reivindicación de los servicios
necesarios para las mujeres maltratadas
(Centros de Información y de Urgencia,
Casas Refugio...) son imprescindibles
para aquellas mujeres que deciden aca-
bar con las agresiones constantes en el
seno de la familia. Estos servicios son
imprescindibles porque, como sabemos,
la mayoría de las mujeres dependen eco-
nómicamente del hombre y no poseen
una formación profesional que le per-
mita acceder con mayor facilidad a un
puesto de trabajo (situación que está
agravada por el elevado índice de paro
que actualmente existe y que afecta al
conjunto de la población, pero en ma-
yor grado a las mujeres).
El paro y el alcoholismo son dos cau-
sas importantes del maltrato. En Anda-
lucía, Madrid y Euskadi, los hombres
bebedores que fustigan a las mujeres
enero de 1985.
son el ochenta por ciento. En Catalu-
ña, casi el setenta. El consumo de dro-
gas también influye, sobre todo en Eus-
kadi.
Además del maltrato, las mujeres su-
fren poca atención de policía y jueces.
«Es difícil denunciar a tu marido en
comisaría cuando piensas que quizá el
policía que te escucha hace igual con
su mujer», dicen. «Los jueces suelen
partir del principio de que cuando el
marido se enfada, será por algo, y sólo
si la evidencia es indiscutible nos dan la
razón», acusan. «Los trámites de se-
paración suelen durar demasiado», se
quejan... S
Las agresiones fisicas contra mujeres
no tienen un origen social determinado,
aunque las encuestas revelan un porcen-
taje mayor de sádicos con nivel socioe-
conómico medio o bajo. En la clase alta
también se practica la violencia hasta
límites impensables. Rosa Viqueira, es-
posa del director general de la Seguri-
dad Social de la Xunta de Galicia, Ge-
rardo Gayoso, resultó con cataratas
producidas por las palizas de su marido,
en marzo de 1984. Rosa ya había denun-
ciado a su esposo numerosas veces. En
Barcelona, un médico apaleaba frecuen-
temente a su mujer hasta dejarla incons-
ciente. Ni siquiera la presencia de uno
de sus hijos, también médico, pudo evi-
tar una de esas terribles palizas, y cuan-
do quiso intervenir fue amenazado por
su padre, pistola en mano, quien le obli-
gó a abandonar la vivienda. Y en Ma-
drid, un abogado amenazó a su esposa
con partirle una pierna por tres partes
si denunciaba los malos tratos que reci-
14
bía. La mujer, Cristina G., 42 años, no
se aguantó y en enero de 1985 denun-
ció al abogado. Al día siguiente ingre-
saba Cristina en un hospital con la pier-
na izquierda partida por dos sitios.
También entre el estamento militar y
los cuerpos policiales abundan las inti-
midaciones y malos tratos: «cuando el
hombre tiene un arma, la situación se
agrava», afirman expertas de la Conse-
jería de Trabajo y Bienestar Social de
Madrid. «Aquí han llegado mujeres ate-
rrorizadas porque sus maridos, milita-
res, policías o guardias civiles, dejan sus
pistolas en sitios bien visibles para que
todos sepan qué tienen que hacer. Uno
de ellos dio una paliza de muerte a su
esposa, la arrastró hasta donde estaban
sus hijos y les gritó que haría lo mismo
con ellos si no le obedecían.»
«Tampoco podemos olvidar la inse-
guridad que le produce a una mujer el
abandono del seno de la familia, por lo
que es imprescindible la solidaridad del
resto de las mujeres», continúan las
conclusiones de las Jornadas sobre la
Mujer, celebradas en Iruña.
Las casas para mujeres maltratadas
las entendemos como pisos a los que
pueden acudir las mujeres con sus hijos
e hijas durante el tiempo que lo necesi-
ten, es decir, hasta que consigan una in-
dependencia económica y las fuerzas su-
ficientes para «montarse de nuevo la
vida». Deben estar totalmente subven-
cionadas por la Administración, pues
como ya hemos dicho anteriormente, las
entendemos como un servicio a las mu-
jeres; la subvención tendrá que cubrir
los gastos de adecuación de las casas y
las necesidades de las mujeres; en cuan-
to al personal, es imprescindible que
sean mujeres feministas, ya que la fun-
ción de las «Casas Refugio» debe ser
que las mujeres consigan los elementos
necesarios para enfrentarse a una socie-
dad patriarcal, ya que cuando salgan de
las «Casas» continuarán constantemen-
te sufriendo agresiones. Han de ser las
mujeres las que aseguren un buen fun-
cionamiento, recibiendo la ayuda nece-
saria de las mujeres que trabajen en
ellas, como contacto con abogados, psi-
cólogos, colegios más cercanos para sus
hijos e hijas, posibles salidas laborales...
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Algunas «Casas Refugio» gestiona-
das y controladas por la Administración
o entidades privadas, ponen claramente
en evidencia que su objetivo fundamen-
tal es dar a la mujer una «ayuda psico-
lógica» para que vuelvan con sus ma-
ridos.
Como último punto, otra tarea im-
portante es el coRtrol por parte de los
grupos de mujeres teniendo acceso a las
casas. siempre que creamos conveniente
para conectar con las mujeres y asegu-
rar que las casas están cumpliendo las
funciones que nosotras reivindicamos.
La creación de Casas Refugio para mu-
jeres maltratadas debe de ir acompaña-
da de otras medidas que son igualmente
importantes como el subsidio de em-
pleo indefinido para las mujeres para-
das que decidan separarse, ya que la in-
dependencia económica es un elemento
imprescindible para poder tomar deci-
siones como la separación; planes espe-
ciales de formación profesional y de em-
pleo para que esas mujeres en el menor
tiempo posible puedan incorporarse al
mundo del trabajo, preferencia especial
para que estas mujeres puedan conse-
guir pisos subvencionados y posibles de
mantener según los ingresos económi-
cos y escolarización inmediata de los hi-
jos e hijas en un colegio público, cerca-
no a la casa de mujeres maltratadas.
La dependencia
económica, factor
primordial
En la memoria de las actividades del Centro de ALECRIN (Vigo) desde
el 14 de abril al 31 de diciembre de 1986, se observaron las siguientes cues-
tiones:
Atendiendo al marco social, las características más genéricas de las mu-
jeres que han acudido al centro son: nivel cultural bajo, recursos propios
nulos o muy limitados y dependencia total del marido o compañero.
En cuanto a estudios, el 72 Yo sólo tiene estudios primarios o carecen
por completo de estudios, el 20 Yo tiene estudios medios y el 8 % dispone
de estudios superiores.
Con respecto a la profesión, el 57,7 Yo de las mujeres atendidas son amas
de casa, en general, integrantes de un colectivo con muy poca información,
o muy distorsionada, así como un gran desconocimiento de sus derechos
y de los mecanismos para ponerlos en práctica. Se da el caso de que el 5 %
de las amas de casa atendidas trabajan además, como asistentas por horas.
Además, el 37,3 Yo tienen profesiones de las clasificadas como «femeninas»:
dependientas, peluqueras, esteticistas, auxiliares de clínica, administrativas,
cuyos ingresos económicos suelen ser inferiores al Salario Mínimo Interpro-
fesional. Sólo un 5 % declara ejercer otras profesiones diferentes.
Atendiendo al estado civil, son casadas el 56 Yo; separadas el 21,5 Wo;
viudas el 2 %; solteras el 20,5 %.
En cuanto a los hijos, el 67 % tiene uno o dos hijos; el 25 Yo tres o cua-
tro; el 8 Y tiene cinco o más hijos.
Algunas de esas mujeres cuya relación de pareja aparece muy deteriora-
da, asumen cargas familiares no compartidas, por lo que son ellas las que
tienen que sacar adelante a los hijos, haciendo todo tipo de trabajos e in-
tentando conseguir de su marido o compañero algún dinero para los gastos
domésticos.
En la mayoría de los casos, es el marido el único que tiene ingresos fijos
en la familia, pero lo administra como él considera más conveniente, de-
jando muchas veces en la total indigencia a la mujer y a los hijos. Esta si-
tuación es admitida por las mujeres durante muchos años, alegando con
frecuencia que «es mejor que no tener nada». La dependencia económica
es, por tanto, un factor primordial a la hora de perpetuar situaciones de
convivencia inhumanas.
Dada la dependencia económica de la mujer, estas agresiones han sido
raramente denunciadas, pues es difícil para una mujer seguir conviviendo
con un marido o compañero al que se ha denunciado. Sin embargo, las de-
nuncias son más frecuentes en mujeres que deciden iniciar trámites de sepa-
ración.
Módulo de Rekalde 1985
Según el estudio hecho en el Módulo de Rekalde, la situación económi-
ca y familiar de las mujeres agredidas suele ser muy grave. Hay un tanto
por ciento mayor de mujeres que se dedican a trabajos de limpieza y la si-
tuación laboral de los hombres es también bastante conflictiva. Un 40 %
están parados, el 31 Y son jubilados anticipadamente o están en situacio-
nes irregulares, los que tienen trabajo tampoco entregan el dinero a sus mu-
jeres para mantener la familia. Para las mujeres se suman los problemas
derivados de su dependencia del marido y de la discriminación que la mujer
sufre en el mundo laboral. Ellas son, por otra parte, las que se encargan
del cuidado de los hijos y de mantener como pueden la economía familiar.
Cuando estas mujeres se van de casa llevan ya años aguantando malos tra-
tos e intimidaciones. Sufriendo muchas de ellas trastornos psicológicos, más
o menos transitorios, derivados de la situación de stress continuo en que
viven. Según este estudio la falta de recursos sociales como vivienda, traba-
jo, dinero y el rechazo social, el miedo a enfrentar la nueva vida en estas
condiciones, explica en gran parte el que la mayoría de ellas vuelvan al ho-
gar, sabiendo el futuro que las espera.
15
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ABUSOS SEXUALES
EN EL TRABAJO
El concepto de la «mujer objeto» que impera en esta sociedad
ha sido siempre la base sobre la que se han apoyado todo tipo
de acosos sexuales que, desde los inicios de la incorporación de
la mujer al trabajo, ésta ha venido padeciendo como algo
«natural» en las relaciones laborales.
Pero es en la actualidad cuando este fenómeno está adquiriendo
unas connotaciones realmente vergonzosas y aberrantes, no sólo
por su extensión, que lo revela como un fenómeno social que
afecta a millones de mujeres, sino también por las «técnicas» y
«armas» que utilizan los agresores en el asedio de sus víctimas.
A situación que la crisis económi-
! ca está creando a la mujer traba-
jadora no puede ser mejor caldo
de cultivo para que proliferen estas
prácticas humillantes.
El problema del paro afecta de una
manera directa a más de un millón de
mujeres (según cifras del INEM) y de
manera indirecta a millones de amas de
casa que ante el despido inminente de
sus maridos, se ven forzadas a buscar
un trabajo que les libre de la miseria. Y
esta situación es la que está empujando
a las mujeres hacia los llamados «tra-
bajos marginales» que, como la econo-
mía sumergida o el servicio doméstico,
se destacan no sólo por los salarios de
EL PAÍS, lunes 27 de julio de 1987
Estudio sobre la situación de la mujer en el trabajo
sufre 8L080 sexual
de sus propios compañeros
Más de un 30% de las mujeres lo ee
xual de sus compañeros en grado muy pios proposiciones no
—desde
deseadas y llamadas Ei do CL
xual, pasando por rozamientos y pellizcos—, según el estudio realiza
dopo departamento dea majer de UGT, En muchos casos la mujer
agr Sólo un 5% 2 las propé-
siciones sexuales. El estudio, primero de este tipo que se realiza eu
España, stón alas azafatas y periodistas entr las profesionales que
mayor hostigamiento sexual
del que proviene la acción y ua
13% responde con agresividad.
Las separadas, divorciadas y
La mayoría de las mujeres traba-
'jadoras soportan o han soporta-
do el acoso sexual de sus compa-
hambre sino por la más absoluta falta
de derechos sin ningún tipo de contra-
tación ni de seguridad social, etc.
Pero el problema del paro y la presión
que éste ejerce sobre el empleo femeni-
no, no es el único factor que favorece
el aumento de los chantajes sexuales ha-
cia la mujer. Es un hecho cotidiano el
que a la mujer que logra un puesto de
trabajo se la destine a las categorías más
bajas y peor remuneradas con lo cual,
se establecen unas relaciones de poder
sobre ella que preparan el terreno a todo
tipo de coacciones por parte de sus su-
periores.
Así pues, son la precaria situación la-
boral como la necesidad que tienen mi-
fieros varones. El hostij viudas son qui más
es más intenso en los primeros mente sufren no sólo Sa
meses de trabajo, y proviene, en ciones les no
'8s, entre sus
mayor frecuencia, sino también
líneas generales, de sus propios
modalidades de acoso más fuer-
compañeros del mismo o pareci-
do nivel. Los inmediatos superio-
res aparecen en un nivel muy alto
como acosadores en el caso de
las azafatas de vuelo (50%) y las
periodistas (el 38% de las agre-
siones vienen de sus jefes).
Sólo en un 5%, la mujer reac-
ciona consintiendo a este hosti-
gamiento, bien porque les agrada
o para mantener el puesto de tra-
bajo. Al menos eso parece dedu-
cirse si se tiene en cuentá que la
- trabajadora incluida en este por-
tes. El estudio subraya que posi-
blemente la ausencia de una figu-
ra masculina hace pensar al aco-
sador que se trata de una perso-
na más fácil. Esta teoría parece
“verse fortalecida si se tiene en
cuenta que el grupo de casadas
es en el que los porcentajes de
hostigamiento son más bajos.
Azafatas y periodistas
ello se puede deber a que desa-
rrollan pna actividad ligada a
viajes, cenas de trabajo, salidas
nocturnas, etcétera, lo que hace
pensar al acosador que tiene una
actitud más liberal ante el sexo.
Las no creyentes superan con
creces a las católicas practican-
tes en número € intensidad de las
conductas de aproximación se-
xual. El perfil del acosador, reali-
zado en base a la descripción que
La mujer entre 26 y 30 años esla las. encuestadas hicieron,
En E +
metal.
tencia de una normativa legal
que las proteja. Incluso están
convencidas de que no existe
nada en este sentido. Sólo entre
las separadas, divorciadas o viu-
das se encuentra un porcentaje
. importante (42%) que dice saber
que la legislación las ampara.
También la mayoría de las en-
cuestadas cree que la mujer y el
hombre cobran lo mismo si reali-
zan el mismo trabajo. Y sólo el
11% cree que tienen mejor sala-
eselsi-
les de mujeres de una fuente de recursos
con que paliar sus necesidades y las de
su familia, las armas decisivas en poder
de los acosadores con las cuales ejercen
sus chantajes. Entrevistas realizadas por
algunos colectivos de mujeres, manifies-
tan que las que sufren mayores agresio-
nes son las que tienen personas a su
cargo.
En este sentido es conocida la situa-
ción en que viven muchas mujeres en
Andalucía y Extremadura, donde los
patronos les exigen «favores sexuales»
a cambio de concederles las peonadas
necesarias para acceder al desempleo
agrario o para asegurarse un puesto en
las épocas de recolección. En otros ca-
sos, no son los patronos sino las auto-
ridades municipales, quienes se cobran
en la cama las firmitas necesarias para
cobrar el desempleo.
La práctica del tráfico sexual ha lle-
gado incluso a las instituciones oficia-
les como es el caso de la Diputación de
Cádiz, donde propusieron empleo fijo
a unas mujeres a cambio del consabido
«favor amoroso».
En otras ocasiones, es la promesa de
ascensos en la escala laboral, la táctica
empleada en el acoso sexual, como el
caso denunciado por varias mujeres
contra Rafael García del Cerro (miem-
bro de la UGT y directivo del «Patri-
monio Nacional») que les había pro-
puesto ascender,en la empresa a cam-
bio de que «se pasaran por su despacho».
Otro tipo de agresiones puede respon-
der al capricho de los jefes para diver-
tirse un rato, como es el caso de Inés Lu-
cia Izquierdo, secretaria de un directivo
de la General Motors, a la que dos de
sus jefes inmediatos ataron con una ca-
dena a la pata de la mesa durante más
Página 17 · ver la página
Todavía queda mucho trecho para conseguir el respeto a la mujer en el trabajo y que se cumpla el principio de «a igual trabajo, igual salario».
de dos horas, como consecuencia de una
apuesta que se cruzaron entre ambos.
Este hecho ha sido calificado por la Ma-
gistratura de Trabajo como «accidente
laboral».
El temor a las consecuencias que estas
situaciones acarrean a las mujeres, hace
que soporten las coacciones, agresiones
y humillaciones en el más absoluto si-
lencio. El despido es la amenaza que
pende sobre las que tienen un puesto de
trabajo, cuando no es el traslado a otros
puestos con el consiguiente desprestigio
laboral. Y algo que se hace extensivo a
todas las mujeres que padecen este aco-
so, es el temor a ser tachadas de «pro-
vocadoras», tildadas de «frescas» en el
trabajo, en el barrio o en el pueblo; el
temor incluso a las consecuencias que
les acarrea en las relaciones con sus ma-
ridos o compañeros o con sus familias.
Todos estos hechos indican por sí
mismos que es de los hombres con auto-
ridad laboral sobre la mujer o con la po-
sibilidad de dar a cambio de esa «mer-
cancía sexual» lo que ésta necesita, de
donde proviene en la actualidad la ma-
yor parte de los acosos sexuales que más
atentan contra los intereses esenciales de
la mujer. .
Por lo tanto, es un error, o una in-
terpretación de sospechosa intenciona-
lidad, meter en el mismo saco el hosti-
gamiento que sufren las mujeres por
parte de sus compañeros de trabajo.
Este, si bien demuestra que el concepto
de la mujer como objeto sexual es ge-
neralizado, contribuyendo así a crear,
situaciones desagradables y de descon-
fianza entre compañeros, no supone,
como los casos que hemos visto, un pe-
ligro para la estabilidad laboral de la
mujer por la sencilla razón de que al
producirse en una situación de relativa
igualdad, ésta anula en gran parte el uso
del chantaje o la amenaza.
La solución de este problema no es,
por todo lo visto hasta aquí, nada fá-
cil, por cuanto se enfrenta de una parte
a una ideología arraigada con fuerza en
la mentalidad de los hombres y de otra
a una crisis económica y social que ame-
naza con agravarse. Por esta razón, de-
cir que el hostigamiento sexual es «fruto
de pequeñas discriminaciones que aún
arrastramos», no sólo es una interpre-
tación harto optimista del problema
sino además malintencionada por cuan-
to oculta sus auténticas causas.
Ejemplos que dicen
más que mil palabras
Rafael García del Cerro, miembro de
"UGT de Aranjuez y alto cargo de la em-
presa pública «Patrimonio Nacional»
tuvo que ser despedido en octubre de
1987 de esta empresa después de tenér-
sele que abrir un expediente —de casi
cien folios— en el que se recogían de-
claraciones de varias trabajadoras de la
empresa que fueron objeto de abusos y
gestos deshonestos de este señor.
Entre las denuncias de las empleadas
destacan las de dos trabajadoras del Pa-
lacio Real que afirman que Rafael Gar-
17
cía del Cerro se masturbó «frotándose
con el borde de la mesa», mientras ha-
blaba con ellas. Otra trabajadora a su
vez, declara que en una ocasión le dijo
que «si quería promocionarse pasara
por su despacho que ya vería cómo pro-
mocionaba él». Otra de las empleadas
relata que García del Cerro, le pregun-
tó «lo que estaría dispuesta a dar a cam-
bio de ascender en la empresa».
De todas estas acusaciones y de las
demás, Rafael García del Cerro, se de-
fiende argumentando que «el expediente
y el despido es un montaje fruto de una
persecución política».
Francisco Arias, secretario de esta
central en Cádiz, afirmaba a la revista
Interviu, que tenía conocimientos de si-
tuaciones en las que las mujeres jorna-
leras se habían visto obligadas a acce-
der a chantajes sexuales con el fin de
encontrar un trabajo para ellas o sus fa-
miliares, incluidos sus maridos. Francis-
co Soria, dirigente de la UGT en Puerto
Serrano, afirmaba también a esta revi-
ta, que se habían hecho denuncias de es-
tos casos basados en hechos concretos,
conocidos por él. Pero que a pesar de
"todo ello, su sindicato «decidió dar car-
petazo al asunto».
José Luis Rodríguez, miembro tam-
bién de la UGT y antiguo militante del
PSOE también confirmaba a la revista
Interviu, que poseían datos concretos
sobre estos hechos, pero que se negaba
a dar más datos, porque «ese era un
tema que era mejor olvidar».
Página 18 · ver la página
Abusos sexuales en el trabajo
Discriminaciones que sufre
la mujer en el trabajo
El artículo 35 de la Constitución reza: «Los españoles tienen el
deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de
profesión u oficio, a la promoción a través del-trabajo y a una
remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de
Ni su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación
gero vistazo a la realidad para
comprobar que estas palabras no
sólo son papel mojado sino que ni si-
quiera guardan la intención de llevar
esas ideas a la práctica. Más de tres mi-
llones de parados y diez millones de po-
bres son datos suficientes para tirar por
tierra gran parte del artículo de marras.
La otra, la que «rechaza categóricamen-
te» toda discriminación por razón de
sexo, es la que nos proponemos bom-
bardear en estas páginas, apelando a la
tozuda realidad que canta por sí misma.
P ERO no hay más que echar un li-
La mujer en casa
La primera y principal discriminación
que sufre la mujer en nuestra sociedad
es la que le ha venido impuesta desde
hace siglos, desde que se la arrancó del
mundo de la producción social para
arrinconarla en el estrecho y oscuro
. mundo del hogar. Este ha sido siempre
el papel que, con prioridad, se le ha des-
tinado a la mujer condenándola, por
tanto, a la total dependencia del mari-
do o del padre.
por razón de sexo».
Es cierto que la producción capitalista
ha supuesto un avance en cuanto a la
incorporación de la mujer a la produc-
ción social, pero el que ésta haya sido
en mayor o menor número, ha respon-
dido siempre a las necesidades del sis-
tema y no a las «buenas intenciones»
que pueda recoger la Constitución. Para
comprobarlo basta con echar un vista-
zo a las estadísticas: en el año 1975,
cuando el auge de la producción capi-
talista alcanzó en nuestro país su mayor
nivel, a partir del cual inició su caída,
la incorporación femenina en la produc-
ción era del 28,6 %. Hoy en pleno auge
de la crisis, se ha reducido al 21,2 %,
lo que traducido en cifras quiere decir
que más de diez millones de mujeres en
edad de trabajar, dependen económica-
mente del jefe de familia.
Del dicho al hecho...
Si como vemos la incorporación de la
mujer al trabajo productivo no respon-
de a «buenas intenciones», menos toda-
vía responde a la idea de liberar a las
mujeres de esta dependencia. Es de so-
bra conocido el hecho de que en nues-
tra sociedad sigue vigente la idea de
que el salario de la mujer no está, como
el del hombre, destinado a mantener a
la familia, sino a «ayudar» a su soste-
nimiento y ésta es la idea que sirve de
apoyo a todas las formas de discrimi-
nación que sufre la mujer.
Hoy es una realidad para muchas mu-
jeres (las estadísticas dicen un 23 Y) el
hecho de cobrar salarios inferiores al de
los hombres por un trabajo igual. Se-
gún un reciente estudio realizado por la
C.E. esta diferencia de los salarios es
norma generalizada en todos los países
europeos y entre ellos destaca nuestro
país como uno donde esta discrmina-
ción de la mujer es más aguda: En Es-
paña las mujeres cobran por lo general
un 30 Y% menos que los hombres,
Pero ésta no es la única forma de dis-
criminación. A pesar de lo que digan las
leyes, existen otras más sutiles, pero no
por ello menos eficaces, que se manifies-
tan sobre todo en el proceso de selec-
ción y contratación de las empresas don-
de las mujeres son sometidas a pruebas
físicas rasadas por el mismo patrón que
«No sé si tú tomas
Al principio el jefe era
muy amable y quería
que nos corriéramos
una juergecilla
Me quedé viuda muy joven y tuve que empezar
a trabajar en una fábrica de confección limpiando
las oficinas. Al principio el jefe era muy amable.
En la fábrica teníamos un comedor, aparte de
las oficinas, que también estaba a mi cargo. Un día
se presentó allí el jefe por la tarde, yo estaba sola
y me dijo que si estaba contenta con el trabajo. Le
contesté que sí y le di las gracias por habérmelo
dado pues realmente lo necesitaba. Me contestó que
«no era para tanto, que para dárselo a otra mejor
me lo había dado a mí porque él sabía que esta-
ba más necesitada pero que, de todas maneras, si
quería él algún día me bajaba al pueblo donde yo
residía y allí nos podíamos correr alguna juergue-
cilla, tomando alguna copa». Yo entonces le dije
que sí, pero sin llegar a pensar nada más.
Otro día me llamó a su despacho y me dijo:
«Mira Pilar, he pensado que tú eres joven, has te-
nido la desgracia de perder a tu marido muy jo-
ven, eres muy guapa... aquí tenemos al médico de
la empresa». Yo me quedé muy mosqueada pen-
sando que iba a soltar algo muy gordo y lo soltó:
«No sé si tú tomas anticonceptivos». Le contesté
que no, que hacía poco que me había quedado viu-
da, que estaba muy dolorida y que no pensaba en
tener relaciones con otro hombre, a lo que él me
contestó «no es para tanto, ya sabes que aquí está
el médico de la empresa y si necesitas anticoncep-
tivos él te los da sin problemas y sino mira, aquí
tengo todo esto» y me sacó del cajón preservati-
vos. Yo me puse muy nerviosa, pero le dije, lo sien-
to mucho pero cuando le dije lo de irnos a tomar
18
Página 19 · ver la página
Rosalía de Castro, escritora gallega, un ejemplo de mujer que luchó por su igualdad con el hombre.
los hombres. El caso de una mujer as-
pirante a calador-empalmador y otra
economista en Telefónica, que no fue-
ron admitidas por falta de peso, son tan
sólo algunos ejemplos ilustrativos.
En otros casos es la posible materni-
dad la que pone impedimentos a la con-
tratación de fuerza de trabajo femeni-
na. En este sentido son aleccionadoras
las declaraciones de Angel Panero (vi-
cepresidente de la CEOE y presidente de
la CEPYME) cuando decía que «los em-
presarios pierden mucho dinero con las
bajas maternales por lo que a partir de
ahora, antes de contratar a las mujeres
deberían preguntárseles por su grado de
fertilidad, porque en este país, quedar-
se embarazada es una enfermedad muy
contagiosa». Que nadie caiga en la ilu-
sión de pensar que éstas son palabras
que se las lleva el viento. La Mutua Pa-
tronal de Accidentes de Trabajo, «Mu-
tua Murciana» realizó por orden direc-
ta de la empresa Miguel Vivancos, S.A.
pruebas analíticas sobre el embarazo a
las trabajadoras de dicha empresa sin su
consentimiento ni conocimiento. Otros
casos donde se ponen de manifiesto este
problema, han sido los de algunas tra-
bajadoras de ARTIACH, CONELEC y
la misma Telefónica, que habiendo pe-
dido excedencia por maternidad ésta se
ha convertido en un despido sin indem-
nización, ya que las empresas se nega-
ron a readmitirlas, aun a pesar de que
la Magistratura de Trabajo sentenció es-
tos despidos como improcedentes «exi-
giendo» su readmisión. El caso es que
anticonceptivos»
una copa yo no pensaba en esto. Me cuesta dema-
siado venir en estas condiciones, para míno es nin-
guna deshonra el trabajar limpiando pero lo que
no voy a hacer, para seguir trabajando, es mante-
ner relaciones con usted. A
A partir de entonces yo estaba violenta, y preo-
cupada para no encontrármelo. Pero un día, mien-
tras yo estaba trabajando, llegó su hijo y me dijo
que antes de marcharme subiera al despacho por-
que su padre tenía que hablar conmigo. Cuando
llegó la hora subí y entonces me encontré que esta-
ba hablando con el jefe de personal y me dijo que
prescindía de mis servicios. Cuando le pregunté
porqué me contestó que él no tenía que darme nin-
guna explicación.
Entonces yo pensé que esto no se iba a quedar
así. Fui a Zaragoza y busqué a un abogado labo-
ralista. Cuando le expliqué el caso me dijo que ha-
bía que llevarlo a Magistratura porque a mí no me
habían dado carta de despido. Fuimos a Magistra-
tura pero el empresario no se presentó. Se presen-
tó su abogado y se entendieron entre los abogados.
Al finalizar mi abogado me dijo que si me admitían
en el trabajo me iban a hacer la vida imposible y
que era mejor que yo me fuera por mi propia vo-
luntad cogiendo una indemnización.
Cuando salimos de Magistratura le pregunté al
abogado que al final por qué me habían despedi-
do, me contestó que porque el jefe dijo que le ha-
bía robado un mechero que él tenía de colección.
Narrado a la cadena SER el 13-1-88.
19
Al final me echó del
trabajo sin ninguna
explicación
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Abusos sexuales en el trabajo
aún continúan en la calle y como ellas
hay 20.000 casos en España.
Esta predisposición frente al trabajo
femenino es la que permite que se des-
tine a las mujeres las categorías más ba-
jas, las que exigen poca cualificación y
por lo mismo las peor remuneradas.
Las mujeres, primeras
perjudicadas por la crisis
,
. * . . .
Si todás estas manifestaciones de dis-
criminación que sufre la mujer trabaja-
«No me dejaba
y me echaron»
ARA entrar en la empresa, donde su-
Pp frí el acoso sexual, estuve esperan-
do un año y pico. Al final tuve que
recurrir a unas amigas que tenía dentro de
la empresa y me presentaron a uno de los'
jefes y entré. Este mismo señor fue el que
luego me acosaba pero yo me sabía evadir
y pasaba. Después me pasaron a otro des-
pacho y con el jefe que tenía me pasaba lo
mismo. Este siempre me estaba invitando
a que saliese con él, a que tomara una cer-
veza y tal. Pero yo le evadía. Ni le ponía
mala cara, ni le sonreía, ni nada, por lo que'
pasa, él era el jefe y tú tienes que defender
el puesto de trabajo. Ante mi indiferencia
recurrió, aprovechando el mes que yo me
fui de vacaciones, a cambiarme de puesto
de trabajo.
Yo tenía un buen puesto donde ganaba
bastante dinero y al volver me encontré con
que me habían cambiado de destino. De-
cidí entonces hablar con el jefe de perso-
nal, exponerle mi caso y que me explicara
el porqué me habían cambiado de puesto
si yo era una persona que cumplía. El jefe
de personal me dijo que me habían cam-
biado porque no me dejaba controlar y
porque el jefe tenía «quejas» de mí. En-
tonces yo le tuve que decir, al jefe de per-
sonal, que a mí me habían quitado de ese
puesto porque el jefe que tenía hacía co-
sas que no debía y mandé que bajara para
que habláramos los dos juntos delante del
jefe de personal. Pero este elemento se
negó a hablar.
A partir de entonces me tuvieron de un
sitio para otro haciéndome la vida imposi-
ble. Todo se reducía a lo mismo, si quería
ascender tenía que salir con los jefes, sino;
nada. Al final tuve la mala suerte de caer
enferma y tuve que salir del trabajo.
Narrado a la Cadena SER
el 13-1-88
dora vienen determinadas por factores
fundamentales ideológicos, en la actua-
lidad se une a esta situación las conse-
cuencias de la grave crisis económica
que, con especial saña, se está cebando
con la mujer.
De los más de tres millones de para-
dos que hay en nuestro país las mujeres
son, junto con los jóvenes, las más afec-
tadas por esta lacra vergonzosa, supe-
rando el 30 Yo del paro contabilizado:en
las oficinas del INEM, cifra que en la
realidad aumenta si se tiene en cuenta
a las mujeres que ya no se inscriben o
a las que nunca han tenido empleo re-
munerado y regularizado.
Las reconversiones salvajes también
han castigado a la mujer. En concreto,
la llevada a cabo en la industria textil
ha dejado en la calle a las tres cuartas
partes de las mujeres empleadas en ella.
Pero el problema del paro, con ser
uno de los más graves que afecta, fun-
damentalmente, a la economía de las
clases populares y dentro de éstas en
mayor medida a las mujeres, se ve com-
plementado con la política seguida por
el PSOE en materia de empleo. Una po-
lítica que responde única y exclusiva-
mente a los intereses de los capitalistas,
en sus ansias de explotar a su antojo, sin
límites y sin control de nadie, el traba-
jo asalariado.
«El
O veo que detrás de este tipo
de chantajes afectivos y la-'
borales —que es donde se
«Y
' fundamenta esta situación— en el fon-
do se esconde una proyección de los
propios miedos que se tienen y que en
una situación donde se tiene poder se
pueden ejercer.
De alguna manera las pautas que se
siguen son, casi siempre, personas que
“socialmente no tienen una estabilidad
clara o definida; por otro lado hay un
código de doble moral, porque son per-
sonas que temen mucho —desde el pun-
to de vista social — que se les reconoz-
ca esta situación de persona que acosa
y por otro lado tratan de hacerlo a es-
condidas, que es como utilizan este tipo
de juego. Pero ¿por qué se tiene que lle-,
: var a cabo esto? Una persona que está
en sus cabales y que entienda y propon-
ga una relación desde la situación de
igualdad no tiene porque llevarla a cabo
20
desde la situación de chantaje y apro-
vechando situaciones laborales donde
ellos tienen poder.
Por lo general esta situación se pro-
duce del hombre a la mujer y no al re-
vés. Yo pienso que esto tiene una expli-
cación evidente, en la medida en que son
los hombres los que ocupan más pues-
tos ejecutivos o de poder dentro de las
empresas y es desde aquí desde donde
más se producen. Donde existe una re-
lación laboral de igualdad entonces lo
que se da es un juego de seducciones que
nosotros los sexólogos llamamos el jue-
go de la “caperucita roja”. Es decir, el
seduzco, seduzco, seduzco hasta que lle-
go a un punto donde ya no quiero con-
tinuar y aquí ya la situación es más con-
fusa porque a veces el que parece que
seduce no es el que seduce sino el otro
el que lanza los tejos para que alguien
lo seduzca y le intente atrapar. Es una
forma también de que se le devuelva una
Página 21 · ver la página
La llamada «economía sumergida»,
donde la explotación no conoce límites,
es el recurso de miles de mujeres, en su
mayoría amas de casa, para hacer frente
a la creciente miseria de sus familias.
Esta situación es la que las lleva a so-
portar lo que sea, las peores condiciones
imaginables, con tal de sobrevivir. El
carácter subsidiario del trabajo femeni-
no —del que hablábamos antes— es de-
terminante en su empleo prioritario por
los capitalistas que desarrollan su acti-
vidad empresarial en la mal llamada
«economía ilegal». Actualmente las mu-
jeres representan el 98 Vo de las traba-
jadoras a domicilio las cuales sopor-
tan, además del embrutecedor trabajo
doméstico, largas jornadas de trabajo
productivo, mal remunerado y agotador
por las pésimas condiciones en que lo
realizan.
Una variante de la «economía sumer-
gida» la constituye el fenómeno de la
contratación temporal que se ha gene-
ralizado en los últimos tiempos, afec-
tando muy especialmente a las mujeres:
de los contratos a tiempo parcial reali-
zados durante el año 1985, un 58,9 Y
eran mujeres.
El servicio doméstico es otro de los
trabajos marginales donde la mujer se
está viendo obligada a recurrir. Y si an-
tes este trabajo humillante estaba des-
tinado a las mujeres de los sectores po-
pulares más atrasados y empobrecidos,
hoy se lo disputan las jóvenes profesio-
nales, las amas de casa y hasta las licen-
ado, sexóloga:
perucita Roja»
imagen de qué erótico o erótica soy para
éste. Aquí ya no está tan claro si es una
situación de acoso o es una situación de
seducción. Es un tanto raro. Pero en la
medida que hay una situación de igual-
dad ¿cuál es el chantaje que se está pro-
duciendo? porque si alguien se siente
acosado de esta forma lo que se puede
producir es una situación de malestar
pero en última instancia esto no pone
en peligro el puesto de trabajo. Ahora,
una situación donde evidentemente es o
““cedo o me despiden”, aquí la cosa es
más grave.
Las consecuencias en todos los ám-
bitos posibles que acarrean los acosos
sexuales pueden ser graves por muchas
razones: la forma del acoso, por la ma-
nera en que la mujer lo soporte, es de-
cir, si ella empieza a callar y callar, por-
que al principio es algo que no tiene
mucha importancia el que un jefe te in-
vite a tomar una copa. Pero una vez que ”
esto se va hatiendo mayor ¿cómo se lo
comunica a su compañero o a su fami-
lia? Aquí emplea a jugar el miedo de
esa persona..
¿Cómo afrontar esto? Yo pienso que
la mujer para esto tenemos un sexto sen-
tido y es que sabemos hacernos muy
bien las locas y entonces en determina-
das situaciones, cuando le vemos las
¿orejas al lobo, lo mejor es hacerse la
“tonta, como que no se entiende muy
bien qué se está pidiendo, qué se está di-
ciendo. Y sobre todo, si es que conti-
núa, yo pienso que la postura de callar-
seno es la más idónea, al contrario, creo
que hay que comunicárselo a alguien,
a la familia o al compañero, al marido,
etc. No hay que jugar tanto con el si-
lencio porque lleva a que la situación se
desarrolle.»
Narrado a la Cadena Ser.
Madrid, 13-1-88
21
ciadas de universidad; todas ellas acu-
ciadas por el paro.
En la actualidad se calcula que hay al-
rededor de un millón y medio de muje-
res malviviendo de este trabajo, alienante
y embrutecedor donde los haya. Los
continuos intentos por poner freno a
esta bestial explotación han encontrado
por respuesta una ley del gobierno «so-
cialista» que si algo legitima es el de-
recho de los «señores» a imponer las
condiciones más humillantes a su servi-
dumbre.
Esta es la realidad que viven hoy mi-
Jlones de mujeres, una realidad que se
da de bofetadas con las pomposas de-
claraciones acerca de los «derechos», las
«libertades», la «igualdad» y la «no dis-
criminación» de la mujer que recoge la
Constitución.
«Mi hija está
traumatizada»
1 hija llevaba ocho años trabajan-
M do en una oficina. Estaba muy
bien considerada pero se ha teni-
do que salir por el acoso sexual que sufría
de su jefe. Este la llamó un día a su despa-
cho y la insinuó una serie de cosas fáciles
de imaginar. Cuando mi hija me lo contó
yo le dije que no le hiciera caso porque un
trabajo así no se lo podía jugar. El caso
es que después de ocho años trabajando,
dominando cinco idiomas, siendo una chi-
ca muy preparada, se encuentra de repente
en la calle. Al principio la cosa no pasaba
de puras insinuaciones pero este señor, al
ver que mi hija le rechazaba, optó por uti-
lizar la fuerza. Un día se abalanzó sobre
ella, la cogió y la tiró contra un sillón, la
agarró de las manos dejándola llena de car-
denales. Todo esto me lo contaba lloran-
do, como pudo se escapó de él, se salió del
despacho. Me explicaba que es un tipo que
mide 1,80 y que ella casi no podía defen-
derse. No se atrevió ni a decírselo a los su-
periores. Esta es una empresa que la cen-
tral está en Estocolmo.
Mi hija ha preferido pedir el despido
porque este señor le dijo: «a partir de pri-
meros de año van a cambiar las cosas mu-
cho», como diciendo: «como tú no has
querido prepárate para lo que vaya a ocu-
rrir». Me hija pensó que si seguía allí a pri-
meros de año le buscaba cualquier cosa
para echarla a la calle, así que ha preferi-
do pedir el despido y de esta manera tiene
el paro.
Ella está ahora traumatizada totalmen-
te y cuando le hablas del tema no quiere
saber nada, lo único que responde es que
ella ha preferido marcharse del trabajo y
punto.
Narrado a la Cadena SER el 13-1-88
Página 22 · ver la página
Abusos sexuales en el trabajo
Una secretaria de la General Motors atada a la pata de la mesa por sus ¡jefes
«Fui objeto de una vejación
como mujer y como trabajadora»
Todo empezó con una apuesta, con una típida machada entre
S varios jefecillos de la General Motors, en la factoría de
, Figueruelas (Zaragoza). Ocurrió el 27 de agosto de 1987, cuando
dos jefes se apostaron una cena a que ataban a la secretaría de
uno de ellos a la pata de la mesa de trabajo. Inés Lucia
Izquierdo era la única mujer que trabajaba en las oficinas de la
nave de prensas, una entre 600 trabajadores y por eso la tocó
ser el objetivo de la broma pesada. El Juez de Instrucción
número 5 de Zaragoza ha condenado a dos de los tres
«bromistas» a tres días de arresto domicilario.
ADA más entrar ese día a traba-
N jar, Inés Lucía escuchó las pri-
meras palabras de su jefe: «He
hecho una apuesta que pienso ganar.
Me he apostado una cena a que te ten-
go atada a la pata de tu mesa todo el
tiempo que yo quiera». Acostumbrada
a otras bromas machistas, aquello le pa-
reció demasiado. «Le dije que no podía
hacer apuestas con mi persona, sin con-
tar conmigo», cuenta la secretaria de la
multinacional del automóvil.
Al rato el jefe, Gabino Moliner, sa-
lió, no sin recordarle que «a ver si no
me haces perder la cena». Otro de los
apostantes, Jesús Mayorel, entró con
una cadena e intentó ponérsela, pero co-
mo no podía llamó a un tercero, Ger-
mán Albalaque, para que le ayudase.
«Uno me cogió la pierna y el otro pasó
la cadena alrededor y colocó un canda-
do», recuerda Inés Lucía. Uno de los
hombres, muy ufano de su proeza, co-
mentó en voz alta: «Ya hemos ganado
la apuesta. Además hay suficiente ca-
dena para que puedas moverte de la me-
sa a los archivadores».
Según los responsables sindicales, que
tardaron varios días en denunciar el ca-
so, los responsables de la pesada bro-
ma machista fueron el superintendente
de la nave de prensas, su ayudante y un
estudiante en prácticas. Sin embargo, la
multinacional norteamericana no sólo
no sancionó a los autores del hecho, si-
no que trasladó a Inés Lucía Izquierdo
de sección, contra su voluntad, y ha in-
tentado echar tierra sobre el asunto.
«Con relación a lo sucedido el pasa-
do 27 de agosto en la nave de prensas,
—señalaba un comunicado oficial—,
realizadas las oportunas averiguaciones
al respecto ha quedado demostrado que,
en todo momento la Dirección de Pren-
sas ha estado ajena a lo sucedido. La
compañía ha hablado directamente con
los responsables del hecho amonestán-
doles seriamente y manifestándoles su
total desacuerdo con la realización de
este tipo de acciones, que a lo único que
pueden dar lugar es a la creación de si-
tuaciones equívocas y desagradables...
La empresa no permitirá que esta clase
de hechos vuelva a repetirse». Ni una
sanción clara, ni nada que demuestre
que la broma machista fue algo más que
una situación «equívoca y desagrada-
ble» para Inés Lucía Izquierdo.
Ni un solo hombre protestó de hecho
«En la oficina no estaba sola y era
acristalada, por lo que el resto de los
empleados fueron enterándose de lo que
sucedía. Algunos de mis compañeros
mostraron su sorpresa, pero sólo de pa-
labra, con desaprobación. Otros, inclu-
so les divertía», dice la mujer.
Según fuentes sindicales, hay mucho
miedo en la empresa y nadie se atrevió
a cortar el asunto. En aquellos días tam-
bién saltó a la luz el caso del trabaja-
dor de GME afiliado a CNT despedido
por «estar afiliado a CNT-A, por cuya
lista me presenté a las elecciones sindi-
cales, y no haber permitido al encarga-
do de turno que me tratase como suele
hacerlo: de forma vejatoria y dictato-
riab».
En aquellos momentos, Inés no pu-
do pensar en reaccionar de ninguna ma-
nera, estaba bloqueada mentalmente,
sólo tenía ganas de finalizar su jornada
y marcharse a casa. «Ni me di cuenta
22
—dice— que tenía un teléfono para pe-
dir ayuda. Además, cuando esto ocurrió
estaba presente, casualmente, un res-
ponsable de relaciones laborales, con
suficiente autoridad para intervenir, y
no hizo nada. Al contrario, le hacía has-
ta gracia. Cuando me soltaron y vi que
me habían hecho heridas, este hombre
hizo un comentario un tanto absurdo:
“estas heridas, cualquiera sabe, a lo me-
jor te las has hecho cogiendo moras».
Una herida en la pierna
Incluso en el hecho de soltarla no in-
tervino ningún compañero suyo, sino
que fue ella la que rogó, sobre las once
menos cuarto de la mañana: «por favor,
tengo que ir al cuarto de aseo». Tras
consultar un apostante con el otro, que-
dó libre. «Nadie acudió en mi ayuda, me
soltó la cadena el mismo que me la pu-
so, diciendo lo bien que le venía para
su moto».
La herida en la pierna, ocasionada
por la cadena, se la empezó a curar ella,
pero se le infectó y acudió el día siguien-
te al botiquín. Estaban el médico y el
ATS y al preguntarme por el origen de
la herida les hizo mucha gracia el que
fuera por la cadena. Volví otra vez a cu-
rarme el día 3. Para la siguiente cura
acudí esta vez al centro médico, acom-
pañada por miembros del comité y com-
probamos que no había ninguna refe-
rencia de las veces anteriores, cuando lo
obligado es tomar nota hasta de una as-
pirina que te den, con nombre, día y ho-"
ra».
«A la única que ha sancionado la em-
presa es a mí. Me han trasladado for-
zosamente y me siento desplazada»,
contó la secretaria a los periodistas.
Página 23 · ver la página
Ha denunciado que han intentado
acallarla, «estuvieron haciéndome pre-
siones durante tres días. Que si me po-
día interesar marcharme de la compa-
ñía con cierta cantidad de dinero... Des-
pués de seis años de trabajo en la em-
presa ahora me “premian” con un pues-
to de trabajo distinto, que no deseo. Yo
no solicité ningún cambio de departa-
mento, al contrario, me obligaron a
ello». Inés cree que «fui objeto de una
vejación como mujer y como trabaja-
dora, incomprensible en un país demo-
erático».
Anualmente gran número de traba-
jadoras se ven afectadas por tratos veja-
torios, atentados contra la intimidad,
menoscabo profesional o acosos sexua-
les, si bien el número real es difícil de
precisar, ya que no son extraños los pac-
tos con las empresas a fin de eludir el
desagradable proceso judicial. El Esta-
tuto de los Trabajadores reconoce a to-
do empleado la consideración debida a
su dignidad. Los problemas surgen
cuando las empresas son las que infrin-
gen este derecho, o permiten que se ha-
ga, sin hacer uso de su facultad sancio-
nadora.
No existe ningún arma legal que pue-
da utilizar el empleado o los sindicatos
para obligar a una empresa al despido
o sanción del autor de los malos tratos
o similares. ,
Inés ha luchado para «llegar hasta el
final y exigir a la dirección de la facto-
ría que retome el problema con serie-
dad, que castigue con el rigor que se me-
recen a las personas autoras del suceso
y que me restituya en mi puesto ante-
rior de trabajo», porque «no voy a per-
mitir que me hagan daño psíquicamen-
te, me humillen y maltraten mi alma».
Marta Torres, socióloga
«Tan antiguo como
el hombre»
—Los acosos sexuales se dan en sociedades relativamente avanzadas donde la mujer
tiene una presencia importante en la vida laboral.
—Sí, evidentemente se tiene que dar en sociedades donde la mujer trabaja. No parece
fácil que se dé en otras circunstancias, aunque yo creo que el acoso se puede dar de otras
maneras en otras sociedades menos desarrolladas.
— ¿Es un fenómeno moderno, o ha estado siempre presente en nuestra vida y ha toma-
do distintas formas?
—Es un fenómeno tan antiguo como el hombre y yo creo que ha estado presente en
nuestra vida, lo que pasa es que nuestra sociedad le hace tomar un aspecto como el que
tiene ahora en función de las relaciones laborales actuales.
—Peor tanto, las consecuencias del fenómeno a esta fecha y dada la incorporación de
la mujer al mercado de trabajo, al mundo laboral, ¿lo hace más importante el fenómeno?
—Y o no creo que lo haga más importante, yo creo que lo hace distinto y nuestra socie-
dad lo que hace es más llamativo todo, lo hace más conocido y le da unas características
concretas. Más importante cuantitativa y cualitativamente, tendríamos que matizar mu-
cho, en qué sentido es más importante.
—¿Es un fenómeno preocupante?
—Yo creo que en un momento como el que vivimos, donde los problemas son tan acu-
ciantes y donde realmente la discriminación que todavía se padece es importante, a pesar
de que se esté manejando datos de emancipación, igualdad, subyacen todavía grandes di-
ferencias y discriminaciones. Entonces éste es un fenómeno a tener en consideración, pero
yo creo que no cuantitativamente importante o tan importante como el hecho de que toda-
vía haya una diferencia salarial fuerte entre el hombre y la mujer, en que todavía, en esta
sociedad nuestra por muy moderna que se crea, se mantengan unas pautas de trabajo en
las que la mujer trabajadora no tiene nunca ayuda en el hombre trabajador, en el equiva-
lente, lo que hace que la mujer tenga que doblar su jornada de trabajo. Me parece que
estas son quizás cosas más importantes porque nos afectan más a todos.
(Entrevista hecha en la cadena SER, 13-1-88)
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Abusos sexuales en el trabajo
Gloria Martín, abogada
Todo el mundo lo sabe,
pero pocas personas
lo denuncian
* Las agresiones sexuales que sufre la mujer en el trabajo ha sido
otro de'los temas que han abordado las mujeres abogadas en las
Jornadas contra los malos tratos celebradas en Barcelona en
noviembre del pasado año. Y se le ha prestado cierta
importancia, no porque el problema sea nuevo, sino porque
como toda lacra de esta sociedad, se agrava y extiende en épocas
de crisis como la que vivimos en la actualidad. La abogada
Gloria Martín nos dice a este respecto:
UE, tipo de abusos sexuales su-
fre una mujer en el trabajo?
—Abarca un abanico sufi-
cienfemente amplio como es: la veja-
ción, el insulto, la burla, el socavar la
autoridad de la mujer que la tenga por
parte de los que están bajo sus órdenes,
el chiste fácil por parte de los propios
colegas para descalificarla. Por otra
parte, los hechos nos dicen que es la
autoridad superior quien requiere a la
mujer para obtener favores sexuales, et-
cétera. Es decir, que no sólo pasa por
ser un requerimiento únicamente físico,
que eso suele venir en una situación de
>
dependencia por parte de los propios co-
legas que están al mismo nivel y de los
dependientes de ti. En todos los senti-
dos te puedes encontrar una actitud ge-
neral de descalificación, de rechazo y de
incidencia sobre el tema sexual.
—Según los datos que han salido en
la prensa sobre abusos sexuales que su-
fren las mujeres en el trabajo habla de
que se dan en un 84%, ¿crees que este
porcentaje es tan alto?
—Este dato no es fidedigno porque
se desconoce; es decir, se han barajado
muchos datos en la prensa que nosotras
no los hemos aportado; no sabemos de
dónde los han sacado, por lo tanto este
dato no es nuestro...
—PDe todas formas, ¿crees que el por-
centaje puede ser tan elevado?
—El porcentaje seguro que es eleva-
dísimo, segurísimo. Lo que pasa es que
la mayor parte de estas situaciones no
se denuncian, no se saben. Pero sospe-
chamos que es muy elevado.
— ¿A qué crees que es debido que las
mujeres no denuncien estas situaciones?
—Se pasarían la vida denunciando.
Entre piropos y molestias, se pasarían
la vida denunciando.
—Pero yo no me refiero al piropo,
que sí es un abuso sexual, sino a agre-
siones más graves.
—En este sentido mi experiencia es
que hay cantidad de mujeres que tienen
mucha carga de miedo a perder su pues-
to de trabajo; aparte está también el que
en la mayoría de los casos no hay testi-
gos y entonces esa mujer dice: «yo no
tengo pruebas para demostrarlo». El
testigo será seguramente otro compañe-
ro que será hombre con el riesgo para
él también —si quisiera llegar a la sen-
sibilidad esa— de perder el trabajo. Por
otra parte, la mujer a lo sumo lo que
se ve es trasladada a otra sección, co-
mo ocurrió en el caso de la secretaria en-
cadenada, donde también sus jefes eran
hombres y cómplices y partícipes. Ese
caso era muy evidente, era un hecho que
ya no podían negar, pero en otros, que
se producen diariamente, la mujer se
aguanta, sólo en los casos más graves
denuncia.
—Y cuando una mujer denuncia,
¿hay posibilidades de que prospere?
—Lo más normal es que las denun-
Entre piropos
y molestias se pasarían
la vida denunciando
Es muy difícil hacer una estimación estadís-
tica de las mujeres que hoy en día están su-
friendo acosos sexuales en el puesto de traba-
jo, esto se debe sobre todo a las reticencias de
las propias mujeres a hablar sobre el tema. Sin
embargo, se puede afirmar que el hecho está
muy extendido, tanto que podríamos decir que
el 90% de las mujeres han sufrido algún tipo
de acoso' sexual.
El acoso sexual se manifiesta cuando una
mujer se siente presionada, coaccionada, ase-
diada, amenazada; en muchos casos se llega
hasta el chantaje para conseguir determinados
privilegios sexuales de la mujer sin que ésta
lo desee.
Todo comportamiento de acoso tiene un
proceso. Suele empezar por piropos, galante-
ría, en el que la mujer muchas veces se ve atra-
Pilar Escario, psicólogí
El miedo
pada al llegar a unos niveles que ésta no de-
sea. Esta suele ser la conducta típica del aco-
sador, y luego, en el momento que la mujer
se encuentra encerrada y presionada por la so-
licitud o por la amenaza del acosador, si ésta
lo rechaza es cuando ocurren todos los casos
de represalias, etcétera. Según nuestro estudio,
la situación familiar de la persona que acosa
es variada, pero lo más típico es una situación
normal de hombre casado. Lo que pasa es que
hay un cierto matiz de que el hombre argumen-
ta que tiene una relación insatisfactoria en su
relación conyugal, pero esto no es así, es sólo
una justificación para abordar a la acosada.
Las consecuencias de estos acosos sexuales
pueden ser múltiples. Hay represalias labora-
les como llegar a perder el puesto de trabajo,
a traslados, a pérdidas de pluses, de horas ex-
tras, desprestigio laboral, obligación a hacer
Página 25 · ver la página
Las mujeres son usadas para hacer los trabajos más degradantes.
cias no prosperen. Y si prosperan es:
muy difícil demostrarlo porque es tu pa-
labra contra la mía.
—Por lo general cuando una mujer
pone una denuncia por abusos sexuales
es despedida con más motivo si es con-
tra el jefe, claro ¿qué actitud toman los
jueces, reconocen la agresión sexual pa-
ra dictar sentencia favorable y que ésta
pueda ser readmitida?
— ¿Si se reconoce esa agresión? Eso
es ya en sí difícil.
—¿Por qué crees que una mujer en
el trabajo puede llegar a soportar agre-
siones sexuales?
—Yo creo que se debe a la necesidad
que tiene de trabajar esa persona, de los
ingresos que ello le reporta y esto mis-
mo lo que la lleva incluso a aceptar esas
proposiciones.
— ¿Qué tipo de mujeres sufren más
este acoso sexual?
—En el trabajo los jefes se aprove-
chan de personas que viven por su cuen-
ta o tienen hijos a su cargo o están se-
paradas, viudas, divorciadas, ¿por qué?
Porque tienen una fuerte dependencia
económica de ese trabajo y tienen que
tragar con esas proposciones o maltra-
to, porque necesitan ese dinero para vi-
vir y para mantener a los hijos.
—Los compañeros varones, ¿cómo
reaccionan cuando una mujer está sien-
do maltratada o sometida a abusos des-
honestos?
—Yo creo que en un 50% se quedan
al margen y en otro 50% la apoyan, es-
taría la cosa bastante equilibrada. Pero
también depende mucho del trabajo, de
qué campo de trabajo hablemos. Yo
creo que en un trabajo más de tipo obre-
ro se marginarian; en un trabajo de pro-
fesiones más o menos liberales pueden
tomar posición de defender a la mujer.
— ¿Existen diferencias entre el tipo de
abuso sexual que sufre una mujer que
trabaja en una fábrica o en el campo o
en profesiones liberales?
—Creo que cambia en la sutileza,
¿no?, en la sofisticación. A medida que
suben a clases sociales más altas, don-
de la mujer puede acceder a profesio-
nes liberales o demás, el tipo de agre-
sión es más sutil, mientras que a medi-
da que se baja en la escala social, por
la propia situación social y económica
que tiene la mujer, estas agresiones se
traducen en general en algo más direc-
to, menos sutil.
— ¿La ley recoge sanciones concretas
para los abusos sexuales en el trabajo?
—En el trabajo, no; son los abusos
sexuales en general; a no ser que tenga
efectos de expediente laboral o de san-
ción dentro de la empresa, Que haya
prevaricamiento de cargo y estupro. En
ese caso se podría argúir esa interpreta-
ción para hacer la pena más agravada,
para el director de una empresa que hu-
biese obtenido contacto sexual o lo que
fuere bajo amenaza. Pero la realidad es
que yo no he podido acusar a una per-
sona en este sentido.
y directora del INMER
escándalo
trabajos más duros, el verse constantemente
reprendida por faltas inexistentes, es decir,
hay todo un repertorio que hace a la mu-
jer insufrible el puesto de trabajo, llegando in-
cluso ellas mismas a reclamar el traslado o in-
cluso abandonar ese puesto de trabajo. Esto
en cuanto a consecuencias laborales. En cuan-
to a situación personal, lo que a mí me parece
más grave, son los trastornos psicológicos. Mu-
chas mujeres que han padecido estos acosos
manifiestan que ya no se sienten las mismas
después de esta experiencia; también se da la
pérdida de confianza en sí mismas, pérdida de
espontaneidad en la relación con el otro sexo,
el no poder vestirse con libertad, el no poder
tener una relación normal y de compañeris-
mo en el trabajo.
Además de todo esto, otro de los problemas
más graves con los que se encuentran estas mu-
jeres es el de verse incapacitadas a denunciar-
lo. Primero porque hay muy poca acogida,
muy poco apoyo en las empresas para recoger
las denuncias, porque hay muy poca credibi-
lidad y muy pocas posibilidades de que las mu-
jeres se acerquen a los jefes de personal para
poder contar estos casos. También incide to-
do esto en la vida personal y familiar de las
mujeres, quienes se ven muy incapacitadas de
llegar a casa y contárselo al marido o al pa-
dre o al hermano porque temen que esto tras-
cienda a la empresa y se organice un escánda-
lo. Todo tiene unas consecuencias bastante de-
sagradables para las mujeres porque se ven
cortadas por todos los lados.
(Declaraciones hechas a la cadena SER,
13-1-88)
23
Lo más grave son los
trastornos psicológicos
Página 26 · ver la página
¡Area Crítica crece!
8 números al año
Al desaparecer «Historia Crítica», por problemas de distribución,
hemos decidido publicar en «Area Crítica» dos números extras al año para
tocar con mayor rigor y profundidad algunos temas más candentes
y de la actualidad nacional e internacional.
El próximo extra estará dedicado a la «perestroika» de Gorbachov.
Si deseas recibir algún número atrasado de «H. C.» puedes pedirlo
al Apartado 18.085 + 28080 Madrid
N.* 1 N.* 2 N.* 3
IRAN: La El País: Un CHINA: Reto La II Guerra
revolución tigre de papel al futuro Mundial
de Jomeini
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La mujer agredida recibe además, en muchas ocasiones, el rechazo de la sociedad,
que la acusa de haber provocado el ataque salvaje
LA VIOLACION:
EL CRIMEN MACHISTA
El 6 de julio de 1988, los vecinos de una casa de Espluges
(Barcelona) escucharon unos gritos espantosos de mujer que
provenían del aparcamiento. Allí, envuelta en un gran chardo de
sange, quedó tirada María Rosa Cañamares Subirats, una
peluquera de 33 años, a la que habían intentado violar, y a la
que el agresor, Manuel Rojo Rodríguez, 21 años, asestó 13
puñaladas en el pecho. La juez que levantó el cadáver señaló en
el sumario «la cara de sufrimiento que tenía la víctima, que
estaba totalmente indefensa después de haber sido forzada
L marido de la víctima, Emilio
E Salas, afirmó que conocían al
asesino, sólo de vista, porque era
un vecino de la misma calle al que veían
con frecuencia, pero sin más relación.
Los padres y la novia de Rojo mostra-
ron al juez «su sorpresa por los he-
sexualmente».
chos», sin poder dar ninguna explica-
ción que diera alguna lógica al crimen.
El propio Rojo, «nervioso y cabizba-
jop ante la juez María del Mar San Bus-
to, se negó a dar ninguna excusa a su
horrible crimen y sólo dijo que un mes
27
y medio antes había sido operado de fi-
mosis y que «hubiera sufrido dolor de
haber violado a María Rosa». La juez
está convencida, sin embargo, que Ro-
jo preparó con mucho tiempo y preme-
ditación la violación de la joven pelu-
quera.
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La violación, el crimen machista
Este es un caso que podriamos llamar
típico en los casos de violación: hom-
bres teóricamente normales que atacan,
sin razón aparente, a mujeres normales,
a las que atacan con verdadera saña, Co-
mo si se tratasen de animales salvajes.
Cualquier otro caso de delincuencia
parece tener algún motivo. Los droga-
dictos pueden llegar a comportarse de
una manera parecida con débiles vícti-
La tolerancia con los
* agresores sexuales
$
Los hechos sucedieron hace dos años, en
un Instituto de Formación Profesional. Al-
gunas chicas estudiantes del citado Centro
se quejaban y estaban muy angustiadas de
que en numerosas ocasiones habían sido
molestadas y se había abusado sexualmen-
te de ellas por parte de un conserje y un
bedel del Instituto. Decían que cuando pa-
saban junto a alguna de estas personas O
bien les metían el palo de la escoba entre
las piernas, o cuando llegaban tarde a clase
y aprovechando que estaban solas les toca-
ban los pechos, les decían cosas groseras e
incluso en alguna ocasión les habían dicho
que querían hacer el amor con ellas.
Las chicas, en vista de la situación se reu-
nieron con sus compañeras-os de clase y to-
dos ellos hicieron un escrito denunciando
los hechos (50 firmas más o menos). Todo
esto se puso en conocimiento del Ministe-
rio de Educación y después de mucho pen-
sárselo denunciaron lo sucedido. Los agre-
sores, por supuesto, seguian en el centro y
realizando las mismas agresiones contra las
chicas. Al Juzgado comparecieron 7 perso-
nas implicadas en los hechos y declararon
confirmando la denuncia presentada; igual-
mente acudieron los individuos y dos les-
tigos a su favor.
Las chicas querían que de los hechos tu-
vieran noticias en otros centros y que se en-
terasen de lo que sucedía en el Instituto;
que los responsables fueran relegados de
sus funciones y no fueran a trabajar a nin-
gún centro de esas características. Estaban
avaladas por sus compañeras-os de clase
que sabían lo sucedido. Las chicas en par-
ticular tenían miedo de plantarles cara ellas
solas a los agresores y si alguna vez lo ha-
bían hecho, los tipos les decían que no pa-
saba nada, que únicamente eran cariñosos
con ellas y que estas eran unas estrechas.
Durante todo el proceso las chicas, sus
familias y los componentes de la” Asocia-
ción de Padres del Instituto fueron amena-
zados por los agresores.
Al final y después de muchos recursos,
el asunto fue archivado y los individuos
mantuvieron su puesto de trabajo, sin cas-
tigo, siendo trasladados a otro centro simi-
lar.
«Con mi hija hag
Yolanda está separada hace 4 años, y
tiene una niña de 4 años que vive con
ella, durante todo este tiempo el padre
se ha llevado a su hija a pasar los fines
de semana a su casa, en cumplimiento
del régimen de visitas.
Un día, cuando Yolanda y su hija es-
taban viendo la televisión, sacaron es-
cenas de pederastas (hombres que se
acuestan con niños) y la niña le dijo a
su madre que esas «cosas» se las hacía
también su papá. La madre, muy preo-
cupada, se puso en contacto con varios
psicólogos para que examinaran a su hi-
ja, y todos coincidieron que en la men-
te de la niña había episodios extraños en
la relación con su padre, que estaban
afectando a la personalidad de la mis-
ma y que ella no quería contarlos pues
estaba presionada y se sentía culpable.
La madre, como es lógico, muy preo-
cupada decidió investigar y buscar prue-
Un violador de
San Fermín
Asun, un día de Sanfermines había quedado con
sus amigas en un bar, como no aparecieron deci-
dió volverse a casa, por miedo a estar sola por la
noche. En el bar donde estaba esperando, se le acer-
có Pedro, quien viéndola sola entabló conversación
con la misma, ofreciéndose a llevarle a su casa en
el coche.
Asun, viendo que Pedro tenía buena pinta y que
era de Pamplona, le dijo que sí y dónde vivía, se
montó en el coche confiada y de repente, éste se
desvió de su camino, llevándola a un lugar oscuro
y solitario a las afueras de Pamplona, le obligó a
golpes a que se bajara del coche, en esta situación
la desnudó y después de un forcejeo la violó. Más
tarde le amenazó con que si le denunciaba no pa-
saría nada, ya que era policía. La obligó a mon-
tarse en su coche y le subió a Pamplona; Asun en-
tretanto y dentro del coche intentó quitarle las lla-
ves de contacto y viendo que rio lo podía hacer se
tiró del coche en marcha, reteniendo no obstante
la matrícula del vehículo y las características del
mismo. Hizo señas a un taxi para que parara, pi-
diéndole al taxista un papel y boligrafo para apun-
tar la matríciula con la indicación de que la llevara
a comisaría para denunciar los hechos.
Transcurridos bastantes días, Pedro, empresa-
rio pamplonés, fue detenido, hubo dos reconoci-
mientos por parte de Asun en los que sin lugar a
dudas dijo que era el individuo que la había viola-
do y después un careo en presencia judicial en
el que el agresor, como es normal, negó los hechos.
Después de muchas tramitaciones, recursos y... mu-
chas presiones dada la naturaleza del agresor, la
justicia archivó el asunto por falta de pruebas.
Después y para limpiar su «buen nombre», Pe-
dro interpuso querella contra la Coordinadora Fe-
minista por haber hecho pintadas, denunciando la
violación... es decir, sacando a la luz esta agresión.
Por suerte otro juzgado no dio trámite a la quere-
lla de Pedro, pero en la actualidad el agresor sigue
en la calle, trabajando normalmente y con la ca-
beza bien alta.
28
$
Página 29 · ver la página
) que quiero»
bas. Cuando la niña le relataba lo que
hacía con su padre, grabó una cita: ju-
gaban a médicos, su padre le tocaba, la
besaba, y hacian aquellas cosas que ha-
bían visto en la película de la televisión.
Yolanda, en vista de esto, decidió de-
nunciar los abusos deshonestos realiza-
dos a su hija por el padre, que se le qui-
tara a éste la patria potestad y el régi-
men de visitas. Presentó todos los infor-
mes psicológicos, la cinta y todas las
pruebas con respecto a los hechos.
Al final el Juzgado estimó que no ha-
bía pruebas suficientes para considerar
los abusos deshonestos del padre hacia
su hija, no le quitaron la patria potes-
tad ni el régimen de visitas y el agresor
tiene derecho a llevarse a su hija los fi-
nes de semana, vacaciones, etcétera.
(Extractos Mujeres de Coordinadora
Feminista de Navarra)
recuerda la asesina, Isabel Tejerina.
masa
de la droga. Más claro es el caso de la
delincuencia contra la propiedad, sea
para conseguir droga, para su interés
personal o para comer.
anas, pero existe esa «excusa»
Un estudio sobre violaciones realiza-
do en Chicago en 1971 por Menachem
Amir, contradecía las excusas más ma-
chistas que hablan de «obcecación del
macho», el típico «no se pudo aguan-
tar» o la locura pasajera. Según Mena-
chem Amir (ver «Vosotros los machis-
tas sois los terroristas», publicado por
«España Crítica», número 16), la ma-
yoría de los intentos de violación son
planificados, preparados; no son hechos
espontáneos e impulsivos, como se quie-
re hacer creer a veces por la defensa del
agresor.
La víctima de la violación de Esplu-
gues conocía a su asesino, seguramente
hablaba con él y no esperaba ningún ti-
po de violencia. No se trata del caso del
violador que acecha en el callejón a su
víctima, como intentan presentarlo
ÑO” Y ME HE QUEDADO MUY TRANQUILA»
tardó la asesina en
5 hachazos a su violador
29
siempre los medios de comunicación,
tratando de destacar lo extraordinario
o insólito del caso. Por lo contrario, la
mayoría de las cerca de un millón de
agresiones sexuales que se producen
anualmente en España, provienen de
amigos, maridos, padres, hermanos y
otros hombres cercanos.
Esto indica que la violación está ínti-
mamente ligada al machismo social, a
la idea del poder machista que, poco o
mucho, está dentro de todos los hom-
A Mirentxu le da
igual morir
Mirentxu, mujer joven casada y con tres
hijos volvía de noche después de haber es-
tado con unas amigas, cuando fue aborda-
da por un individuo que le pidió fuego; ella
no fuma y se lo dijo, a lo que el hombre
le contestó que aunque no tenía fuego te-
nía otras cosas. Tras agarrarla fuertemente
(incluso perdió los zapatos en el forcejeo)
le condujo a un lugar descampado, solita-
rio y cercano a donde le había parado. Una
vez allí le pegó varias veces y con fuerza le
tiró al suelo, donde tras pegarle de nuevo
con una piedra porque Mirentxu se resis-
tía, empezó a tocarle los pechos y todo el
cuerpo. En vista de que el tipo no se exci-
taba, le obligó a chuparle el pene y después
de transcurrido bastante tiempo en esta si-
tuación (Mirentzu estaba vomitando), le pe-
netró vaginalmente y con brutalidad. La
mujer durante todo este tiempo y mientras
estaba siendo violada tenía la sensación de
que el agresor la iba a matar. Una vez ocu-
rrido todo, le robó las joyas, el dinero que
llevaba, toda la documentación y se fue tras
amenazarla.
Es necesario decir que Mirentxu es una
mujer menuda, de poco peso y con poca
fuerza, y que el violador es un hombre de
unos 125 kilogramos de peso, 1,90 6 2 me-
tros de estatura, con pelo lacio hasta los
hombros, entradas en el pelo, ojos hundi-
dos, labios carnosos y barbilampiño.
Ella denunció los hechos y a pesar de es-
tas especiales características no ha sido de-
tenido.
Durante varias semanas Mirentxu recibía
llamadas telefónicas del agresor en las que
no le decía nada, pero ella no se atrevía a
salir de casa.
Desde que sucedieron los hechos a la mu-
jer le ha cambiado su vida. El marido no
sabe comprenderla y no quiere ayudarla,
haciéndole la vida imposible; se ha inten-
tado suicidar, está todo el día tomando
tranquilizantes; se le estuvo cayendo el pe-
lo; infecciones vaginales, aparte de insom-
nio, pesadillas cuando consigue dormir,
miedo...
El agresor no ha sido detenido y a Mi-
rentxu le da igual morir.
Página 30 · ver la página
La violación, el crimen machista
bres por su educación. La concepción,
popularmente aceptada entre los hom-
bres (incluidos los maridos, padres y
hermanos de la víctima) de que «la mu-
jer es la que provoca al hombre» y que
los delitos de violación sólo afectan al
honor familiar, demuestra que la vio-
lencia sobre la mujer sigue siendo vista
bajo ese prisma de poder machista.
En 1976 se producía, según el FBI,
una denuncia por violación cada nueve
minutos en los Estados Unidos, cifra
que aumentaba progresivamente. En
1981* hubo en París 5.786 violaciones
decláradas (más de 15 al día), 6.272 al
año siguiente. En Madrid, sólo se reco-
nocen oficialmente una violación al día.
Se calcula que por cada caso que se de-
nuncia existen otros cinco o seis que per-
manecen ocultos en el «honor familiar».
De día, uniformados;
de noche, incontrolados
Por si no había quedado suficientemente clara
la implicación de las FOP en la ola de agresio-
nes y violaciones que están sacudiendo Euska-
di en los últimos meses, un guardia civil adscri-
to a la locaidad de Bermeo ha sido identificado
como el autor de una violación a punta de pis-
tola de una joven, menor de edad, de la misma
localidad.
Los hechos se produjeron en el interior de un
coche Renault 12, propiedad del mencionado
guardia civil, poco después de haber cogido a
la joven y a una amiga suya que hacían auto-
stop a la salida de cercano pueblo de Munda-
ka. Ante las protestas de las dos muchachas, tras
detener el coche y comenzara a abusar de una
de ellas, el violador esgrimió una pistola dicien-
do: «Las balas salen por aquí muy de prisa».
Acto seguido consumó la violación de una de
ellas.
El citado Renault 12 fue reconocido por la víc-
tima estando aparcado a las puertas del cuarte-
lillo de la Guardia Civil y junto con su madre
fue a denunciar el hecho al sargento del puesto,
el cual llamó inmediatamente al dueño del ve-
hículo que, según la narración posterior, «pali-
deció al reconocer a la joven».
El miércoles día 16 se celebró en Bermeo una
manifestación de protesta convocada por la to-
talidad de partidos políticos, sindicatos y aso-
ciaciones populares, a la que acudieror» 5.000
personas. La manifestación transcurrió con nor-
malidad hasta que el cortejo pasó por delante
del cuartelillo, donde arrecieron los gritos con-
tra el presunto violador y la Guardia Civil. Un
oficial salió y ordenó la inmediata disolución de
la manifestación. Al manifestarle los organiza-
dores la imposibilidad de llevar esto a cabo, la
Guardia Civil, que había sido reforzada con
efectivos de otras localidades, procedió a disol-
ver brutalmente a los manifestantes, resultando
varios heridos y efectuando 13 detenciones.
Marta Brancas
Este comportamiento machista gene-*
ralizado no sólo incita más a los viola-
dores, cuyo número no hace más que
aumentar en la sociedad capitalista, ani-
mados además por las «provocaciones»
de la publicidad, del desnudo femeni-
no, presentado como un objeto de con-
sumo más, sino que «ayuda» luego a los
agresores que son detenidos y en último
extremo, juzgados. La víctima es, final-
mente, la que sufre la violación y el re-
chazo social.
Tal fue el caso de María de los Ange-
les Montero, que trabajaba como enfer-
mera en Tomelloso (Cuenca), cuando
sufrió el 13 de febrero de 1985 un in-
tento de violación por parte de un com-
pañero de trabajo, el practicante Tomás
Coronado Sánchez Rey.
«Me han tratado peor que a un ani-
«Me han convertido en una inválida.
Aquel día perdí mi felicidad, mi casa,
mi trabajo, todo», afirma María de los
Angeles, que vive hoy en Cuenca con su
marido y sus tres hijos. Las heridas que
se produjo en el forcejeo tardaron 13
días en curar, pero lo peor fue el shock
psicológico y el verse tan desamparada
frente al poder machista de la sociedad.
La policía, los jueces y en general to-
dos los que tienen que intervenir en el
caso de una denuncia sexual, tienen esa
misma mentalidad machista, agravada
por el uso del poder. El gobierno acaba
de montar unas «comisarías de muje-
res» para tratar de contrarrestar las crí-
ticas de la opinión pública contra la po-
licía. La jefa del grupo de Barcelona,
María Luisa Pajares, 29 años, recono-
cía que «las denuncias no prosperaban
La policía contra las mujeres que luchan por sus derechos.
mal, contaba Angeles a los periodistas.
Los jefes no hicieron nada por aliviar-
me el trauma psicológico de tener que
seguir trabajando donde habían trata-
do de violarme. Pedí el traslado a otro
centro de la Seguridad Social y me lo de-
negaron. Perdi mi trabajo por negarme
a volver a trabajar en Tomelloso».
En cambio, el agresor, condenado a
cinco días de arresto menor y 39.000 pe-
setas de multa, sigue trabajando como
si no hubiera pasado nada, el cinismo
machista le protege.
30
porque el agente de turno se mostraba
incrédulo ante el testimonio de las mu-
jeres». En España se tramitan actual-
mente unas 16.000 denuncias por ma-
los tratos al año.
Mercedes González Díaz se libró de
ser violada el 7 de diciembre de 1987
gracias a que tenía la menstruación. Era
de noche y se le pinchó la rueda del co-
che cerca de Monforte de Lemos (Oren-
se). Ya de día, tras dormir en un bar cer-
cano, intentó poner el coche en marcha,
pero se había quedado sin batería. El
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Las mujeres exigen castigos ejemplares para los violadores, cada vez más frecuentes en España.
conductor de un «Land Rover» se ofre-
ció a llevarla al pueblo, pero enseguida
se desvió e intentó violarla. «Me rom-
pió la ropa, trató de bajarme la faja y
me dijo que era una puta».
Cuando puso la denuncia en el cuar-
telillo «la Guardia Civil se negaba a
creerme al principio y llegaron a decir-
me que eso me pasaba por andar por ahí
de noche. Me hicieron parecer como
una fulana». Mercedes no ha consegui-
do todavía una copia de la denuncia que
entró en el Juzgado de Quiroga (Oren-
se).
El escepticismo de las mujeres ante la
«justicia» machista tiene su explicación,
ya que en la mayor parte de los casos,
las denuncias acaban siendo archivadas
«por falta de pruebas», debido a las di-
ficultades que existen, y que ponen
policías, jueces y médicos, para buscar
pruebas definitivas.
El proceso judicial se convierte, en la
mayor parte de los casos en una nueva
violación ideológica de la mujer, que
tiene que pasar por toda una serie de
pruebas desagradables, desde la explo-
ración médica hasta las consabidas pre-
guntas del tipo de «¿usted se resistió a
la violación?».
Pepi, una joven de Alcobendas (Ma-
drid), que fue violada el 17 de abril de
1984, recuerda todo este capítulo judi-
cial «como un verdadero calvario», y al
final su agresor fue absuelto por falta
de pruebas: «Mi abogado Juan Manuel
Lara ni siquiera se presentó al juicio y
encima me reclamó 116.000 pesetas de
minuta».
«Para que haya pruebas de verdad,
dice una joven que tuvo que pasar por
esta increíble experiencia judicial, ten-
drías que ir al juez con un ojo en la ma-
no y sin lavarte siquiera, directamente
desde el lugar de la violación».
Un caso típico del comportamiento
machista de los hombres que mandan
y gobiernan, fue el protagonizado en
abril de 1988 por el gobernador civil de
Cádiz, el psoísta Mariano Baquedano,
que calificó a una mujer jerezana, ma-
dre de dos niños, asesinada en la carre-
tera de El Puerto a Jerez con un pun-
zón, de llevar una «vida muy liberal»,
aludiendo al hecho de estar separada y
haber sido vista en compañía de algu-
nos amigos.
Baquedano, al que los obreros del as-
tillero de Puerto Real apodaron como
«El Toro», juzgó antes a la víctima, la
mujer, que al asesino, que no ha sido
descubierto. Por cierto que Baquedano
está separado de su mujer y mantenía
relaciones con una juez de El Puerto de
Santa María, sin que nadie definiese su
comportamiento o al de la jueza, como
«liberal».
Precisamente en un pueblo gaditano,
Bornos, ocurrió una violación colecti-
va de una joven eibarresa, Concepción
Fernández, por parte de doce chavales,
entre 12 y 20 años. La joven tuvo que
ser internada en el hospital psiquiátri-
co de Puerto de Santa María. Los cha-
vales alegaban que ellos se «habían
aprovechado de la situación» y uno de
ellos decía: «yo sólo estuve cinco minu-
tos con ella».
31
Un violador
en libertad
Lupe es una joven de 18 años. Después de ha-
ber estado un sábado bailando con sus amigas,
en una discoteca de la ciudad, al regresar a casa
y después de despedirse de éstas observó cómo un
individuo joven la seguía, a lo que Lupe aligeró
el paso y el agresor también. Al llegar al portal
de su casa y cuando estaba metiendo las llaves,
Francisco Javier que se encontraba detrás sostu-
vo la puerta y entró al portal, donde tras taparle
la boca para que no gritase la llevó hacia el hue-
co de las escaleras, donde se encuentran las cal-
deras.
Durante todo el tiempo le tuvo a la chica con
la boca tapada y a empujones la tiró al suelo, don-
de la violó brutalmente, amenazándola de muer-
te si denunciaba los hechos, robándole después el
dinero que llevaba.
Lupe denunció los hechos y a los pocos dias fue
detenido el violador y reconocido por ella (Fran-
cisco tiene antecedentes penales de haber robado
ropa interior de mujer en un establecimiento, y
antecedentes psiquiátricos desde niño). Tras un pe-
ríodo de permanencia en la cárcel fue puesto en
libertad.
En la actualidad el Juzgado ha sobreseído el ca-
so, ya que estima no haber indicios de criminali-
dad en el agresor, decisión que está recurrida.
Hay que decir que la mujer en los interrogato-
rios judiciales fue preguntada por cuestiones que
nada tenían que ver con su violación: (si usa mé-
todos anticonceptivos, si tiene novio, si está em-
barazada...) y que supusieron para ella una vio-
lencia terrible, ya que tenía la sensación de ser ella
la culpable de que le hubieran violado, o bien, que
la violación había sido un montaje para poder
abortar.
Página 32 · ver la página
La violación, el crimen machista
Los abusos sexuales en casa
Las opiniones coinciden a la hora de señalar que los abusos
sexuales y las violaciones cometidas contra una mujer por los
padres u otros parientes dejan enormes secuelas. En la mayoría
de los casos las relaciones sexuales y afectivas de estas mujeres
no podrán desarrollarse ni libre ni satisfactoriamente. Siempre
estará presente el recuerdo, la repugnancia y el miedo. El miedo
ante una posible repetición de la trágica experiencia, no sólo
sobre ella misma sino también sobre sus hijas
Asún, una mujer de 37 años (a la que conocimos en un piso
para mujeres separadas y maltratadas, organizados por un grupo
de mujeres de Rekalde) nos contaba su propia experiencia y su
situación actual. Asun, en ningún momento describe el tipo de
abusos sexuales que sufría por parte de su padre. La vergilenza a
relatar esas angustiosas situaciones es algo que también persiste
aún después de muchos años.
— ¿Nos puedes contar qué ambiente
había en tu casa?
—Siempre había un revuelo terrible,
una tensión continua, mi padre era un
* alcohólico —y lo sigue siendo—, en fin,
un ambiente con graves problemas.
—¿Antes nunca pediste ayuda a otras
personas? -
—Se lo dije a mi madre, le dije que
o solucionaba el problema o me iba de
casa. Pero ella no quiso —o no pudo—
solucionarlo. También consulté a un
abogado, éste me dijo que yo tenía prue-
bas muy graves, pero no fui capaz de
seguir adelante. Llegué a estar con un
médico, éste me recetaba calmantes por-
que yo estaba muy nerviosa. Yo le de-
cía cómo me trataba ese señor —o sea
mi padre—, y de vez en cuando le da-
ban un toque, pero la verdad es que pa-
saban bastante de él.
—¿Qué médico era?
—Eran médicos... Son médicos de
una organización estatal. Sabían lo que
yo tenía encima, pero...
—Antes nos decías que tu madre no
pudo o no quiso solucionar el proble-
ma, ¿por qué piensas tú que actuó así?
—Yo creo que mi madre tenía mie-
do, mucho miedo; como muchas muje-
res, miedo a quedarse sin la pensión del
marido, a quedarse solas con la carga
delos hijos, a no estar protegidas. Hay
muchísimas mujeres que están en esta
situación, que tienen hijos pequeños y
tienen un miedo terrible. Eso era tam-
bién lo que le pasaba a mi madre.
—¿Tu padre maltrataba a tu madre?
—Pegar no. Pero verbalmente, insul-
tarle e insultar a sus hijos —que para
ella era terrible—, eso sí lo ha hecho.
Pero mi madre no lo ha denunciado
nunca.
—¿Ahora tu madre sigue viviendo
con él?
—No, hace algo así como 8 años que
se separó de él, que decidió enfrentarse
a él. Ahora trabaja limpiando portales.
— ¿Por qué crees que era así? *
—Mi abuelo dijo un día, que lo que
le pasaba a Alfonso —o sea mi padre—
era que estaba enamorado de mí. Y bue-
no, eso es un problema médico.
En Galicia y
Canarias es
donde más
incestos se
producen
CIEN PADRES VIOLAN
jer ha retirado la demanda que había
presentado contra su marido por abu-
sos sexuales y malos tratos a sus hijas. Este
hombre, ahora en libertad y sin cargo alguno
en contra suya, acostumbraba emborracharse
y abusar de su hija menor, de ocho años, y del
hijo mayor, de once. La madre, harta, presen-
tó una denuncia, pero la ha retirado porque
según explicó al juez «he perdonado a mi ma-
R ECIENTEMENTE en Valencia una mu-
_rido», según publica Carlos Matías en «Inter-
viu» (26-8-87). Se ignoran las consecuencias
psicológicas del trauma vivido por los niños,
mientras que el padre puede volver a las an-
dadas.
Según la Asociación de Asistencia a Muje-
res Violadas, «en Galicia y Canarias es donde
más incestos se producen. Son zonas pesque-
ras y rurales, donde el padre de familia o los
hermanos mayores permanecen largo tiempo
fuera de las casas en alta mar o en el campo,
y el varón que queda en el hogar se aprovecha
para violar a las hijas o hermanas menores,
que son las más indefensas». En ciertas aldeas
montañosas gallegas y asturianas, el incesto
puede llegar a ser visto como algo «normal»
en una familia, cuando la madre ya está en-
trada en años y carnes y el padre desea satis-
facer sus ansias sexuales con una de sus hijas,
más joven y apetecible.
Este es el caso de Elena, 26 años, que esca-
pó de su casa por tal motivo y que a pesar de
ser medio analfabeta ha logrado abrirse cami-
no como vendedora ambulante por ciertas co-
marcas levantinas. «Al cabo de los años me
he reconciliado con mi familia. Les escribo, in-
cluso a veces vienen a verme —cuenta ella—
32
Página 33 · ver la página
—¿Nos podría decir por qué una per-
sona aguanta o soporta los abusos se-
xuales de su padre?
—Yo creo que son muchos los moti-
vos, pero intentaré explicarte mi caso
concreto. Cuando yo era una cría, la so-
ciedad era bastante diferente que aho-
ra. Había que acceder a lo que decía el
padre por decreto ley; asi lo decán los
mandamientos y todas esas historias,
Por otra parte a mí me daba mucha ver-
gúenza decir lo que me hacía mi padre,
tienes una idea de que tu padre es, yo
qué sé... no sé.
No era que yo le quisiera. Sino por-
que aqní me daba mucha vergiienza de-
cir que mi padre... Me parecía tal mons-
truosidad decirlo; o sea, que me parecía
que igual me castigaban a mi. Estaba en
un colegio de monjas, encima de las po-
bres (yo era la pobre, no las monjas) y
yo tenía miedo y mucha vergiienza. Yo
la primera vez —ya de mayor— que me
atreví a hablar con mi padre de este te-
ma, me pegó. Fue la primera vez que me
pegó. :
—¿Qué fue lo que le dijiste?
—Le dije cómo había sido capaz de
hacerme las cosas que me hacía de pe-
queña; que si no se daba cuenta de lo
que podía sufrir una persona, una hija
con eso. Y luego empecé a gritar, a in-
sultarle.
—¿Ahora estás casada?
—Tuve un compañero, pero no me
casé porque tenía mucho miedo, era un
miedo siempre presente a que se repitie-
ra la historia. Estaba con mi compañe-
ro, salíamos juntos, nos acostábamos,
nos llevábamos bien. Pero de ahí a la
convivencia, a casarte, a mí me daba
mucho miedo. Me daba tanto miedo
que para que no me siguiera —porque
quería casarse conmigo cuando me que-
dé embarazada— me fui a Londres.
IN
— ¿Cuántos años tiene tu hija?
—Tiene 15 años.
— ¿Has hablado alguna vez con ella
de lo que te ocurrió?
—Y o creo que ella no se da cuenta del
alcance del problema. Ahora está pa-
sando una etapa muy difícil. Yo creo
que elude esto y yo prefiero no contár-
selo, porque es demasiado para una cría
de 15 años asimilar que su abuelo es lo
' que es. Además es la única figura mas-
culina en su entorno familiar con la que
ha tenido algún trato.
—¿Tú ahora te sientes amenazada?
—No, yo no, porque no veo para na-
da a mi padre y además no quiero sa-
ber nada de él. Mi madre es diferente
que yo. Todavía me sigue diciendo «vete
a ver a tu padre», pero, ¿con qué cara
miro yo a ese hombre que me hizo lo
que me hizo?
Ya fuera de la entrevista, Asun nos
sigue contando: «Yo para relajarme me
pongo a leer, o me meto en la cama,
pienso un poco porque aunque hoy no
me siento amenazada, aquello ha dejado
huella. Yo no quiero caer en malos ro-
llos, estoy con un psiquiatra hablando
del tema... A veces no puedo hacer fren-
te a todo el trabajo físico que tengo.
Cuando se tienen 37 años el cuerpo no
aguanta como a los 20 y yo tengo que
hacer de padre y de madre; tengo que
atender a la casa y trabajar en 20 sitios,
limpiando para conseguir un piso... yo
quiero una relación afectiva maja y lle-
var una vida equilibrada.»
US HIJAS CADA AÑO
y parece que se han acostumbrado a que viva
mi vida por mi cuenta. Pero para estos casos
siguen pensando igual, cuando me visitan es
mi madre la que me pregunta si he accedido
a acostarme con mi padre, como si fuera lo
más natural.»
Peor suerte ha corrido Raquel, de 28 años, ,
gallega e hija de una mujer soltera. «Mi ma-
dre se casó luego con otro hombre, que me te-
ría tirar cuando cumplí los 13 años.» Raquel
ejerce ahora la prostitución en Madrid.
Datos de la Secretaría Técnica de Fiscalía
General del Estado revelan que, mientras en
1984 hubo seis procedimientos judiciales me-
nores por abusos sexuales de padres a hijos,
en 1985 se produjeron quince. Hubo 707 dili-
gencias previas en 1984, frente a las 1.205 de
1985; se abrieron 118 sumarios urgentes en
1984 y 125 en 1985, y otros 420 sumarios con
carácter ordinario en 1984, frente a los 422 de
1985. Por su parte, la Jefatura Superior de Po-
licía tiene registrados 1.195 casos de violacio-
nes durante 1985 y 1.279 en 1986; por abusos
deshonestos en 1985, la policía intervino en
1.582 casos, frente a los 1.819 del pasado año.
Hay también 800 casos registrados de escán-
dalo público en 1986, y 939 en 1985: 82 deli-
tos de estupro en 1986, ante los 68 conocidos
en 1985; 121 raptos hace dos años y 84 hace
uno; 264 delitos de proselitismo en 1985, frente
a los 298 de 1986, y 110 casos de corrupción
de menores en 1985, ante los 92 producidos
en 1986. «No tenemos registrados incestos
—señala José Antonio Linares, de la Jefatura
Superior de Policía de Madrid— porque no es-
tán tipificados como delito en nuestro orde-
namiento jurídico.»
33
La familia
puede llegar a
considerar
normales las
violaciones de
los hijos
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La violación, el crimen machista
En Almería, un 10 de agosto de 1987
Quien y por qué mataron
a Ana Lirola
L 10 de agosto de 1987 apareció en un
E cañaveral de El Ejido (Almería) el
cuerpo de Ana Lirola, violada y ase-
sinada de un hachazo. Comenzaba así una in-
críble historia donde se reúnen todas las ca-
racterísticas de la España negra.
La Guardia Civil tardó siete días en identi-
ficar el cadáver a pesar de que la familia de
Ana había denunciado su desaparición cinco
días antes. Con 40% de temperatura su cuerpo
se guardó en una bolsa de plástico. El forense
llegó dos días después y no encontró ni una
gota de semen, ni un pelo extraño, pese a que
Ana Lirola peleó con sus violadores, según la
autopsia. El dictamen médico sí comprobó que
Ana no había tomado drogas ni alcohol. El
juez titular estaba de vacaciones.
«Es que tu hermana hacía mucho autoes-
top», fueron todos los argumentos dados por
la Guardia Civil. La familia de Ana comenzó
a desconfiar de la forma de investigar desde
un principio: «La zona donde se encontró el
cadáver no fue acordonada. No cogieron ni
una huella de automóvil. No utilizaron ni un
Las actuaciones de los jueces y de
la Guardia Civil son sospechosas
perro. La investigación, según supimos, era en-
tre los puticlubs y los ““camellos”” de El Ejido.»
Ante tanta dejadez, pasividad, oídos sordos
y ceguera tuvo que ser la misma familia quien
se pusiera a recoger datos de los últimos días
de la vida de Ana. Ellos encontraron testigos,
el lugar donde vivían algunos sospechosos, ha-
blaron con los arrendatarios, apuntaron decla-
raciones y números de matrículas. Luego la in-
formación se la ponían en bandeja al juez de
turno —han sido cuatro jueces los que en
cuatro meses se encargaron del caso, Jorge Ma-
ría Benavides, Andrés Vélez, Jesús Saracho y
Jesús Martínez—, y a la Guardia Civil. «Pero
ya estamos hartos. Datos que damos a la
Guardia Civil, a las horas están en la calle...
Les dimos datos de amigos que vieron por
última vez a Ana. Tardaron diez días en en-
trevistarles.»
Después de todo este calvario, la familia lle-
gó a la conclusión de que «a la justicia hay
que pagarle». Se gastaron medio millón de pe-
setas en contratar al catedrático de medicina
legal Luis Frontela para realizar una segunda
34
autopsia. 45.días después de la muerte de Ana
se repitió el espectáculo macabro. Su cuerpo
fue examinado en la cuneta de la carretera,
porque el cementerio de Dalía no tiene ni luz,
ni agua ni una pequeña habitación.
La violación y la muerte de Ana Lirola es
indignante; la mezquindad de la actuación de
los jueces y la Guardia Civil, simplemente, ver-
gonzosa, aunque no deja de ser algo a lo que
ya nos tienen acostumbrados todo este tipo de
«autoridades». Pero lo más triste de todo es
que lo ocurrido a Ana no deja de ser tan sólo
una muestra de otros muchos casos que están
ocurriendo en Almería. Un lugar donde exis-
ten 80 poblaciones sin luz ni agua; donde exis-
ten como en El Ejido, unos ricos invernade-
ros de plástico, donde acude un aluvión de
gente para trabajar al precio que sea; un lu-
gar de prostitución, suicidios y alcohol; de mu-
cho Banco y pocos servicios sociales; un lu-
gar, como lo describe una hermana de Ana Li-
rola, que es «el Far West y el más tonto es el
Sheriff».
El horror del crimen y la falta de sensibili-
dad de un pueblo sumido en la hipocresía de
la cultura americanizada, individualizada y
consumista, hizo reaccionar a la hermana de
Ana, Isabel Lirola, que escribía en «El País»
lo siguiente:
Cuatro jueces y un asesino
«Mientras cuatro jueces han visitado el Juz-
gado de Berja, uno o varios asesinos están dis-
frutando de la libertad, pensando quizá en co-
meter un nuevo asesinato tan impune y salva-
je como el cometido en la persona de Ana Li-
rola.
Diariamente, a través de los medios de co-
municación, se nos informa de mujeres asesi-
nadas, hombres, niños/as, que han sido agre-
didos, violados, asesinados por gentes sin nin-
gún escrúpulo ante la vida de los demás. Nues-
tra capacidad de asombro se ve cada vez más
reducida. Estos hechos me parecen de una gra-
vedad extrema.
Queremos que esos asesinos estén en la cár-
cel. Han perdido no ya todos sus derechos, si-
no su condición de personas, o como se les
quiera llamar.
... Y aunque seguimos teniendo boca para
protestar, la utilizamos cada vez menos. Ha te-
nido que ocurrir un hecho tan aberrante para
que me plantee hasta qué punto la pasividad
de la gente de esta ciudad se me hace insopor-
table.
Página 35 · ver la página
1
Ana Lirola tenía sus defectos como todos
los que leéis esto —señalaba Isabel Lirola—;
vivía en Dalias, pintaba y amaba la libertad,
su forma de ser no traicionó su forma de pen-
sar, y esto aún parece que molesta hasta tal
punto que se ha distorsionado su imagen en
la nota ofrecida por el Gobierno Civil a los
medios de comunicación.
Calificar de punk a una persona por llevar
el peinado que le apetecía no es acertado. Exis-
ten conceptos que se utilizan de forma erró-
nea. Punk sugiere, a gran parte de esta pobla-
ción inculta y carente de movimientos socia-
les y culturales sólidos, algo fuera de la nor-
ma, excéntrico y que no llegan a comprender.
Es grave que un concepto sea mal utilizado por
los medios de comunicación, pues de ellos la
gente forma sus opiniones.»
¿Estamos ante un nuevo caso Almería?
«Escribo estas líneas desde el dolor y la ra-
bia que me produce el asesinato de mi herma-
na Ana, en los primeros días de agosto y del
que, a estas alturas, aún no sabemos quiénes
son los asesinos, ni los móviles exactos del cri-
men», afirmaba Francisco Lirola el 8 de di-
ciembre de 1987 en una carta al diario «Egin».
Y seguía: «Almería de los años sesenta
—subdesarrollada, la de la emigración y la mi-
seria, aislada, casi africana—, por arte del de-
venir histórico, se transforma en los años se-
tenta en la Almería del desarrollismo más pu-
ro: del Far West pasamos a la electrónica,...
¿Cómo se produce este cambio?
En la llamada zona del Poniente (Aguadul-
ce, Roquetas, El Ejido y Acha, llevan la ini-
ciativa) se ha descubierto un nuevo «Eldora-
do». Su fuente de riqueza, el Invernadero.
Multinacionales, banqueros, especuladores de
todo tipo y gran número de parados y margi-
nados de otras tierras, encuentran un lugar
donde el dinero se consigue rápido y el bene-
ficio al mil por uno.
El vicio y la corrupción crecen a la par del
progreso económico.»
Para el hermano de la joven asesinada, «Al-
. mería está de moda. Andalucía también, y Es-
paña, por supuesto. Preparan el quinto cente-
nario y las Olimpiadas para el 92. ¡Todo un
espectáculo! Mientras tanto, ¿qué hacemos
con los problemas? Los enterramos o dejamos
que se pudran. Hay otra solución: que los re-
suelvan ellos. ¿Quiénes son ellos? La moder-
nidad, la revolución tecnológica, las multina-
cionales o el imperio de turno. ¿A costa de
qué? De lo que sea, aún a costa de hipotecar
nuestro futuro y nuestra historia.»
En su carta, Francisco Lirola apunta al fon-
do social de nuestro país: «Nuestro principal
problema, dicen, es el “terrorismo”, la OTAN
o Gibraltar. En segundo lugar, la inflación, el
IPC o la bolsa. Después, todos los demás. La
droga, la marginación, el paro, la calidad de
vida, etcétera, no tienen solución a corto pla-
zo, dicen.
Ana Lirola en El Ejido.
El asesinato de Ana Lirola Aguilera, su
muerte, no les interesa. ¿Por qué? Estas y otras
preguntas se las hago a los poderes del Esta-
do —Gobierno, poder judicial, policía, igle-
sia, etcétera—, a los partidos políticos y a la
misma sociedad.
¿Por qué callamos y cruzamos los brazos
ante tantos crímenes y tantos atropellos hacia
los débiles? ¿Sólo nos interesan los de los po-
derosos y sus servidores?
No podemos permitir que en un Estado que
se autoproclama «de derecho», la injusticia
campe por sus fueros. Hay que pedir respon-
sabilidades a los culpables de tanta miseria. La
sociedad, el pueblo, necesita defenderse de tan-
tos atropellos.
Podemos llegar a tal grado de insolidaridad
que el proceso se haga irreversible. Aún esta-
mos esperando la llamada de alguna autori-
dad nacional, autonómica, provincial, local o
responsables de algún partido político solida-
rizándose con la familia.
Estos casos no les interesa, no les preocupa
demasiado, tienen cosas más importantes que
hacer.»
«Lo mínimo que debemos exigir —termina
Lirola— ante estos casos es solidaridad y, so-
bre todo, un pronto esclarecimiento de los he-
chos que llevaron al asesinato de Ana. Debe-
mos exigir justicia y castigo ejemplar para to-
dos los culpables.
Yo, hermano de la víctima, me pregunto:
¿Estamos ante un nuevo Caso Almería?
¿Quiénes y por qué asesinaron a Ana Lirola?»
35
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4
La justicia y otras soluciones
No es suficiente con modificar las
leyes, habría que cambiar
la conciencia social
Montse Escobar, abogada
*
Montse Escobar, abogada participante en «Las Jornadas contra
los malos tratos a mujeres» celebradas el pasado mes de
noviembre en Barcelona, opina que no basta con cambiar las
leyes, sino que el mal está enraizado en la sociedad. Cree además
que las mujeres desconfían, con razón, de la policía y de la
justicia, lo que hace que paradójicamente las denuncias
disminuyan a pesar de aumentar los malos tratos.
¿Los derechos reconocidos en la
Constitución y las reformas hechas en
los Códigos han conseguido mejorar en
la práctica la situación de las mujeres
maltratadas?
No, en la práctica no, porque no es su-
ficiente con cambiar las leyes, que está
bien, que es un paso importante, pero a f
la par de eso habría que cambiar toda
la conciencia social. Hay una serie de
jueces, fiscales, incluso también aboga-
dos que no han hecho este cambio; es
decir, no está compaginado el cambio de
las leyes con el cambio de las personas
que tienen que tirar para adelante estas *
leyes. Entonces se hace muy complica-
do que se pueda dar esa coherencia en-
tre las leyes y las personas que están en-
cargadas de hacerlas cumplir, por lo tan-
to los derechos constitucionales siguen
sin cumplirse.
¿Actualmente el porcentaje de denun-
cias por malos tratos es muy elevado?
No, es mínimo, precisamente aquí en
estas jornadas lo hemos comentado. Por
ejemplo, en Barcelona hubo una época
en la que el porcentaje de denuncias ha-
bía aumentado, pero como las mujeres
ven que en estos casos la justicia casti-,
ga muy poco pues se han desanimado.
En este sentido comentábamos que sale
más a cuenta pegar a tu mujer que apar-
car mal el coche y es que económica-
mente te cuesta más caro una multa ad-
ministrativa que el delito de faltas que
comporta pegar a tu mujer. Por otra
parte en otras provincias, más de tipo ru-
ral, ahora las denuncias están subiendo
pero seguramente si no cambian las co-
sas dentro de un año volverán a bajar;
pero no porque hayan disminuido los
malos tratos.
¿Esta disminución en el porcentaje de
denuncias tiene algo que ver también
con el trato que reciben las mujeres en
comisaría?
Eso es importante, sí. Es muy impor-
tante el trato que se le dé en comisaría
y como muchas veces incluso es vejato-
rio, no funciona. Bueno, ahora ha ha-
bido una circular, al menos en Barcelo-
na se ha remitido, una circular interna
para todas las comisarías que pide que
cuando una mujer vaya a denunciar ma-
los tratos se la aísle para que pueda ex-
plicar lo que la ha ocurrido y pueda ha-
cer la denuncia ante una mujer policía.
Porque claro, lo que pasa muchas veces,
los policías son los más machistas. Yo
creo que el sentimiento machista en los
policías es mucho más elevado que en
otros cuerpos, aunque en todos los cuer-
pos más o menos militares existe ese sen-
timiento.
Con respecto a los jueces, ¿cuál suele
ser su actitud ante este problema de los
malos tratos?
Mi experiencia es que cuando vas al
Juzgado de Distrito, sean hombres o
mujeres —incluso nosotras destacába-
mos el mayor rigor que tienen las mu-
jeres a la hora de ser legalistas más que
comprensivas con la situación de la
mujer— puedes encontrarte con dos ac-
titudes: cuando la pareja sigue convi-
viendo, el de presionar a la mujer para
ver si perdona al marido y pueda conti-
nuar la convivencia normal y aquí no ha
pasado nada —pero sigue pasando evi-
dentemente y ha pasado—; en el caso de
que la pareja se haya separado, enton-
ces te miran todavía con peor mala cara
porque dicen: «esta mujer lo que quie-
re es conseguir una prueba para la se-
36
paración legal», o sea, no se entra a ver
si ha habido realmente malos tratos, s0-
lamente se piensa «ésta lo que quiere es
tener una prueba e igual se ha inventa-
do los malos tratos». Esa es la actitud
de muchos jueces. Y en definitiva es un
problema de ideología de los jueces.
Aparte de enfrentaros a estas ideolo-
gías, ¿qué otros problemas os encontráis
a la hora de defender a una mujer que
ha sido maltratada?
El problema de todo proceso es la
prueba. ¿Cómo demostrar ante un juez
los malos tratos? Las lesiones produci-
das normalmente ya se han disuelto
cuando llega el momento del juicio. En
España tenemos el problema de la prue-
ba testifical, es decir, los testigos casi no
sirven para nada, lo importante es la do-
cumental. Entonces es muy difícil pro"
bar muchas veces una serie de lesiones.
Esto en el campo de las lesiones físicas.
En el campo de las lesiones psíquicas
aún es más complicado porque, ¿hasta
qué punto puedes probar que tu mari-
UN
Esta mujer se atrevió a denunciar u su violador
Página 37 · ver la página
Manifestación de mujeres contra la pornografía.
do te está amargando la existencia des-
de hace tiempo? Ambas cosas son muy
difíciles de probar en un juicio.
Y si al final de este calvario consigues
demostrar que han existido malos tra-
tos, ¿son las sentencias favorables para
la mujer?
A nivel general, no. Porque la aplica-
ción de determinadas penas que se vie-
nen imponiendo en materia de malos
tratos es volver a dañar a la propia víc-
tima. Por una parte tú eres víctima de
una agresión y la penalización que reci-
mando alos periodistas al lugar donde trabajaba.
be el agresor, en la mayoría de los ca-
sos, es o arresto domiciliario en tu pro-
pio domicilio, con lo cual tiene un nue-
vo instrumento para castigarte o se le
impone una pena de carácter económi-
co que grava la economía familiar. En
resumidas cuentas, es una tomadura de
pelo. Parece que en definitiva se está po-
niendo cercos a que tú denuncies las
agresiones que sufres, y que la recibes
dos veces, primero la recibes porque te
pega y después porque las penas que se
imponen al agresor recaen nuevamente
sobre la víctima, lo cual es desde luego
escandaloso.
Otro aspecto que también denuncian
con frecuencia las mujeres es el largo
período de tiempo que hay que esperar
para que se dicte sentencia o para que
te concedan las medidas provisinales,
¿tú esto cómo lo ves?
Realmente la justicia es muy lenta. Te
puedes estar tranquilamente un año o
dos esperando sentencia. La justicia es
muy lenta en esto y en todo.
Una vez dictada sentencia en el caso
de que sea favorable para la mujer, ¿qué
¿posibilidades hay de que esto se lleva a
efecto?
Cuando hay sentencia, aunque ésta
sea favorable para la mujer, es decir, que
el marido tenga que pasarle una pensión
alimenticia para los hijos o una pensión
compensatoria para ella, la mujer sigue
encontrándose en una situación muy di-
fícil. Piensa, por ejemplo, en un ama de
casa cuyo marido gana un sueldo super-
bajísimo, de 60.000 pesetas. Este hom-
bre no puede pasarle más de 25.000 pe-
setas, con lo cual ni él ni ella pueden
37
Es mentira:
No somos
iguales
En los últimos-años se viene insistiendo
machaconamente desde el poder que aquí
ya somos iguales hombres y mujeres. Cuan-
do se les pregunta ¿de qué igualdad me ha-
bla, señor ministro o señora directora del
Instituto de la Mujer? Responden sin par-
padeo, iguales ante la ley por supuesto, e
inmediatamente echan mano del papel y
comienzan a recitar como si de una poesía
aprendida en el colegio se tratase: «La .
Constitución española garantiza la no dis-
criminación» y continúan:
«Los españoles son iguales ante la ley sin
que pueda prevalecer discriminación algu-
na por razón de nacimiento, raza, sexo, re-
ligión, opinión o cualquier otra condición
o circunstancia personal o social» (artícu-
lo 14).
«Todos tienen derecho a la vida y a la in-
tegridad física y moral sin que, en ningún
caso, puedan ser sometidos a tortura ni a
penas o tratos inhumanos o degradantes»
(artículo 15).
«Todas las personas tienen derecho a ob-
tener tutela efectiva de los jueces y tribu-
nales en el ejercicio de sus derechos e inte-
reses legítimos sin que en ningún caso pue-
da producirse indefensión» (artículo 24/1).
Y añade la señora Carlota, «precisamen-
te para poner en práctica esta igualdad, ya
hemos redactado el plan para la igualdad
de oportunidades».
Ya quedan claros sus planes. Se montan
sus problemas de igualdad constitucional
para, por un lado, quedar bien en sus dis-
cusiones, salidas al extranjero, mesas re-
dondas, etcétera, y por otro enmascarar y
falsear la realidad.
Tenemos después el otro lado de la mo-
neda, la dura realidad cotidiana, los hechos
' crudos... y claro, eso ya es otro cantar.
Es mentira, hombres y mujeres no somos
iguales ante la ley, y menos aún ante la vi-
da y esta desigualdad no se resuelve con
formulaciones ni con eliminar tales o cua-
les aspectos discriminatorios de la letra de
la ley. La indefensión de la mujeres vícti-
mas de la violencia machista es absoluta.
Mujeres de Coordinadora Feminista
de Navarra
Página 38 · ver la página
La justicia y otras soluciones
subsistir con ese dinero. Te estoy hablan-
do de las capas socialmente bajas, pero
sucede también en esas capas medias, en
las altas, claro, ya no. Esto es sólo un
problema. Luego hay otros muchos. Por
ejemplo, situaciones en que el uso del
domicilio se ha atribuído a la mujer y
no puede ejercitar ese derecho porque el
marido no se quiere ir. Se conocen ca-
sos en los que el marido incluso llegó a
quemar el piso. Luego está el impago de
las pensiones impuestas. Gente que tie-,
ne un patrimonio muy alto pero que tie-
ne la picardía de no tener hojas de sala-
rio, de temer todos sus inmuebles a nom-
bre de terceros.
Y eso, ¿no podría calificarse como
fraude a la ley?
Claro, eso está clarísimo que es un
fraude a la ley.
¿Y cuál es la actitud de los jueces an-
te esto?
Quedarse así, sin hacer nada, eso en
la mayoría de los casos.
¿No tienen competencias para inter-
venir?
Cualquier juez, incluso un juez civil,
tiene capacidad para imponer sanciones.
Una de nuestras pretensiones, por ejem-
plo, es. que los jueces realmente sean
efectivos en sus resoluciones; que se les
habilite para dictar sanciones aparte de
las que ya tienen y no lo ejercitan. Ac-
tualmente y sin aumentar la legislación
sobre el tema, de oficio ya lo pueden ha-
cer ellos. Pero no hay voluntad y tratan
de justificar su poca voluntad diciendo
que no hay medios económicos.
En los casos más graves, como puede
ser que una mujer esté amenazada o per-
seguida por un marido con trastornos
psíquicos o trastornado por el alcohol
o la droga, ¿tiene algún tipo de protec-
ción?
Esa mujer no tiene protección de nin-
gún tipo tampoco, pero en absoluto; y
además es que cuando te viene una mu-
jer con esa angustia y le explicas qué no
se puede hacer nada es que no se lo pue-
de ni creer. Porque es que además las
amenazas que están recibiendo no son
amenazas hechas en un momento de
exaltación, en un momento en que di-
cen «te mataré» como puedes decir cual-
quier cosa, sino que son amenazas rea-
les de gente trastornada y que además
hay motivos claros para creer que esas
amenazas se van a producir. Este es un
terna que nos estamos encontrando mu-
cho y en el que existe un vacio legal to-
tal, una indefensión clarísima. Lo má-
ximo que te puedes encontrar en esto es
que en comisaría te envíen a buscar una
orden a un Juzgado de Guardia para en
24 horas poder internar a esa persona.
Pero el problema es que, claro, como es-
tos son centros municipales y estatales
al cabo de las 48 horas el tío ya está en
casa y la mujer se vuelve a encontrar con
el mismo problema.
Las mujeres se sientan en el banquillo de ls acusad
crimen. La fotografía fue tomada en el juicio de B
Con la unidad de la familia hemos topado
Sólo un 10% de mujeres presentan denuncia por malos tratos en
nuestro país. ¿Motivos? muchos; pero quizá uno de los más
importantes es cómo actúa la Jurisprudencia. Muchas mujeres
consideran absurdo pasar por un calvario que empieza en las
comisarías, que sigue en los tribunales y termina en los
domicilios conyugales, mientras queda en el aire un ¿y para qué
NA de las opiniones que se ofre-
Jl cen para explicar la multitud de
problemas, injusticias, trabas y
abusos con los que se encuentran las
mujeres a la hora de que se les aplique
la justicia contra la violencia que sufren,
es que se trata de una cuestión de crite-
rios.
Criterios, por supuesto, individuales,
particulares, fruto de la existeneia toda-
vía en este país de jueces y policías que
aún mantienen una ideologia reacciona-
ria y patriarcal.
Realmente, cogiendo aislados caso
por caso, sí que podría llegarse a la con-
clusión de los criterios individuales pe-
ro, al final, estos criterios son tantos que,
o bien en este país la mayoría de los
ha servido todo esto?
miembros de las instituciones siguen an-
clados en una mentalidad reaccionaria,
o bien tendría que plantearse claramen-
te lo que se oculta a sabiendas tras las
individualidades. Unas individualidades
uniformadas que insultan, menospre-
cian o se ríen desde detrás de las mesas *
policiales cuando una mujer va a pre-
sentar denuncia; o esas otras que, des-
de las salas de los tribunales, se dedican
a opinar al tiempo que imparten justi-
cia, dejando traslucir claramente el fon-
do de la individualidad, como en el ca-
so del juez de distrito de Santa Cruz de
Tenerife, Francisco Vaquero: «En distin-
tas ocasiones, me he visto obligado a no
condenar a un marido que pega a su es-
posa por las malas consecuencias que
eso acarrea y porque los jueces somos”
38
humanos y nos damos cuenta que los
malos tratos han podido desencadenar-
se en un momento de obcecación por
parte del agresor. En ocasiones, trata-
mos de provocar el perdón de la parte
maltratada y dar una oportunidad de
que ese matrimonio llegue a un enten-
dimiento beneficioso para ambos y pa-
ra sus hijos».
¡Con la unidad de la familia hemos
topado! «La familia que reza unida, per-
manece unida», nos decían hace algu-
nos años; hoy, el slogan no es muy airea-
do, pero en la práctica, como vemos, se
sigue reproduciendo de mil y una for-
ma, esa unidad conseguida en base a
que el hombre mantenga sometida a su
mujer, maltratándola si es necesario. El
sistema se ha encargado de darle la fa-
Página 39 · ver la página
s veces, por abortar, que los violadores por su
1983.
cultad y la autoridad para ejecutar ac-
tos de este tipo sobre quien le pertenece
a los ojos de todo“el mundo. Y nada ni
nadie debe interponerse.
Hablar de criterios individuales, es
querer tapar descaradamente la respon-
sabilidad que policías, jueces y hasta las
mismas leyes tienen en los sufrimientos
de miles de mujeres. Todos forman parte
de un engranaje, de un conjunto cohe-
rente que sirve para proteger y defender
los pilares fundamentales de una socie-
dad. La familia es uno de ellos.
¿Cuestión de criterios? Sí, pero de
Uno fundamental, general y único, el del
conjunto del sistema en que vivimos.
| . Virginia Sandoval
Algunos casos
de «humanidad» judicial
—E.M.P., de 54 años, arrancando de las palizas, injurias y malos tratos de su
marido, huyó de su domicilio y se refugió en casa de su hija. Inició juicio de sepa-
ración. En él se acreditaron los malos tratos y que la esposa estaba enferma, ya
que durante el juicio fue operada tres veces y hospitalizada por dos meses y veinte
días.
El juez dio lugar a la separación, pero concedió el domicilio conyugal al mari-
do, no obstante habérsele expresado que la más necesitada era ella,
—El marido de doña R.V. de B. la intentó matar agrediéndola con un hacha
mientras dormía de noche en su lecho. Enferma de cólico y casi imposibilitada
de andar con muletas. No le causó la muerte, pero de las lesiones tardó 110 días
en curarse, quedándole como secuela una artrosis traumática en las articulaciones
de los dedos índice, corazón y anular de ambas manos y una cicatriz de cinco cen-
tímetros en el cuero cabelludo.
El magistrado del Juzgado de Instrucción número 13, don José Antonio Cam-
pa, en el auto de procesamiento, dio por establecidos hechos que no estaban acre-
ditado de ninguna manera en autos, como que los esposos «mantenían frecuentes
disputas» y que «sobre las tres de la madrugada, volvió a tener una pelea con su
esposa en su domicilio y, saliendo a la terraza, cogió un hacha y con ella agredió
a aquélla» y, con estas argumentaciones, se negó a calificar el delito de parricidio
frustrado y lo procesó por lesiones.
—E.E. intentó matar a su esposa dándole ocho puñaladas. Como declaraba
«sólo se detuvo cuando vio que manaba tanta sangre de su cuerpo y me pareció
claro que aquello era suficiente». En la revista Interviu declaraba más tarde: «Na-
turalmente, lo que menos gracia me hacía era ingresar en la cárcel, en especial des-
pués de que supe, a través de la prensa, que Antonia seguía viva».
Todo fue por celos y el juez así lo comprendió. El fiscal pidió diez años de
cárcel que cumplió en dos partes: tres años y medio de detención provisional y
dos meses y medio despúes de la condena.
—Martín Ortega asesinó a su esposa asestándole un golpe en la cabeza. Al com-
parecer ante el Tribunal, se arrodilló ante el juez implorándole perdón y diciendo
que nadie cuidaría de sus hijos si él fuese a la cárcel.
Este gesto le valió que el Tribunal considerase los atenuantes de enajenación
mental y de arrepentimiento espontáneo, por lo que le rebajó la pena a dieciséis
años y a una indemnización para los tres hijos.
—En Barcelona María Pilar Rodríguez, de 32 años, 1 uerta a puñaladas.
Luis Teijelo, de 63 años, amante de la madre de María, fue acusado de asesinato.
Los tres llevaban 20 años viviendo juntos y el asesino mantenía relaciones con las
dos. Luis Teijelo pegó más de una vez a la joven por celos, por lo que ésta había
hecho algunos intentos de marcharse del hogar hasta que Teijelo, temiendo per-
derla, la apuñaló.
Después de ser juzgado, el Tribunal sentenció la absolución por falta de prue-
bas, cuando la culpabilidad era indudable.
—P.M.L. llevó tres veces a su marido a juicio de faltas con lesiones que tarda-
ron más de diez días en curar. En todos ellos, el marido fue absuelto no obstante
estar acreditadas las lesiones.
Se instó a un juicio de separación ante el Juzgado de Familia número 22 de
Madrid.
El marido alegó que las lesiones (las tres veces) se las causaba ella misma por-
,que sufría una psicosis depresiva.
El juez aceptó la separación en atención a la enfermedad que la demandante
padecía, pero le negó alimentos y el domicilio conyugal y la dejó en total desam-
paro porque «decretar medidas en la práctica constituía un castigo para el mari-
do».
—-G.F. (defendida por la letrada Inmaculada González de Lara), denunció an-
te el Juzgado de Instrucción número 9, que su marido la obligó a salir a la calle
y la ofrecía a los transeúntes por 2.000 pesetas, mientras se masturbaba. Al no
tener éxito, la violó él mismo. La amenazó de muerte si le denunciaba.
El instructor consideró que, en caso de matrimonio, «no se podía hablar de
violación a pesar de las circunstancias que concurrían». Archivó las diligencias.
39
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La justicia y otras soluciones
ANTE LA POLICIA
Ante la puerta de una comisaría, una mujer vacila. Lleya el
parte médico en el que se certifica las lesiones que su marido le
ha producido; los papeles están en regla, pero ella vacila... La
policía en este país es algo que no inspira confianza... Al final se
decide, no le queda más remedio que presentar denuncia si no
quiere verse acusada de abandono del hogar. Ella, al fin y al
cabo, no ha cometido ningún delito, va a recabar sus derechos.
Se decide, pero su decisión se va a convertir pronto en
s de destacar el trato poco co-
E rrecto que reciben las mujeres
cuando acuden a las comisarías
a denunciar los casos de malos tratos y
violaciones», opina Carmen Roney, pre-
sidenta de la Asociación de Asistencia
a Mujeres violadas de Madrid.
Tan destacado es esto que el 90% de
las mujeres que sufren malos tratos por
su marido, se quejan de que en las co-
misarías además de recibir mal trato por
parte de los policías, muchas veces se tie-
nen que ir de allí sin que les hayan reco-
gido las denuncias. Elena Vázquez, una
mujer de 33 años que tuvo que abando-
nar su casa a las tres de la madrugada
porque su marido la amenazaba con un
cuchillo, relataba así su experiencia:
«Fue humillante, realmente humillan-
te... para mí fue un golpe muy fuerte el
tener que abandonar a esas horas mi ca-
sa porque mi marido me pegaba; usted
no sabe lo poca cosa que se siente una
cuando llega a una situación así, pero
fue peor lo otro. A los cinco minutos de
humillada.
estár allí, en comisaría me sentí realmen-
te como un animal. Los policías que es-
taban de guardia, lo primero que me sol-
taron fue: ¿y tú putita qué quieres a es-
tas horas? Luego, al relatarles entre lá-
grimas lo que me ocurría, comenzaron
a reírse y a burlarse de mí, diciéndome
que no les extrañaba que mi marido me
pegara con la facha que tenía, que algo
habría hecho y que más nos merecíamos
muchas de nosotras... no sé si estaban
borrachos pero escuché grosería tras
grosería; cosas que, vamos, yo jamás hu-
biera creído si alguien me lo cuenta, pe-
ro me pasó a mí. Al final, escribieron
algo, no sé el qué, pues jamás he inten-
tado mover eso, me fui a casa de una
amiga a pesar de que ellos me echaron
de allí diciéndome que volviera a casa
y que aguantara a mi marido y que, si
no me gustaba el que tenía que me bus-
cara otro.»
Trabas, excusas vagas, insultos, ame-
nazas, ofensas y toda una retórica de res-
puestas irónicas como «señora, vuelva
; decepción, susto, impotencia y la certeza de estar siendo
usted a su casa porque como su marido
se entere todavía va a ser mayor la zu-
rra que le va a dar», «no será para tan-
to», «eso sólo son desavenencias pasa-
jeras entre matrimonios», «señora, los
trapos sucios se lavan en casa», «será
que usted le provoca», «algo le habrá he-
cho usted», «está en su derecho de pe-
garle». Pero, incluso llegan a más dán-
dose el caso de que el propio marido pe-
gue a su mujer delante de la policía
mientras éstos permanecen pasivos an-
te tal atropello, como le pasó a una jo-
ven en la comisaría de Santa Coloma
(Barcelona). Separada de su marido des-
de hace algún tiempo, aunque no legal-
mente ya que el juez le había denegado
por dos veces la separación por no en-*
contrar motivos, se veía obligada a lle-
varse al hijo de ambos cuando podía. El
marido la denunciaba constantemente;
en una de estas ocasiones se presenta-
ron los dos en comisaría y el la pegó has-
ta tal punto que perdió el 45% del oído
izquierdo y tuvo contusiones cervicales
En comisaría
no quisieron aceptar
mi denuncia
trimonio, decido separarme, para aca-
bar con ese infierno, pero éste todavía
no ha terminado. Han pasado ya tres años
desde que me separé y la sombra de mi ex ma-
rido me persigue en casa, en el trabajo y en
latalle. La separación no fue nada fácil. Tuve
que defenderme de cuantas acusaciones me
hacían, ya que mi ex marido utilizó todo con-
tra mí, incluido el acusarme de haber abor-
tado.
Cuatro meses duró el proceso, aunque a mi
me parecieron cuatro siglos. Pensaba que nun-
ca iba a acabar. Y menos mal que a lo largo
de todo este tiempo y ahora he contado con
amigas y amigos que me escuchaban y opina-
ban, que me hicieron entender que esto no era
D ESPUÉS de soportar cinco años de ma-
Como una p
un problema sólo mío, y que tenía que segui
adelante. Por fin, firmamos la separación,
autoinculpándonos los dos, pero mientras es
perábamos la firma ante el juez tuve que so
portar 15 días de humillaciones y chantajes..
Pero... lo había conseguido y eso significaba
mucho para mí, pues pensaba que con esto y:
se habían acabado mis malos ratos (luego mé
he dado cuenta de lo equivocada que estaba).
Cuando fui a recoger los enseres persona:
les y muebles al domicilio conyugal, me en:
contré con todo vacio y mi ex marido me dijo!
que era una venganza que tomaba por no ac:
“ ceder a seguir acostándome con él.
Los días pasaban y él seguía en las mismas,
amenazándome e insultándome, pegándome:
40
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a
La «solución» de las mujeres policías no cambia mucho la situación. Los policias, por su ideología, son tan machistas como ellos.
por las que tuvo que llevar collarín du-
rante diez días.
Algunas mujeres han denunciado pú-
blicamente el comportamiento vejatorio
recibido en comisaría; el 5 de julio de
1985 El País sacaba una noticia que ha-
cía referencia a las dificultades puestas
a una mujer por el comandante respon-
sable del cuartel de la Guardia Civil de
Avilés cuando ésta deseó presentar de-
nuncia por malos tratos contra su ma-
rido. La agredida fue aconsejada de que
a de tenis
ncluso delante del hijo, ante lo cual yo pro-
suraba no responder para que nuestro hijo no
viera más problemas. No contento con ha-
:erme la vida imposible a mí y a mi hijo, in-
entaba amargarme en el trabajo, llamando
los o tres veces al día para insultarme y se me-
ía con mi familia y amistades, insultando a
odos y amenazándoles de muerte.
Puestas así las cosas, decidí poner una de-
vuncia en comisaría, y cuál no sería mi sor-
)resa al ver que no me la querían aceptar con
trgeumentos como que aquello era normal en
ln marido y que no tenía testigos.
Pasaron dos meses después de esto y mi ex
narido seguía en las suyas molestando y no
lejando vivir a nadie, por lo que decidí vol-
ver a comisaría para poner una nueva denun-
cia y esta vez con testigos, pero la respuesta
fue la misma: disuadirme, decirme que me lo
pensara que al fin y al cabo todavía estaba ca-
sada con él y que no eran más que palabras.
Al final, me dijeron que mientras no saliera
el juicio de la primera denuncia no me admi-
tan más. ¡Bochornoso!
De ahí fui al Juzgado y me echaron con ca-
jas destempladas, diciéndome que antes tenía
que pasar por comisaría. La verdad, me sentí
como una pelota de tenis, de aquí para allá y
sin que nadie me hiciera caso. Así que decidí
buscar una abogada para tramitar la denun-
cia a ver si así me hacían caso.
Extraído de una ponencia de un grupo
de feministas de Iruña, 1985
41
Del Juzgado
me echaron con cajas
destempladas
Página 42 · ver la página
La justicia y otras soluciones
regresara a su casa si no quería ser acu-
sada de abandono del hogar. Igualmen-
te, en una ponencia sobre «Agresiones :
a las mujeres y el Código Penal», se de-
nunciaba el caso de P.L.G. Esta mujer,
después de haber sufrido en diversas
ocasiones durante su matrimonio agre-
siones por parte de su esposo, decide fi-
nalmente denunciarle, por lo que el 20
de septiembre de 1983 acude a la Poli-
cía Municipal de Hospitalet. Allí le in-
forman de la necesidad de ser asistida
= enel Hospital de la Cruz Roja, cuyo par-
te facultativo debe presentar en la comi-
saría de policía. La policía de distrito se
negó a recoger la denuncia y la disua-
dió diciéndole que sería peor para ella
toda vez que él se vengaría.
Semejantes situaciones, la reiteración
en los comportamientos policiales y las"
denuncias públicas han puesto tan a las
claras la realidad que viven las mujeres
maltratadas al llegar a las comisarías
que los organismos oficiales encargados
del tema se afanan en buscar «solucio-
nes» para este escándalo.
Ahí está la propuesta (en algunos si-
tios llevada ya a la práctica) del Institu-
to de la Mujer de poner en las comisa-
rías a mujeres policías para que sean
ellas las que se ocupen directamente del
tema. Con la sensibilidad que, supues-
tamente, caracteriza a la mujer, a la que
se le une la comprensión por el hecho
de serlo, se va a tratar de paliar todos
estos problemas. Y para acompañar a
esta «medida», se propone el dotar a los
policías (hombres) de una preparación
mediante planes de estudio que les «ca-
paciten para conocer la situación de las
mujeres víctimas y las necesidades que
su caso específico planteen».
¿Y nada más? Los proyectos reforma-
dores del gobierno siempre conmueven
por su altruismo, pero suelen pecar de
«olvidos» sobre cuestiones esenciales.
La cuestión de la función que cum-
ple la policía en una sociedad como la
nuestra y el carácter represivo que ésta
tiene, va más allá del hecho de que sus
miembros sean hombres o mujeres, in- j
cluso del hecho de su preparación inte-
lectual. y
Sobre la preparación humana no es 4
Después de mucho
aguantar pensó que la —El 30 de mayo del mismo año, Andrés Martín rios disparos en plena calle de la localidad caste-
—En 1984, una mujer llamada María, con dos en el informe de la policía nacional es de «conduc=
hijos y embarazada del tercero, llegó al Centro de ta intachable»; es evidente que en su expediente no
Mujeres de Madrid aterrorizada. Acababa de aban- tuvieron en cuenta las dos denuncias que presentó
donar su casa y sus hijos porque su marido llevaba contra él María Luz o, a lo mejor, por este hecho
toda la tarde pegándola. le relucía más esta «conducta intachable». ¡Quién
sabe!
El terror era porque su esposo, enarbolando su
pistola reglamentaria, les amenazaba de muerte a
ella y a sus niñas. Cuando le dijeron que debía pre-
sentar una denuncia, contestó que no lo había he-
cho porque él es policía nacional y ella pensaba que
a un policía no se le podía denunciar.
María llevaba mucho tiempo soportando el cas- dej i
a esla ejes te mato». Y
tigo en silencio hasta que ese día no pudo aguan-' : o cai A
tar más y se fue, No sabía qué hacer. Pensaba que —El 9 de octubre de 1985 el cabo de la Guardia
su única solución era morirse. Civil Antonio Carrillo, de 44 años, mató a su es-
Con la «auto
—El 1 de julio, también de 1984, Angel Acero,
de 48 años de edad y subcomisario de la Brigada
de Estupefacientes de Madrid, mató a su esposa,
María Eulalia Morgado. Las tensiones y tormen-
tas del matrimonio eran conocidas por todos e in-
cluso más de una vez, había amenazado de muerte
a su esposa. En una ocasión, le advirtió «como me
posa, María del Carmen Peláez, de 22 años, de va-
mejor solución era
morirse
Rodríguez, policía nacional adscrito en Euskadi, llonense de Almassora.
mató a su novia Mari Luz Fernández en la locali-
dad de Zurbaranbarri (Bilbao), por el simple he-
cho de que no quería tener más relaciones con el
mencionado policia al enterarse que estaba casado
y que no tenía intenciones de separarse de su mu-
jer. María Luz temía por su vida y denunció dos
veces la actitud de él, una en San Mamés y otra en
Basauri, pero la contestación que recibía era que
«eso lo tienes que arreglar con él». Y él lo arregló
meltiéndole dos balas en la cabeza. En el barrio, a
Andrés Martín se le conocía por «follonero», pero
—El 6 de mayo de 1986, en Súria (Barcelona),
el sargento de la Guardia Civil Agustín Moreno ma-:
tó de un disparo a su esposa, Esther Vila. Agust
Moreno justifica su acción por celos, «Al descu=
brir cerca de su casa a un individuo con el cual creía
que su esposa mantenía relaciones, Moreno desen=
fundó el arma y colocándosela sobre la propia sien:
conminó a su esposa a que le confesara la supues-
ta relación extramatrimonial. En un momento de:
la discusión, y al bajar el arma, ésta se disparó, cau=:
Página 43 · ver la página
La sumisión de la mujer
aparece en todas las
obras de cine, teatro y
ópera clásicas.
lad» en casa
ido la muerte instantánea de su mujer». ¿Un ca-
más de imprudencia temeraria o de tiros al aire
e matan?
—En el mes de mayo de 1987, A. Jiménez, de
años y cabo de la Guardia Civil destinado en
'uartel de Cantoria (Almería), mató con su ar-
reglamentaria a su esposa Ana María P.J. des-
's de mantener «una discusión con ella».
—En el mes de julio de este mismo año, otra mu-
Alicia Viana y su hija mayor, María Samant-
fueron heridas de gravedad por su esposo y pa-
Pablo Hernández, policía municipal adscrito a
Jnidad Especial de Tráfico. Este vació su revól-
contra ellas. Alicia resultó alcanzada en el pe-
), estómago y mano derecha; la hija recibió otros
disparos, dos en el tórax y uno en el brazo de-
ho. La segunda hija del matrimonio, Rosa, se sal-
de los disparos porque a su padre se le habían
bado las balas.
as «disputas» en el matrimonio eran también
sobra conocidas por todos, teniendo que inter-
ir en más de una ocasión la policía. También era
ente el abandono del hogar del policía muni-
al por el tiempo que él consideraba necesario;
cisamente, dos días antes de lo ocurrido, la hija
yor había presentado denuncia contra su padre
Presuntos malos tratos y, al enterarse —según
tó un familiar— «llegó a casa muy enfadado,
Pués de permanecer durante tres días fuera del
domicilio y preguntó a las mujeres quién le había
puesto una denuncia. En ese momento, dijo algo
así: pues vais a ver ahora lo que hago yo, y disparó
sobre ellas».
—Pocos días después de estos intentos de asesi-
nato, otra mujer murió a manos de su marido, guar-
dia civil. El día 15 de julio, Segundo Villegas es-
tranguló a su esposa, María de los Angeles Campa
Bueno, de 33 años de edad. Fue hallada muerta en
la vivienda matrimonial con los pies atados a la ca-
ma y cubierta con una colcha. El autor estaba des-
tinado en el cuartel de la Benemérita de Tudela.
Después del asesinato, huyó sin dejar huellas visi-
bles para la policía, que todavía no le han localiza-
do.
¡Espeluznante!
Aunque aquí faltan muchas otras que han vivi-
do la misma situación o han corrido la misma des-,
gracia,
> .
Pilar Ferrán, responsable del CAID de Barcelo-
na, en unas declaraciones que hizo en marzo de 1987
al Periódico de Barcelona, decía: «en el CAID he-
mos atendido a algunas mujeres cuyos maridos son.
policías que han llegado a amenazarlas con su ar-
ma».
El arma, por supuesto, es la reglamentaria, ésa
que utilizan en caso de «peligro». ¿Será que sus mu-
jeres son muy peligrosas?
43
necesario extenderse demasiado, se de-
muestra todos los días en la calle; ésa la
comprobaron las jóvenes detenidas en
Reinosa, amenazadas constantemente de *
ser violadas, las mujeres de Puerto Real,
de Riaño, de Telanosa, las que reivindi-
can el derecho al aborto, el derecho al
trabajo, el derecho a la libertad y a la
dignidad. Los palos duelen y demues-
tran en la práctica la «humanidad» a la
que nos tienen acostumbrados.
Quizá a ningún policía se le haya ocu-
rrido golpear a una mujer que llega a
una comisaría a exponer sus quejas y sus
lesiones y a exigir su dignidad y sus de-
rechos, pero eso no cambia el color del
asunto. Los golpes los lleva encima, se
los ha producido su propio marido y, en
eso, la policía tiene las manos limpias;
pero su actitud seguirá siendo la misma.
En las comisarías se seguirán producien-
do las mismas escenas, las mismas ve-
jaciones, la misma inseguridad y la mis-
ma indefensión para las mujeres. Ellos,
hombres y mujeres, son defensores del
orden, un orden que incluye el dominio
del hombre sobre la mujer en la familia.
Eva Martín
En una ocasión
la amenazó: «Como
me dejes te mato.» Y
cumplió la amenaza.
Página 44 · ver la página
5
LA VIOLENCIA POLITICA
CONTRA LA MUJER
A lo largo de este trabajo hemos podido ver la violencia que
sufre la mujer en los distintos ámbitos de la vida cotidiana. Una
violencia que en cualquier caso, es producto del grado de
días.
a decadencia a que ha llegado la sociedad capitalista de nuestros
Pero no nos podemos olvidar de los cientos de mujeres que por
su decisión de luchar contra este y otros problemas que aquejan
al pueblo, han sufrido y sufren otro tipo de violencia,
descarnada y brutal donde las haya: la violencia política
materializada en la tortura planificada y dirigida por los cuerpos
represivos estatales contra aquellas organizaciones que pugnan
por cambiar de raíz el orden de cosas existente.
s bien sabido que toda la legis-
E lación antiterrorista puesta en
marcha desde el inicio de la Re-
forma ha estado dirigida para acabar
con todas aquellas organizaciones, que
bien empleando la lucha armada o una
actividad política considerada fuera de
la legalidad, se enfrentan al sistema por
cuanto consideran que éste no ha resuel-
to ninguno de los problemas pendientes
que afectan a amplios sectores popula-
res. Y para nadie es un secreto tampo-
co, que la participación femenina en es-
tas organizaciones ha sido siempre im-
portante, tanto en número como en la
actividad que estas mujeres han desple-
gado, asumiendo responsabilidades po-
líticas y militares que han pagado muy
caro toda vez que han sido detenidas.
En febrero de 1977, a tan sólo dos me-
ses del Referéndum por la Democracia,
era detenida Isabel Santamaría del Pi-
no, militante de los GRAPO, que por
entonces tenían secuestrados al oligar-
ca Antonio María de Oriol y Urquijo y
al teniente general Villaescusa, por los
que pedían la liberación de los presos
políticos. Esta situación fue la que pro-
pició que Isabel fuera sometida a las
más salvajes torturas durante los'14 días
que permaneció en manos de la policía
política.
En la Jefatura Superior de Policía de
Barcelona, Isabel sufrió sesiones de ho-
ras y horas colgada en la «barra» a la
vez que la golpeaban con una barra ma-
ciza en la planta de los pies, en la cabe-
za y en el vientre, llegándola a romper
una costilla que le produjo lesiones irre-
versibles en los pulmones, además de su-
frir un aplastamiento de todos los ner-
vios intercostales, que le producirán el
resto de su vida dolores en los brazos y
otros órganos vitales.
Otro caso espeluznante fue el de Jo-
sefa Alarcón Lapuente, también militan-
te de los GRAPO, que fue detenida en
marzo de 1978 por la Guardia Civil en
Pontevedra. Durante tres días sin des-
canso, Josefa sufrió todo tipo de tortu-
ra. Le aplicaron corrientes eléctricas en
los pechos y en la cabeza hasta hacerla
perder el conocimiento. «El dolor que
te producen las corrientes es indescrip-
tible —nos dice Josefa, actualmente en-
carcelada en la prisión de Caraban-
chel— es como si te quemaran por den-
tro, como si te introdujeran agujas ar-
diendo.» Además de esto le dejaron los
pies completamente amoratados de los
golpes que le daban con las porras, prác-
tica que alternaban con los puñetazos y
patadas por todo el cuerpo. De su paso
por comisaría Josefa tardó meses en re-
cuperarse.
Un año más tarde eran publicadas por
la revista CRASH en su número 9-79,
una fotografía de Eva Alonso Arce con
los pechos totalmente amoratados. Eva,
militante de los GRAPO, fue detenida
en un control de la Guardia Civil en el
que resultaron muertos Raúl Calero Ar-
cones y Carmen López Sánchez. Eva de-
nunciaba en la mencionada revista la se-
sión de tortura que sufrió con estas pa-
labras: «...de repente entró en la habita-
ción un policía, alto, fuerte, moreno y
Eva Alonso fue salvajemente torturada como aparece en la fotografía donde se ven los golpes en los
pechos.
44
Página 45 · ver la página
CAS
Irmgard Móller, poco después de ser herida gravemente por la policía alemana en la cárcel de Stamienteiói (Stuttgart) en 1977, cuando mataron a los
otros dirigentes de la Fracción del Ejército Rojo alemán.
con la cara llena de marcas de viruelas.
Parecía muy ebrio y la pesadilla empe-
zó inmediatamente. Fuera la ropa, des-
nuda de cintura para arriba y los prime-
ros puñetazos en los pechos. Los puñe-
tazos siguen y siguen a pesar de mis gri-
tos de dolor. Puñetazos sistemáticos y
continuos dados con especial sadismo
(...) Se unen otros cinco policías presen-
tes. Puñetazos sin parar que duran des-
de las tres hasta las nueve de la mañana
(0
En el otoño de ese mismo año, 1979,
la organización armada GRAPO y el
PCE(r) sufrieron una fuerte ofensiva po-
licial que terminó con la detención de
decenas de militantes, simpatizantes y
colaboradores entre los cuales se encon-
traban un nutrido grupo de mujeres. To-
das ellas denunciaron el haber sido ob-
jeto de torturas ante el juez, denuncias
que debieron quedar «archivadas» en las
papeleras. De todos estos casos sobre-
salía por su crueldad el de Dolores Cas-
tro Saa, entonces militante del PCE(1),
que en cuestión de horas la reventaron
los pies además de aplicarle «la bañe-
ra» (sistema que consiste en introducir-
le la cabeza en un cubo con agua, ori-
nes y toda clase de porquería hasta pro-
ducirte la asfixia). Durante meses Do-
lores no pudo caminar, teniéndose que
desplazar de un sitio a otro en brazos
de sus compañeras de presidio. El caso
de Dolores Castro merece en este escri-
to una mención especial porque ésta no
fue la única vez que sufrió torturas en
“su cuerpo: dos años después, siendo mi-
litante de los GRAPO, caía muerta jun-
to con otros tres compañeros de la or-
ganización, en lo que los medios de co-
municación denominaron «enfrenta-
miento con la Guardia Civil», pero su
cuerpo inerte presentaba inequívocas se-
ñales de tortura.
Otro caso en el que nos detendremos
es el en el de Isabel Llaquet Baldellou,
dirigente del PCE(r) que fue detenida en
octubre de 1980. Su categoría de dirigen-
te la supuso el salir de la DGS con una
pierna escayolada, una vértebra rota y
el cuerpo lleno de hematomas. Una vez
en la cárcel denunció las torturas a las
que había sido sometida:
«Nada más llegar a las dependencias
de Vía Layetana (Jefatura Superior de
45
Policía de Barcelona) me colgaron en la
“barra” donde me tuvieron 12 horas se-
guidas. Diferentes policías se turnaban
para golpearme los pies con una porra
y la cabeza con una guía telefónica, has-
ta que se dieron cuenta de que no sen-
tía los golpes. Me bajaron y avisaron a
un médico. Este me punzó los pies y las
rodillas y al comprobar que no notaba
los pinchazos, aconsejó que me trasla-
daran a un hospital donde me vendaron
las dos piernas y los pies. (...) De vuelta
a comisaría, comenzaron de nuevo los
golpes, pero esta vez tumbada en el sue-
lo. Entre dos policías me sujetaban y
otros cuatro me daban puñetazos en los
muslos, brazos, pechos y vientre. Eso
duró casi un día entero, hasta que co-
mencé a tener vómitos. Cuando vieron
que me estaba quedando completamente
helada dejaron de golpearme y les oí dis-
cutir sobre lo que iban a hacer: unos opi-
naban que debían trasladarme al Hos-
pital Clínico de Barcelona y otros se ne-
gaban porque, según ellos, sería un “es-
cándalo” llevarme en ese estado, mi
cuerpo ya estaba completamente mora-
do.»
Página 46 · ver la página
La violencia política
contra la mujer
Con la llegada del PSOE al poder la
tortura continuó y continúa siendo una
práctica cotidiana en las comisarías y
cuartelillos, sólo que a partir de enton-
ces los encargados de la lucha antiterro-
rista se aplicaron en hacer su «trabajo»
de manera más refinada, de modo que
sin perder eficacia se evitaran el escán-
dalo de los cuerpos amoratados o los
pies reventados. Así se empeñaron en
practicar aquellos métodos que apenas
dejan marcas visibles pero que sus con-
notaciones son en muchos casos irrever-
siblest
Múchas mujeres, militantes y simpa-
tizantes de ETA y GRAPO, han vivido
esta experiencia. Nombrarlas a todas se-
ría interminable, más propio para un
dossier especial, por ello mencionare-
mos sólo algunos casos cuyas particu-
laridades bien pueden hacerse extensi-
vas, de una u otra forma, a todos los de-
más.
Recientemente, en un juicio celebra-
do contra Begoña Sagarzazu se leyó a
petición de su abogado, Miguel Castells,
parte del informe dado por el médico fo-
rense en el que de manera explícita re-
conoce la «posibilidad» de estas prácti-
cas de tortura «limpia». Begoña denun-
ció que le habían puesto una bolsa de
basura sobre la cabeza y el forense (Luis
Borras Roca, de Barcelona) señaló en su
informe que «cabía la posibilidad de pri-
vación de oxígeno puesto que tal prác-
tica, de haberse realizado, no hubiera de-
jado señal».
Este excesivo «celo» por no dejar
marcas también lo pudieron apreciar
Carmen Muñoz y Carmen Cayetano,
militantes de los GRAPO detenidas en
el verano del 83. La primera nos cuen-
ta: «Trasladada a la DGS tenían gran
preocupación de no dejarme señales.
Por ello, me aplicaban corrientes, sen-
tada en una silla, en las muñecas y la zo-
na posterior del cuello, tapándome la ca-
beza con la funda de la máquina de es-
cribir para aumentar la sensación de an-
gustia...» Un mes más tarde, Carmen
Cayetano denunciaba: «nada más llegar
a las dependencias policiales de Madrid
empezaron a torturarme, pera eso sí,
cuidándose en lo posible de no dejar
marcas para que el abogado, al que só-
lo dejaron visitarnos una vez y a través
de un cristal en una habitación oscura,
no pudiera apreciar signo alguno de tor-
tura (...) me hicieron “la bañera” lo que
para mí era angustioso, porque tengo
problemas de respiración ya que padez-
co de silicosis.»
En el mismo informe Carmen Caye-
tano denuncia las humillaciones a que
fue sometida por su condición de mu-
jer, humillaciones aberrantes que todas
las detenidas han sufrido, en mayor o
menor grado, en manos de unos «fun-
cionarios» todopoderosos cuyo único
objetivo es arrancar confesiones al de-
tenido, para lo que necesitan aniquilar
en la persona todo brote de resistencia
y hundirla por los medios que sean.
Es por ello que con las mujeres no só-
lo emplean la tortura «bruta», la que
produce dolor físico, sino que ésta sue-
le ir acompañada de agresiones:sexua-
les de todo tipo. El caso más destacado
que nos viene a la memoria es el de
Mertxe González, acusada de colaborar
con los Comandos Autónomos (CAA),
que además de sufrir golpes y palizas,
fue violada por uno de sus interrogado-
res, el cual la introdujo un palo de es-
coba por la vagina. Mertxe denunció en-
tonces espeluznantes torturas, pero ésta
fue sin duda la que más se le grabó en
la memoria.
Un caso más reciente es el de Begoña
Sagarzazu, detenida en 1987, acusada de
colaborar con ETA. Begoña, además de
denunciar que le habían aplicado el mé-
todo de «la bolsa» añadía que uno de
los policías abusó de ella sexualmente:
«...me introdujo los dedos en la vagina,
diciéndome si aquello me gustaba. Me
levantó del suelo bruscamente y me tiró
sobre el camastro con la intención de pe-
netrarme fálicamente».
Estos son, que se conozcan, los casos
más extremos, pero las vejaciones sexua-
les a las mujeres detenidas aparecen de
múltiples formas en todas las denuncias
de torturas: amenazas de violación, de-
jar a una mujer desnuda en medio de
un corro de policías soportando sus ri-
sas, sus bromas y toqueteos, arrancarla
el pelo del pubis, en fin, la humillación
más infame empleada como arma des-
tructora de toda voluntad de resistencia.
Formas de tortura hay muchas y es-
tas se aplican, dependiendo de la situa-
ción, en todas las condiciones, en mu-
chos casos inimaginables para cualquier
mente sana. Hay casos de mujeres que,
gravemente heridas en el momento de su
detención, hospitalizadas, con oxígeno,
con suero, en lucha entre la vida y la
muerte, han sido interrogadas en estas
condiciones de auténtico peligro para su
vida. El caso más espeluznante es el de
Josefa Jiménez, militante de los GRA-
PO que, herida de bala de suma grave-:
dad a finales de 1980, sufrió durante
días y días los interrogatorios de la po-
licia, quienes la retiraban el oxígeno y
la golpeaban en las heridas hasta que se
convencieron de que Josefa no podía ha-
cer ninguna confesión: murió después de
varios días.
Experiencia de este tipo la han vivi-
46
Manifestación contra la tortura en Euskadi.
do más recientemente Mercedes Galdós
y Josefina Ernaga, ambas militantes de
ETA. Esta última, una vez en la cárcel,
denunciaba: «Me quitaban la careta de
oxígeno para que hablara, pero al fal-
tarme me ahogaba, por lo que me da-
ban un block para que escribiera, pero
tampoco podía ya que el tiro fue en la
parte derecha y tenía el brazo inmovili-
zado.»
Hasta aquí hemos visto algunos ca-
sos de militantes activas o colaborado-
ras que han sido víctimas de la tortura
y malos tratos en las comisarías, pero es
seguro que hay un gran número de mu-
jeres que han sufrido la tortura como
fruto de la aplicación indiscriminada de
la ley Antiterrorista, que ha permitido
las redadas masivas, la detención arbi-
traria de cientos de hombres y mujeres
que posteriormente han sido puestos en
libertad sin cargos (de todas las deten-
ciones que se producen en un año, un
85% son puestos en libertad).
El caso de Pilar Nieva es de sobra co-
nocido por toda la campaña propagan-
dística que rodeó a su detención, presen-
tándola como una «destacada militan-
te de ETA», cuando en realidad no te-
nía nada que ver con la organización ar-
mada vasca. Ella era simplemente una
«sospechosa» que cayó tras el aparato-
so cerco y peinado del Barrio del Pilar
en 1983. Después de 10 días de tortura
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permaneció nueve meses y medio en la
prisión porque su libertad inmediata hu-,
biera puesto al descubieto que tanto des-
pliegue policial e informativo resultó ser
un fracaso de los responsables de la lu-
cha antiterrorista. Pilar Nieva salió en
libertad una vez juzgada y absuelta de
toda culpa, pero la tortura que sufrió y
los meses de cárcel no se le podrán bo-
rrar de la memoria para el resto de su
vida.
Idoia Aierbe Iríbar fue detenida en
noviembre de 1985 por el mero hecho de
ser la novia de Mikel Zabalza y someti-
da a todo tipo de torturas durante 10
días para después quedar en libertad sin
cargo alguno.
¿Cuántas mujeres, que permanecen en
el anonimato, no habrán sufrido esta ex-
periencia inhumana y cruel de la demo-
cracia? Para saberlo sería necesario que
todas ellas superaran el miedo a la de-
nuncia, el terror a que se repita la expe-
riencia con que las amenazan para ce-
rrarles la boca. Es más, muchas de ellas
han llegado a reconocer ante el juez que
han recibido «un trato correcto». Antes
eso que la vuelta a ese infierno.
Pero si algo se ha puesto en evidencia
en el transcurso de todos estos años, es
que la represión y en concreto la tortu-
ra se ha hecho extensiva en la misma me-
dida en que ha crecido la lucha popular
contra la política del gobierno (recon-
versiones, despidos en masa, etcétera).
Y las mujeres, como parte integrante de
esa lucha, han vivido ya en su pellejo el
sadismo de los cuerpos encargados de
mantener la ley y el orden.
Muchas mujeres de Reinosa dieron
testimonio de la tortura que sufrieron en
el cuartelillo de la Guardia Civil, aquel
siniestro día de abril en el que la Guar-
dia Civil tomó militarmente el pueblo y
cargó brutalmente contra sus habitantes.
El resultado de aquella jornada de ba-
talla campal fue de 33 heridos y más de
60 detenidos. Arantxa Santamaría, jo-
ven parada de Reinosa denunciaba pos-
teriormente: «Te vamos a poner el coño
cuadrado», me dijeron los guardias ci-
viles cuando estaba detenida en el cuar-
tel. Me hicieron pasar por un pasillo de
guardias donde me dieron unas cuantas
tortas. A otras amigas las amenazaron
con violarlas, incluso con la porra. Nos
pusieron contra la pared sin movernos,
no nos dejaban mirarlos, nos ponían la
zancadilla. Todo eran humillaciones.
Presumían de ser muy hombres.»
Desde luego que, en este como en
otros muchos casos de este tipo, el mó-
vil fundamental de la tortura es el casti-
go, castigo que reciben las mujeres por
atreverse a luchar, castigo por defender
su vida y su futuro.
No ocurre lo mismo en los casos que
hemos visto de militantes activas de una
47
organización política, en donde además
del castigo se persigue la confesión de
la detenida: la delación de otros com-
pañeros, información sobre la organiza-
ción y que admita su participación en las
acciones que haya realizado su organi-
zación contra la llamada «seguridad del
Estado».
Esto es lo que ha permitido la ley An-
titerrorista y continúa permitiéndolo en
su nueva versión por mucho que nos ha-
blen de su «derogación».
Ana María García Rueda y Rosario
Narváez Ternero, militantes de los GRA-
PO, han sido detenidas estando ya en vi-
gor la nueva ley-que reduce a 5 días el
plazo de detención, pero por sus testi-
monios comprobamos que este «cam-
bio» no ha hecho sino intensificar las se-
siones de tortura.
«...Nada más llegar —decía Ana Ma-
ría García en una denuncia que hizo
pública— a golpes de puñetazos me des-
nudaron completamente y me pasaron
a una habitación donde me esperaban
cuatro energúmenos de la brigada de in-
formación que se me echaron encima
dándome golpes y puñetazos en el estó-
mago y en todo el cuerpo. Así estuvie-
ron durante horas... Como yo ya tenía
el cuerpo amoratado paraban de vez en
cuando para darme pomadas que me
fueron quitando las marcas. (...) Así me
tuvieron durante cuatro días seguidos,
sin duda en un ensayo de lo que será la
«nueva aplicación de la ley Antiterroris-
ta». Hasta el último momento, horas an-
tes de pasar a la Audiencia Nacional, es-
tuvo Ana María recibiendo golpes y pa-
lizas.
La policía amenaza con
torturar a los hijos
Igual experiencia vivió en agosto pa-
sado Rosario Narváez, que en los 5 días
que estuvo en manos de la policía sufrió'
varias sesiones de «quirófano» que
acompañaban con golpes, tirones de pe-
lo, puñetazos en el abdomen y en la ca-
ra, además de amenazas constentes con
sus armas o de secuestrar a su hija, de
apenas año y medio, para obligarla a ha-
blar. El chantaje con los hijos, la ame- -
naza de llevarles a que presencien cómo
torturan a su madre, es práctica también
antigua que no ha desaparecido con el
tiempo.
Ahora, cuando los conflictos sociales
menudean, y la lucha política se enco-
na, la práctica de la tortura no puede
menos que extenderse y las mujeres se-
guirán sufriendo sus consecuencias, al
igual que los hombres, en la medida en
que opten por jugar un papel determi-
nante y comprometido con la lucha que
habrá de liberar al pueblo de todas es-
tas lacras y de los problemas profundos
que las alimentan.
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El papel de la prensa, radio y televisión
AGREDIR POR TODOS
LOS MEDIOS
Cada vez más a menudo, los malos tratos están apareciendo en
ln todos los medios de comunicación; desde la radio a la prensa,
pasando por la televisión, se están haciendo eco de este
problema que, hasta no hace mucho, no pasaba de la categoría
de crónica negra, del puro y simple sensacionalismo informativo
con el que llenar la morbosidad.
Hoy ya no, hoy existe toda una avalancha informativa al
respecto. Por fin —parece que nos vienen a decir— se está
superando el tabú que ha envuelto siempre a unas vidas
apaleadas (las de las mujeres, por supuesto) y que terminaban en
callejones oscuros o tras el hermetismo de una puerta que ¡vaya
usted a saber lo que ocultaba!, aunque cualquiera, al final,
OS actuales medios de comuni-
. cación parecen decididos a te-
ner como lema la claridad y la
preocupación por los problemas socia-
les a la hora de llevar a cabo su labor
informativa, hasta en los más escabro-
sos (¡imperativos de la «democracia»!).
Por eso, no resulta extraño ver ríos de
minuciosa y detallada información so-
bre hechos como el juicio contra Ascen-
sión Martínez, la mujer del que se ha da-
imaginaba todo y más.
Qué duda cabe que los medios de co-
municación juegan un papel fundamen-
tal en la conciencia social y en las for-
mas del comportamiento humano. Pe-
ro su «preocupación» no deja de ser de-
magogia, pura fachada que se viene aba-
jo sólo con profundizar un poco en los
mensajes que nos transmiten al volver
la página, en el intermedio de una pelí-
cula o en el mismo programa o artículo
que, aparentemente, rezuma progresis-
Anuncios, películas, canciones,
reproducen las mismas agresiones
contra las mujeres
do en llamar «caso Ondara» o a la más
exhaustiva información sobre los pasos
y medidas que se están tomando desde
las Instituciones para ir solucionando
este problema (policías mujeres que
acompañan a las mujeres al forense,
campañas de información audiovisual,
etcétera). Pasos en los que, por supues-
to, ellos manifiestan estar influyendo.
Editoriales como el de El País del
9-10-87, dicen mucho sobre esta nueva
forma de actuación: ¡«La violada heroi-
ca», sugestivo título para un artículo en
el que se rompe una lanza a favor de la
mujer!
mo en cada una de sus palabras. Sus
buenas intenciones y la posibilidad de ,
ese paulatino cambio social con respec-
to a los malos tratos, sólo serían creíbles
si todos estos medios no estuviesen com-
prometidos con un sistema social, eco-
nómico y pol tico, interesado en perpe-
tuarlos.
Degradación y lucro
Anuncios, películas, canciones, repro-
ducen las mismas agresiones contra las
mujeres, que momentos antes decían
condenar, y perpetúan los mismos pa-
peles que nos han otorgado desde hace
48
siglos: o ama de casa u objeto sexual,
o las dos cosas al mismo tiempo.
Centrémonos en la publicidad, el mé-
todo en el que de forma más clara se
combina y concretiza —y no por casua-
lidad— la reproducción de las agresio-
nes a las mujeres. La doble función de
este método (económico en cuanto al
afán de vender y transmisor de ideolo-
gía) crea una mezcla intoxicadora tan
fuerte y tan compleja que no deja títere
con cabeza en cuanto a la integridad fí-
sica, intelectual y moral de las mujeres. .
Los anuncios son un auténtico cóctel
de mujeres adorno-seductoras-incapaci-
tadas-consumistas-reproductoras de
ideología-ama de casa; mujeres objeto
que es de lo que se trata, preparadas y
dispuestas a ser forzadas, para lo bue-
no o para lo malo, en la calle o en su
casa, por su marido, su jefe o un desco-
nocido.
Un forzamiento que lleva a obligarte
a comprar un detergente que, ni quieres
ni necesitas; a mantenerte en la esfera del
hogar como si fuera el séptimo cielo, pe-
ro con horno de microondas y suelos
brillantes como espejos; a cuidar el en-
canto ersonal con dietas y cremas mila-
grosas y con ropa interior incitante. En
este caso, se nos está presentando, a se-
res que viven en constante inseguridad
y dependencia, sin capacidad de deci- '
sión propia y sin más metas que las de
encontrar a ese hombre «maravilloso»
que les proteja de todos los males que
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Covia frgtós
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Agredir por todos los medios
INO MODELO
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les rodean y que, por ellas mismas, no
están preparadas para afrontar.
Para el caso de aquellas que no están
recluidas entre las cuatro paredes del ho-
gar, la posibilidad tiene también sus es-
tereotipos; se ofrecen imágenes de mu-
jeres de apariencia misteriosa, incitado-
ra, que parecen estar pidiendo a gritos
ser utilizadas sexualmente por un hom-
bre, estereotipado en los mismos anun-
cios como atractivo, impetuoso, fuerte,
que utiliza tabaco, bebidas, perfumes y
mujeres bellas. Pero aún hay más. Cons-
tentemente, se ve en los anuncios cómo
una copa, un reloj, una botella de co-
ñac, un automóvil, adquieren la catego-
ría de objetos seductores cuando los re-
fuerza el roce del cuerpo de una mujer
(unos labios, una mirada, unas manos).
_ La carga ideológica que todo esto m-
plica, junto con situaciones de agresio-
nes cotidianas que se manifiestan a la
hora de la exposición publicitaria, son
la más clara muestra de esawelación de
mujer-objeto que nos tragamos a todas
horas y que inciden tan subrepticia y pe-
ligrosamente en las formas de gompor-
tamiento a seguir, incluso ya desde pe-
queñas. .
Los anuncios en los que las niñas acu-
nan a unos bebés-niños, provocando la
envidia de su vecina con un «alucina»,
o los juegos de mil colores para pintar-
se la cara, son las formas incipientes (el
lema de prevención dice que cuanto an-
tes mejor) para que ninguna se salga de
ese papel tan aberrante y autodestruc-
tor que habrá de cumplir después. El te-
rreno para ser maltratada por el mari-
DE
'
)
Lik A 4
do, o violada en el trabajo, en la calle
o en su propia casa, está abonado.
Por supuesto, la publicidad no es la
única forma de agredir y de introducir
SURTIOR DE SANGRE
una ideologia que permite la agresión y
los malos tratos; están las revistas del
«corazón», con sus historias de prince-
sas de toda la vida y, junto a éstas, las
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de las más humildes que hoy se codean
con ellas y son ¡baronesas! (¿por qué tú
no?), o sus competidoras más modernas:
ELLE, Dunia, Mucho Más, Mía, que
transforman este mensaje decadente en
otro no menos reaccionario. Revistas
modernas para mujeres preparadas, ac-
tivas, emprendedoras, en las que, final-
mente, sus aspiraciones terminan resu-
midas en test con preguntas como: «¿Es-
tarías dispuesta a cualquier cosa con tal
de agradar a tu pareja?»
Entrando en Otros campos, por asi de-
cir, más culturales: el cine, la literatura,
las cancione$, nos encontramos con la
misma degradación del sistema de valo-
res. El ejemplo más tristemente palpa-
ble son las películas «porno», esa ma-
nifestación de lá degeneración que su-
puso el boom de la apertura en este país.
A través de ellas, lo único que se fomen-
ta son las violaciones al inducir al hom-
bre a reproducir lo que acaba de ver.
Más miga tienen, por lo encubierto, esos
otros telefilmes «normales». La bofeta-
da que Glen Ford propinó a Rita Hay-
worth en «Gilda» y que marcó todo un
hito en la historia del celuloide y de los
malos tratos hacia la mujer, hoy ya na-
da tiene de excepcional ni de extraordi-
nario. Las películas que, a diario, pasan
por TV o que se exponen en los cines,
contienen agresiones mucho peores y
reiterativas; películas, además, destina-
das a públicos de todas las edades y con-
“diciones para que ninguno pueda esca-
par de esta influencia,
Y vayamos a las canciones, que en este
tipo de manifestación cultural, también
las formas han ido adaptándose a los
tiempos que corren y a las nuevas gene-
raciones. Así, mientras los más talludi-
tos siguen embelesándose con aquel
«Siempre a la verita tuya hasta que de
pena muera» los más jóvenes tienen ma-
chacadas las neuronas a ritmo de rock
con cosas como «nena, estabas buena...
aquel muslito tan sexy me llevó derecho
al altar», o «voy a asesinarte nena».
El doble juego
Puede haber —seguro que los hay—
otros métodos, además de los expuestos,
pero todos seguirán llevando al mismo
unto: a un círculo que, además de vicio-
so, es asfixiante.
Ante eso, las noticias y la información
que últimamente está apareciendo, con
toda su carga de buenas intenciones, al
menos en apariencia, difícilmente pue-
de hacer de contrapeso en la balanza.
Hay quien dirá que por algo se em-
pieza. Por supuesto, más vale poco que
nada. Sin embargo, el asunto se vuelve
a poner escabroso cuando ese «poco»
no resiste la prueba de un análisis míni-
mamente detenido.
El estilo informativo con que se tra-
tan las agresiones a las mujeres, peca de
una ambigiiedad bastante sospechosa;
mucho más, teniendo en cuenta que la
ambigiiedad en los malos tratos sólo
puede contribuir a lavarse la cara frente
a unos hechos bárbaros y estremecedo-
res. Y los medios de comunicación no
van a permitir que se ponga en duda su
«civilización».
Así, se va dando una de cal, constan-
tando los hechos «tal y como ocurrie-
ron» (¿la transparencia informativa?);
las de arena que las hay y muchas, se
irán plasmando entre medias de esa
«constatación fidedigna». Se añaden
datos, como el que no quiere la cosa so-
bre la moral de la mujer agredida (los
agravantes de nocturnidad o el que la
mujer mantenga relaciones «oscuras»
son, sin duda, hechos de gran valor pe-
riodístico que ayudan a esclarecer la ver-
dad y a contribuir al compromiso so-
cial); se concluyen los asesinatos de mu-
jeres con un «habían reñido», dejando
al lector con la sensación de una igual-
dad de oportunidades en el enfrenta-
miento y, por lo mismo, con la impre-
sión de que los cientos de casos de mu-
jeres que son asesinadas al año, son con-
secuencia de un simple «le tocó a ella»;
o se induce al lector confiado a mirar
los hechos de forma benevolente, sim-
plemente con colocarle un tYtulo que re-
ce «crimen pasional». ¿Y quién no ex-
culpa o justifica a un marido, novio o
compañero celoso?
La profesionalidad y el arte que tie-
51
nen para darle la vuelta a la tortilla es
asombrosa. Aún no está muy lejano, por
ejemplo, el juicio (octubre de 1987) con-
tra una red de prostitución de menores
en Valencia. Un juicio difícil de olvidar,
sobre todo por el boom publicitario que
los medios de comunicación se encarga-
ron de darle. Ha ocupado páginas y pá-
ginas de periódicos, ha sido transmiti-
do por la TV y, a cualquier hora que pu-
sieras la radio, ahí te lo encontrabas. Pa-
recía todo un lavado de conciencia so-
cial ante unos hechos aberrantes, aun-
que no únicos ni infrecuentes, que no se
podían permitir. Y, como palaines del
honor perdido, se lanzaron con furia al
ataque. A la postre, y una vez desinfla-
do el globo, las únicas que han salido
mal paradas han sido las mismas jóve-
nes maltratadas y obligadas a prostituir-
se. ¿Cabía esperarse otra cosa?
Queda así servido el doble juego de
estos medios y de estos periodistas «pro-
gresistas» que tan pronto escriben edi-
toriales a favor de la mujer como nove-
las (véase «La Rusa» de J.L. Cebrián)
en las que sus protagonistas femeninas
reaccionan visceralmente. Y lo seguirán
sirviendo, cada vez con mayor intensi-
dad con la esperanza de que el ciudada-
no/a incautos continúen tragándose la
"pildora de que se está haciendo algo pa-
ra acabar con esa lacra que son las agre-
siones hacia las mujeres. Tras tanto es-
fuerzo, es fácil sobreentender —aunque
ellos no lo digan— que las única respon-
sables de su situación serán las mujeres
que sigan siendo maltratadas y violadas.
Y todos tan contentos.
Rosa Alvarez
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215 páginas 150 páginas
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Dentro Y fuera: 4
La fuga de la cárce Resistencia 4
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e páginas P j
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vivimo
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| 400 pesetas
.500 a 1.500
ejemplares lorqpleres
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La mujer en el
camino de su
emancipación
o poética
de la Resistencia