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Revistas y Libros

Área Crítica Nº 29

Diciembre 1988 · Texto leído automáticamente de los escaneos: puede tener errores. Para verlo tal cual, ábrelo en el lector.

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EME

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editorial En una sociedad machista como la que vivi- r o debil mos, la división de sexos va más allá de dife- renciar lo masculino y lo femenino. La división ps por sexos sirve al hombre para dominar, controlar, castigar y, si llega el caso, violar o matar a la mujer, casi siempre a «su» mujer. Desde la infan- cia, el niño asume «como natural» su superioridad sobre la niña, basándo- se en tres «principios fundamentales»: «Eres una niña», «Las niñas son ton- tas» y «Las niñas son débiles». La educación en colegios mixtos ha resuelto poco o nada esta situación porque niños y niñas siguen viviendo en familias donde se asienta la dominación machista. La familia española, cuanto más cristiana y unida, se asienta en la do- minación violenta del hombre sobre la mujer. La desobediencia, la insumi- sión o la simple rebeldía de la mujer casada es castigada con el catigo pater- no, de palabra o de obra, que puede llegar hasta la violencia más directa ante la pasividad social, las más de las veces, de vecinos, familiares, ami- gos, policía, justicia y el propio gobierno. Muy pocas mujeres españolas han conseguido romper la autoridad del macho —en ocasiones a costa de su propia vida— consiguiendo una inde- pendencia económica y el respeto mutuo. Contra lo que se pudiera pensar, los casos de malos tratos en la familia contra la mujer o las hijas, no sólo no han disminuido sensiblemente en los últimos años, sino que en muchos casos se ha hecho más dramático. Atada con la dura cadena de ser «esposa y madre», la mujer española ofrece un cuadro patético del que sólo puede escapar luchando para acabar cuanto antes con el sistema político, social y cultural que le impide ser libre. Desde luego en el capitalismo, sin trabajo, bajo una cultura americanizada que presenta a la mujer como un producto comercial más, no tiene salva- ción. Hay un feminismo dulce, burgués, que se conforma con la liberación sexual y el derecho al aborto, y hay un feminismo revolucionario, que quie- re liberar a la mujer para que ningún hombre vuelva a tratarla mal... sin llevarse su merecido. Director: ALFREDO GRIMALDOS JORDI ABALLA, EDUARDO Correspondencia y suscripción a: APARTADO DE CORREOS 18.085 - 28080 Madrid Redacción en Barcelona: Apartado 2159 [ooo Barcelona Redactores y colaboradores: | | ALBALADEJO, FERMIN AN- GULO, ANGEL BUSTOS, IG- “NACIO CALVO, CARLOS CA- SADO, MIGUEL CASTELLS, E. CASTRO, VICENTE CESPE- DOSA, JESUS VICENTE CHA- MORRO, NICOLAS DELGA- DO, AGUSTIN FLORES, JOSE D. GONZALEZ, ABELARDO GUIL, MERCEDES HERRANZ, T. LARRAURI, GUADALUPE NUNEZ, JON I. ODRIOZOLA, JOAQUIN M. PUJALS, CAR- LOS RODRIGUEZ, PEDRO A. SAMBLAS, JOSE M.? SAN- CHEZ CASAS, PACO SOTO, J.A. TEJIJELO, FLOR VALEN- CIA. Edita: AREA, S.A. ! Teléf.: 449 21 00 l Imprime: GRAFICAS 82, S.A. Dep. Legal: M-18887-1983

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Escena de la detención de un violador en Francia. Las agresiones a la mujer aumentan en todos los países. Discriminación que sufre la mujer + Montse Escobar: «No es sufiente S [| J MARIO enel tombajo: «e 229 ena eso emojero pág. 18 con modificar las leyes, habría que * Asunción Coronado: cambiar la conciencia social» .... pág. 36 E Caperucita ROja» ..ooooooooo.o.o> pág. 20 + Es mentira, no somos iguales... pág. 37 AREA CRITICA N.* 29 » Secretaria de la General' Motors: a Con la unidad dela familia hemos! DICIEMBRE 1988 «Fui objeto de una vejación como topado .. -- pág. 38 mujer y como trabajadora» ..... pág. 22 0 'n ] Ñ ñ * Algunos casos de «humanidad» j > + Gloria Martín: «Todo el mundo lo diia... ooo... pág. 39 Ca ítulo I sabe, pero pocas personas lo de- si Ñ que Pp NECIO e. conil ms as ce pág. 24 * Ante la policía pág. 40 » Malos tratos en familia ......... pág. 4 >? Pilar Escario: El miedo alescándalo pág. 24 * Con la «autoridad» en casa ..... + pág. 42 + Angelina Burios: «La violencia con- tra la mujer responde a un atavis- sr . MO PIOTUMAO vd micianere y pág. 10 Capítulo mn Capítulo NA * Casas refugio: una salida mo- y mentánea pág. 12 + La violación, el crimen machista . ág. 27 a a Áti 6 A e La institución familiar cprime a la 1 * Quién y por qué mataron a Ana ES * Eaviolencia política contrala mier 1 pág: 44 mujer ... pág. 14 Lirola ..oocoocccococcnccccoo pág. 34 E Capítulo VI Capítulo II Capítulo IV , . + El papel de la prensa, radio y tele- * Abusos sexuales en el trabajo ... pág. 16 + La justicia y otras soluciones .... pág. 36 visión: Agredir por todos los medios pág. 48

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Un millón de españolas no aguantan a sus maridos Malos tratos en familia En todos los ámbitos y esferas sociales, las mujeres están siendo maltratadas, pero está demostrado que es en la familia donde este problema se agudiza. Ñ Las estadísticas oficiales hablan de 17.057 denuncias de mujeres , por malos tratos recibidos por su marido o compañero en 1986. Esta cifra es muy baja sobre todo si tenemos en cuenta que el número de mujeres que presentan denuncias es minoritario. Sin embargo esta cifra por sí misma pone de manifiesto que las agresiones físicas, psíquicas y las violaciones dentro del matrimonio son el pan de cada día en muchos hogares. Agresiones o malos tratos que, unas veces, se producen por separado (la misma estadística indica que el total de agresiones físicas ha sido de 6.880 y que en 3.183 casos más se han dado sólo agresiones psíquicas); en otros 6.363 las dos formas de agresiones se han producido al mismo tiempo. Un marido esquizofrénico M.* Soledad, barcelonesa de 30 años, recu- rrió como cosa inusual a la Casa Refugio (CIUD) acompañada de su padre y traía consi- go a su hijo pequeño. La gravedad del caso y la impotencia para resolverlo en esta familia eran dos notas fundamentales. La impotencia se daba por ser el marido de Soledad un enfer- mo mental muy variable y peligroso. La vecin- dad de las familias hacía difícil que los padres de Soledad la pudieran esconder. La violencia comenzó al año de casarse, al principio fueron psicológicas y sobre todo centrada en el ámbi- to de lo sexual. El comportamiento sexual no era normal desde el principio, pero cada vez se deterioraba más. Las agresiones sexuales eran habituales. Las penetraciones anales y cuando estaba dormida Soledad eran frecuentes; pero las agresiones más violentas comenzaron cuando el marido la ata- ba a la cama por los pies y la adormecía con éter para mantener relaciones sexuales. El mie- do y las «pocas huellas físicas» hacían difícil la credibilidad del relato de Soledad. Al tiempo también vinieron las agresiones físicas, los he- matomas, etc. La relación con los niños era muy dura ya que no los soportaba, desde pequeños le molestaba que llorasen y les tapaba la boca. Al marido posteriormente, tras un estudio psiquiátrico, les han diagnosticado esquizofre- nia-paranoica. Ella al salir de casa sólo pudo sacar al niño pequeño. OY, cuando estamos en el um- HA bral de un nuevo siglo, cuando vivimos en una sociedad mar- cada por el progreso, puede que suenen muy lejanas aquellas sociedades (escla- vista y feudal) en las que las mujeres eran maltratadas de forma consentida al no existir en ellas ninguna ley que las protegiera, ninguna ley que recogiera sus derechos, salvo el de la obediencia incondicional a sus maridos. Incluso, puede parecer lejana la tan conocida etapa franquista donde la mujer podía ser maltratada de palabra o de obra o ser violada por su marido (débito con- yugal) sin que ello constituyera falta o delito ante la ley. Sin embargo, hoy, y a pesar de todos los cambios que se han dado en la le- gislación, a pesar de todos los derechos que, teóricamente, se le ha reconocido a la mujer, los malos tratos siguen sub- sistiendo sólo que adaptados a las con- diciones y a las características de una so- ciedad capitalista como la nuestra. En nuestro país, hoy, cada día, a cada hora, siguen produciéndose cientos de situaciones terribles; sigue habiendo cientos de mujeres golpeadas, insulta- das, menospreciadas por sus maridos. Cientos de mujeres que no podrán de- cir que cualquier tiempo pasado fue peor, porque en sus cuerpos llevarán para siempre las marcas de las graves le- siones que sus maridos les han produ- cido. Esto cuando no han muerto y si- guen muriendo, víctimas de cuchilladas 4 o balazos como lo fue Catalina Rodrí- guez Luna, de 44 años, que moría en Madrid el 8 de septiembre de 1987 por un tiro en la cabeza efectuado por su marido, Rafael Ruiz. Preponderancia y sumisión No es una casualidad que sea preci- samente en el ámbito familiar donde las mujeres están siendo sometidas a ma- yor número de vejaciones y malos tra- tos ya que hoy se sigue manteniendo la misma estructura familiar que hace cientos de años. En nuestra sociedad, la división de papeles entre el hombre y la mujer dentro de la familia no ha pasa- do a ser una reliquia a pesar del reco- nocimiento que en las leyes se hace de los derechos de la mujer como persona. Una división de papeles que sigue dan- do al hombre una preponderancia eco- nómica sobre la mujer, sujeta a ese sueldo del marido y sometida, por tan- to a ese «aquí mando yo porque soy el que lo gano». Por otra parte, esta división de pape- les dentro de la familia y que les viene impuesta a los dos sexos por la educa- ción recibida, hace que las relaciones personales que se establecen en el ám- bito familiar, sean igualmente opresi- vas. Lejos de responder a una igualdad y colaboración mutuas, son el resulta-

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Cientos de mujeres siguen siendo menospreciadas, insultadas e incluso golpeadas por sus maridos. do del ejercicio de la autoridad mascu- lina que, en numerosas ocasiones y como nos demuestran las estadísticas son realmente vejatorias y humillantes. En cuanto a la mujer la educación ac- túa a la inversa, enseñándola a aceptar la sumisión y la dependencia como algo característico de su ser. Partir de aquí, es una necesidad sin la cual no se podría entender que a es- tas alturas del desarrollo social, los ma- los tratos a la mujer dentro de la fami- lia se produzcan en todos los estratos sociales, incluidos aquellos en los que la mujer tiene un grado de cualificación profesional y una independencia econó- mica pero donde las trabas ideológicas tienen un peso específico tan fuerte que tampoco escapan a todo tipo de veja- ciones. Sin embargo, las estadísticas demues- tran que el tanto por ciento de malos tratos en la familia, aumenta en la me- dida que se va descendiendo en el esca- lafón social. Cientos de brutalidades —en muchos casos aberrantes—, cien- tos de casos verdaderamente sobrecoge- dores, ocurren entre las cuatro paredes de los hogares más humildes y se dan, precisamente, entre las parejas cuya unión, lejos de estar fundada sobre in- tereses económicos (¿dónde está el ca- pital que aporta un obrero, hombre o mujer al matrimonio?) se ha estableci- do sobre la base del amor entre ambos. ¡Extraña contradicción en la que el amor da paso a la triste y extendida sen- tencia de: «la maté porque era mía»! Solucionarla sería imposible sin tener en Cuenta el objetivo que tiene estable- 5 cido la familia dentro de una sociedad clasista; esa división de papeles, esa pre- ponderancia económica e ideológica de un sexo sobre otro otorgada desde tiem- pos inmemoriales. Pero también es im- posible salir de este atolladero si no se entra en otra serie de consideraciones o causas cotidianas, generadas por la so- ciedad capitalista, que favorecen sin lu- gar a dudas esta realidad y que contri- buyen a agudizar la opresión de la mujer en la familia, y en concreto, a que se produzca un aumento de malos tratos hacia ella. Causas, por otro lado, distintas para el hombre y la mujer como correspon- de a la división de papeles otorgados a cada uno socialmente. En Cataluña, Euskadi y Madrid, el índice de separaciones o fugas por

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Malos tratos en familia «agresiones psíquicas» supera el veinte por ciento, según las organizaciones fe- ministas y los centros dependientes de las Consejerías de Trabajo y Bienestar Social. Tan sólo en 1984 se registraron en España más de ciento noventa mil so- licitudes de separación y un millón de consultas de mujeres que sufrían una convivencia insostenible y no soporta- ban al marido. Pero curiosamente, la agresión psíquica no conduce tanto a la ruptura de la pareja como la física, aun ' siendo a veces mucho más dura. «Por no llegar a una ruptura que mi formación religiosa me impedía, pasé doce años soportando la brutalidad de mi marido», afirma Pepa Centoya, de la Asociación de Mujeres Separadas de San Sebastián. «A los treinta y cuatro años, mi marido era impotente por cul- pa del alcohol. Al final eso le mató. Pero para él la responsable de sus fra- casos sexuales era yo, y esto era su excusa para aniquilarme, aplastarme y humillarme ante los demás. Llegué a creerme una mujer inútil, incapaz de vi- vir en pareja, tener hijos y educarlos. Fueron doce años de angustia increíble y aunque haya recuperado mi libertad cuando me fui de casa, no me ha resuel- to nada ya a mi edad.» Cuando la mujer es joven, la tortura psíquica se sufre en ambientes domés- ticos, donde la figura del padre con una autoridad mal entendida tiene mucho que ver; 1.645 denuncias de chicas en- tre 16 y 25 años se produjeron en Bar- celona, Madrid, Bilbao y Sevilla en 1984. «Llegué a odiar a mi padre. Me fui porque con veinte años consideraba que salir con chicos, ir al cine o de ex- cursión era muy normal, pero mi padre me recibía al volver a casa llamándome puta como calificativa más suave. Y si le replicaba, me llenaba la cara de car- denales», cuenta Alicia B., de Madrid. «Desde los 18 años —afirma Consue- lo R., en Barcelona— trabajo en un des- pacho de día y en un bar de noche, en jornadas interminables, porque mi pa- dre no trabaja y mi familia tenía que subsistir. Lo que hago es honrado, pero mi padre cree que me acuesto con hom- bres y, al final, he tenido que irme de casa.» El colmo de la insensatez nos lo cuenta Pilar C., de Madrid, quien dice que «me separé hace dos años y medio, tras vivir con mi marido otros dos. Sus exhibiciones de superioridad eran inso- portables; para humillarme, me obliga- ba a desnudarme y guardaba la ropa en un armario bajo llave. Me decía que así le gustaba más, porque yo sólo era un cuerpo del que gozar cuando a él le ape- teciera. Pienso que le atenazaban los ce- los, aunque nunca lo reconocía.» La mujer en casa y con la pata quebrada Propagadora de la ideología oficial dentro de la familia, pilar básico de la unidad económica sobre la que se asien- ta la sociedad, reproductora de la fuer- za de trabajo de las sucesivas generacio- nes de trabajadores... ¡Función vital de la mujer! Educada para la sumisión y para aceptar unas veces como lógico, otras con resignación infinita cualquier tipo de atropello y hasta el infierno sal- vaje de insultos, vejaciones, golpes y La realidad de un Después de haberla asesinado, su marido la denunció por abandono de menores IONISIA Corrales Obesso, golpea- << D da, maltratada, amenazada de muerte, con juicio de separación, habiendo intentado inútilmente protección ju- dicial por las amenazas que, con razón, temía se hicieran realidad. Los partes médicos que registraban «erosiones en el cuello y hemato- mas en el pómulo izquierdo», «erosiones en región hipogástrica e infraumbilical», «araña- zos en el cuello, hematomas en la espalda, an- tebrazo derecho y región maxilar superior iz- quierdo», no hicieron temer a los jueces este trágico final. Finalmente, asesinada vilmen- te, con toda premeditación por su marido Joa- quín Frayle Escribano (Exp. n.* 40/81 del Juzgado de Instrucción de Aranjuez). Después de haberla asesinado, su marido la denunció por abandono de menores. Mientras se pudría en medio de un matorral, fue pro- cesada por el Juzgado de Instrucción n.* 12 de Madrid por esta causa. La familia de Dionisia denunció su desapa- rición. La denuncia fue archivada. Hasta que no apareció el cadáver de Dio- nisia en un bosque en «Las Valdequillas» don- de fue conducida por su marido, no se activó la justicia (en este caso las «marcas» estaban claras). En ese lugar, después de haber abusado se- xualmente de ella —con unas tijeras que ha- bía preparado especialmente para ese efec- to— su marido la mató por haber intentado vanamente recuperar su libertad, su dignidad y los pretendidos derechos constitucionales a no «ser sometida a tratos inhumanos y degra- dantes» como garantiza dicha Constitución.

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rturas hacia ella y sus hijos por parte marido o compañero. No se trata, sin embargo, de una dul- cificación innata de su carácter ni de una santidad buscada a base de sufri- mientos y, porlo tanto, de un masoquis- mo generalizado. Existen bases más te- rrenales que hacen de las mujeres de las clases más desposeídas las principales receptoras de los malos tratos. Según una estadística realizada por una Casa Refugio de Madrid sobre 195 mujeres que se vieron obligadas a aban- donar el hogar por las agresiones su- fridas por su marido, el 78 % de ellas carecía por completo de ingresos econó- micos propios. En general, en España, el 70 Wo de las mujeres son amas de casa. Soportar, pues, todo tipo de situaciones denigrantes e infrahumanas, en muchos casos durante bastantes años, no es cuestión fácil, pero sí puede ser una ne- cesidad tan imperiosa como que de ella depende la subsistencia de la mujer y la de sus hijos. Existe, es cierto, otro 22 Y% —según esta estadística—, que cuenta con ingre- sos propios, fruto de un trabajo remu- nerado. En estos casos, la mujer se en- cuentra con un pequeño respiro, pero el sueldo que obtiene es tan pequeño que muchas se ven obligadas también a so- portar los malos tratos. Se quiera o no, guste o no, el traba- jo de la mujer en una sociedad como la nuestra tiene siempre un carácter subsidiario, de complemento para los ingresos de la familia, pero nunca el salario de la mujer —a excepción de niuomentos de crisis económica como los actuales— será el soporte económico principal. Ese papel le corresponde al hombre. Pero aún hay otra causa que influye iwante toda la vida. muerte anunciada Estos hechos ocurrieron el 6 de diciembre de 1980. Tres años después el autor todavía se encontraba en libertad... la justicia es muy lenta.» Extraído del Documento presentado por la Comisión de Investigación de Malos Tratos y 80 Abogadas madrileñas. Diciembre 1983, Dionisia, Consuelo Peris, Delfina Moragas, Arrate Múgica, Teresa de Sau Pau, Ana Cas- tellanos Lara, Pilar Rodríguez... Los casos de mujeres asesinadas por sus maridos posteriormente a la formulación de denuncia o tras el proceso de separación, son más frecuentes y numerosos de lo que se piensa. La desinformación es este sentido es ver- gonzosa. Existe un silencio cómplice con el poco interés que el propio sistema y los me- dios de comunicación muestran hacia ello; sin embargo, entre 1976 y 1983, 83 mujeres mu- rieron a manos de su marido y otras 46 más por su novio o compañero. Otras muchas han seguido su misma suerte en estos últimos años: Isabel García, Dolores Sánchez Sánchez, Hilaria Ramírez en 1986; Consuelo Asensio, Ana M.* P.J., Eulalia Morgado, Antonia Matías Alvarez, Olga Fer- nández, Catalina Rodríguez, Celia Herranz en 1987. ¿Qué mujer maltratada tiene asegurado un final distinto al de todas ellas? Tres años después del crimen el autor todavía se encontraba en libertad

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Malos tratos en familia sobre la mujer de las clases trabajado- ras a la hora de ser receptora del mayor porcentaje de malos tratos. Según las estadísticas antes citadas sobre esas 195 mujeres, destaca el he- cho de la falta abrumadora de una edu- «cación básica y de una preparación mi- nímamente cualificada. Casi las tres cuartas partes de estas mujeres —exac- tamente un 71 Y — sólo tiene estudios primarios a las que hay que añadir otro 2 Y que carecen por completo de estu- dios. Una, ignorancia potenciada El alcance de esta realidad, abarca múltiples aspectos que potencian en unos casos actitudes pasivas por parte de las mujeres ante los malos tratos; en otros, resignación con su destino; y en otros, la impotencia y la rabia conte- nida. Muchas mujeres admiten ser maltra- tadas por sus maridos con una tranqui- lidad que llama la atención, poniendo este hecho a la misma altura que cual- quiera de las actividades cotidianas que realizan en sus hogares. «El hombre es el hombre», «el hombre manda», «que el hombre pegue a su mujer es una for- ma de manifestarle que la quiere», «sí, mi marido me pega pero también es muy cariñoso conmigo». La explicación que otras muchas dan a su situación es hacer responsable al Un marido celoso María, de 19 años, perdió a sus padres sien- do muy pequeña, se crió en un colegio de mon- jas y al salir de allí trabajó en la recogida de manzana y oliva. En esa época conoce a su actual marido, ca- marero, queda embarazada y se casan. El es un muchacho que sufre ataques epilépticos y según María tiene un carácter muy inmaduro y con una fuerte dependencia de su madre. Ella dice que nunca se llevaron bien, uno de los problemas más importantes de la conviven- cia son los celos. No le pega habitualmente pero la amenaza. Agresiones físicas se han produci- do una o dos veces. > Durante el primer año de matrimonio han convivido con la familia del marido fuera de Barcelona, existiendo una relación muy conflic- tiva y de mucho sometimiento por parte de ella. La decisión de separarse surge cuando el es- poso le propone dejar al niño con su madre, y trasladarse ellos a Barcelona para buscar tra- bajo, instalándose temporalmente en la casa de una hermana de ella, minusválida. Es en ese mo- mento cuando recurre a la casa refugio (CIUD) e inicia los trámites de separación. destino; o quedan paralizadas por el te- mor a lo que pueda ocurrir: «a mí me da mucho miedo. Si ahora se pone como un loco, no sé qué pasaría si se me.ocurriera denunciarlo». Indudablemente, el problema y las condiciones de cada mujer maltratada tienen características particulares; pero, globalizando, el oscurantismo y la in- cultura se esconden detrás de todas las causas particulares y externas. Cono- ciendo la sociedad en la que vivimos, en donde la cultura sirve a unos intereses y es impartida a las clases trabajadoras en la medida en que es necesaria para La psicología e El análisis del psicólogo Serafín Mi tín Corral —adscrito a los Juzgados Familia de Bilbao— sobre los malos t tos recoge la función de éstos dentro d la familia, en la reciprocidad matrimo nial, por lo que excluye el concepto dí victima y el de culpable, aunque en l; relación interpersonal de la mujer ll malos tratos le crean una baja autoesti mación, autoinculpación, depresiones demandas continuas de ayuda, etc. Esti consideración de conflicto «entre» «dentro» de los miembros de una fa: La familia gaditana de Maria Amaya Jue desalojada por la policia de su casa. Las mujeres pobres no pueden esperar de la familia más que trabajo y esclavitud. el funcionamiento del sistema económi- co, la ignorancia de la mujer no se pue- de considerar como fortuita. Las mu- jeres de las clases y capas más bajas de la población siempre han estado some- tidas a una ignorancia potenciada como forma de que sigan cumpliendo el pa- pel que se les otorga, papel totalmente necesario para la supervivencia del sis- tema. La mentalidad atrasada que permite, de forma sutil, la aceptación volunta- ria de los malos tratos en la familia, uni- do a la falta de una mínima formación profesional que les permita hacer fren- te a un futuro menos denigrante con su incorporación a un trabajo, son armas que convierten a la mujer en un blanco fácil y en la receptora de cientos de bru- talidades ejercidas contra ella en su pro- pio hogar. Brutalidades ejercidas por el hombre al que libremente eligió como compañero de su vida que le está hacien- do la vida imposible. 8 Pero al mismo tiempo, es el blanco fácil de una sociedad que utiliza al propio hombre como instrumento para doblegar cualquier atisbo de indepen- dencia, cualquier intento de rebelarse contra el papel ignominioso y degradan- te que la sociedad clasista ha asignado a la mujer para que el sistema siga fun- cionando conforme a los intereses esta- blecidos. La crisis deteriora la convivencia familiar Al preguntar a las mujeres maltrata- das sobre las causas por las que están siendo golpeadas, nos encontramos con una concordancia generalizada sobre hechos como el alcoholismo, la droga- dicción, los celos, los accidentes labo- rales, el paro. Esta comprobado que existe una relación directa entre los ma- los tratos y todos estos factores; unos

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ia las agresiones milía permite explicar porque muchas mujeres soportan malos tratos conti- nuamente. Para Serafín Martín la sepa- ración es una salida viable aunque blo- queda por los problemas económicos y de patrón de familia. «Para la solución definitiva no son suficientes la ejecución de la norma o la ley, Las intervencio- nes que se necesitan no son sólo psiquiá- tricas o educativas, son de otra índole.» Declaraciones a - Punto y Hora (3-5-1985) las mujeres. De hecho, en estos años de crisis, muchas mujeres han ido consta- tando sobre si mismas un cambio anor- mal en su pareja. Hombres que, en un principio, mantenían una relación inclu- so afectiva con su mujer han ido adop- tando una actitud violenta y agresiva como forma de descargar la tensión pro- ducida por cientos de motivos. La tensión de los ritmos de trabajo, cada día más extenuantes que se están imponiendo en las fábricas y centros de trabajo en los que el hombre está obli- gado a un desgaste no sólo físico, sino psicológico, brutal para alimentar las máquinas de los capitalistas, el estar 8 .. ó 10 horas pegados a la cadena de mon- taje, hace que el hombre, ante cualquier Las bodas de los ricos a menudo esconden la corrupción Jamiliar. factores que, a su vez, son consecuen- cia directa de unas condiciones de vida depauperadas, de una falta de recursos económicos y del bajo nivel de educa- ción en el que se ha mantenido siempre a ciertos sectores sociales: los tradicio- nalmente llamados sectores marginados que se han ido concentrando en las zo- nas periféricas de las grandes ciudades industriales. Sin embargo, en los últimos años, en los que la crisis económica ha hecho su aparición y con ella el aumento de to- das las lacras sociales, la depauperación y la miseria se han ido extendiendo a otros sectores de la sociedad en los que el maltrato hacia la mujer no se daba de forma generalizada. Diez millones de personas que viven por debajo del lími- te de subsistencia, más de tres millones de parados reconocidos oficialmente, son cifras alarmantes que ponen rápi- damente alerta sobre ese incremento y extensión de los tratos vejatorios hacia > cosa que no esté «a su gusto» cuando llega a casa, provoque roces, y suscepti- bilidades en cualquiera de sus vertientes. Al mismo tiempo, estos ritmos están produciendo en nuestro país un incre- mento de los accidentes laborales ver- daderamente estremecedor (209.561 en- tre enero y abril de 1987). Este es otro de los hechos que influye en los malos tratos de una forma directa; hombres todavía jóvenes condenados de por vida a una disminución física, imposibilita- dos de desarrollar sus facultades labora- les y de otro tipo. Genera situaciones personales muy graves que deterioran la convivencia familiar hasta límites te- rribles. El paro y el palo que no cesan Por una parte, el paro y las carencias económicas que ello trae consigo es una de las mayores fuentes de grietas en mi- 9 de matrimonios que se enfrentan ante la imposibilidad de mantener a sus hijos y a ellos mismos. Pero el paro trae consigo también otras muchas consecuencias que influ- yen a su vez en esta convivencia fa- miliar. Los médicos lo certifican, las estadis- ticas lo demuestran y los hombres que se encuentran sin trabajo o sobrelos que pende la amenaza lo sienten: el paro mata, el paro aniquila, el paro destru- ye y genera conductas y comportamien- tos anormales. «Cada día pasan por la consulta mé- dica decenas de pacientes con trastor- nos psicosomáticos derivados en su to- talidad de la inestabilidad en el empleo y ante la amenaza de reducción de plan- tilla o cierre definitivo». Las declaracio- nes de los médicos confirman el alar- mante aumento de los malos tratos que se están produciendo en las familias que se encuentran afectadas por esta plaga que crece como la espuma en los últi- mos años. La situación que el paro, o su po- sibilidad cercana, genera y hace que confluyan en cadena todos los factores anteriormente citados: alcoholismo, drogadicción, celos, etc. Se crea así, un círculo vicioso en el que la ansiedad, como problema de conducta más fre- cuente (el 43 Y de los casos), da paso a la irritabilidad, los estados depresivos y la neurosis; un círculo en el que la de- pendencia de las drogas legales e ilega- les alcanza casi al 30 Y de los hombres. Todo ello genera en la familia nuevas tensiones: discusiones, violencia, aumento de culpa. La realidad que plantea un problema Un marido alcohólico Josefa, 30 años, conoció a su marido cuan- do tenía 11 años y a los 17 años, cuando él re- gresó del servicio militar, se casaron, estando embarazada. Comenta que el marido cambió cuando volvió del servicio miltiar. Allí empe- “| z6, parece ser, su adicción al alcohol. Empezó la historia de violencia ya desde el inicio del ma- trimonio, incluso le ha agredido estando emba- razada. La violencia también se extendía a los tres hijos. En 1980 Josefa obtiene la separación legal de su marido. Desde entonces la ayudan sus padres con los que convive en Barcelona. A pesar de la separación ha continuado ace- chándola con amenazas, intimidaciones y agre- siones. Ella comenta que cuando va a buscarla, para evitar alteraciones graves, «cede». Ceder significa irse con él a una pensión, de ahí el úl- timo embarazo hace tres años. Josefa tiene establecidos, con su marido, bar- nizador, unos vínculos muy particulares y ma- nifiesta una actitud ambivalente frente a la se- paración, aunque racionalmente ve que esta situación no puede sostenerse por lo que implica de angustia y desajuste para la vida familiar.

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Malos tratos en familia como el paro, es verdaderamente terri- ble. Un joven parado de Donosti, casa- do, explicaba a la revista Punto y Hora la situación que él mismo estaba vivien- do: «si te casas, tienes ilusión por crear una familia, ves que no puedes, que es imposible; toda la ilusión que tienes se te va cortando y, luego, te sientes inútil a nivel familiar, a nivel de la sociedad, parece que no vales para nada; a nivel de amigos te sientes discriminado y tú mismo te vas encerrando y, al final, se te pasan muchas ideas, el suicidio...» *Casos como éste, se producen a dia- rio a un ritmp vertiginoso en los últimos años en una sociedad en la que la auto- ridad, el padre de familia, está basada en el sueldo; la pérdida de este sustento material implica el desmoronamiento, la autodevaluación de esa autoridad. En- tonces, roces, chispas, susceptibilidades, suspicacias, broncas, golpes, palizas, se convierten en hechos frecuentes. E in- cluso llevan al asesinato de la mujer y al propio suicidio. Pero, además, el paro está generan- do en la familia otras situaciones que entran en clara contradicción con el es- quema de la familia que sigue existien- do en esta sociedad. Mientras el mari- do está parado, la mujer es la que tiene mayores posibilidades de encontrar tra- bajo en el servicio doméstico o en la eco- nomía sumergida. La sensación de ser mantenido por la mujer aumenta los sentimientos de inutilidad, culpa y de- presión. Las tensiones familiares que se van creando, terminan por afectar la vida afectiva-sexual que se va llenando de insatisfacciones, frustraciones que engendran nueva agresividad y que, en un círculo vicioso, genera nueva ten- sión. La familia se va degradando. Es cierto que todos estos problemas y las consecuencias que generan en el hombre, no pueden considerarse como justificaciones a la hora de quitar res- ponsabilidades al ejecutor material de ellos; al contrario, todo hombre que descarga su ira, su impotencia sobre la mujer no deja de estar actuando y comportándose como un verdadero re- presor con lo cual no deja de estar de- gradándose en cada golpe, en cada in- sulto. Sin embargo, los malos tratos hacia la mujer es un problema profundo que nos salpica y nos incumbe a todos como conjunto social y a cada elemento en particular. Todos formamos parte de un engranaje en el que cada cual no sólo actúa siguiendo unas pautas marcadas de antemano por el sistema, sino que so- mos víctimas de todas esas lacras que se van generando. Angelina Burios: La contra la mujer re a un atavismo pr En noviembre de 1977 se celebraron en Barcelona unas jornadas contra los malos tratos hacia la mujer, convocadas por una comisión de Mujeres abogadas de Barcelona. Algunos de los objetivos que se marcaron con estas Jornadas eran lograr una coordinación a nivel estatal de mujeres abogadas y mantener un intercambio con otras compañeras con el fin de profundizar en toda la problemática de los malos tratos que abarca distintos campos, en el trabajo, en la familia, en el grave tema de las violaciones y en lo que supone para la mujer la aplicación de las nuevas técnicas en la reproducción. Uno de los temas que suscitó más interés fue el de los malos tratos en la familia. La abogada Angelina Burios Calcerrada opina que los problemas de la mujer vienen de antiguo y no podrán resolverse más que a largo plazo. ¿Cómo se puede luchar contra los malos tratos? Los malos tratos responden a un atavis- mo profundo del país. En este sentido cree- mos que lo importante es luchar en el plano social, incluso más que en el jurídico. Para nosotras es importante que hombres y mu- jeres se autoconciencien de lo gravísimo que resulta recurrir a la fuerza física o a la su- perioridad física para conseguir algo. Podre- >mos lograr quizá que haya un cambio en la legislación que permita que un señor que pe- gue a la señora se le encierre 15 días en un calabozo. Esto quizás puede ayudar como mínimo a detener el problema. Pero la auténtica solución no creemos que venga de ahí, la solución está en ir a las raíces y po- ner realmente los medios para erradicar las causas de los malos tratos. Esto para mí, desde luego, está completamente ligado, completamente relacionado, no sólo con la evolución de todos sino con la solución de todos esos problemas, el paro, la droga, el 10 alcoholismo, etc., que llevan a las personas a la agresividad. ¿Crees que los malos tratos están condi- cionados por una situación económica de- terminada? No totalmente, en algunas ocasiones pue- de haber algunos que sean de origen pato- lógico. Hay personas que son sádicas en sí y eso ya es una cuestión patológica. Yo creo que hay un abanico donde el factor socio- lógico es muy importante. Las condiciones personales y el paro actualmente están ha- ciendo muchísimo daño; el paro y el no en- contrar empleo, las dos cosas. Yo conozco a chicos de 35 años que nunca han tenido un empleo estable y de 40 años que a lo me- jor lo han encontrado alguna vez. Encuen- tras a personas que vienen al despacho y que sólo han estado eventuales lo cual es una zozobra muy grande. Esto te desestabiliza emocionalmente y es una de las causas muy importantes de los malos tratos. ¿Cómo influye la crisis económica y el pa- ro en la relación de pareja?

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violencia sponde ofundo En muchos casos esta situación está invir- tiendo en cierta medida los papeles en el ma- trimonio. Vamos a ver: la mujer es la que trabaja, la que se está viendo obligada a tra- bajar; como consecuencia el marido se que- da en casa y ante esto el hombre tiene una actitud mucho más histérica, no soporta que la mujer esté trabajando y que él esté para- do, no soporta que la mujer sea la que traiga el dinero ¿por qué? por el machismo, por- que este papel lo tiene el marido en esta sociedad, por eso adopta una actitud histé- rica y exhibe su actitud de fuerza maltratan- do a la mujer. A la hora de enfrentarse a los malos tra- tos ¿crees que la mujer está adquiriendo mayor conciencia? Sí, yo creo que realmente va en alza. Lo que pasa es que aún hay mucho por hacer y sobre todo creo que hay muchas conduc- Las todavía muy pasivas y que realmente con- * viene esta autoconciencia del valor personal, este deseo de la independencia y este ir po- niendo los medios, a pesar de los muchos obstáculos que hay en el exterior para lograr una independencia y una autonomía. Eso es importantísimo, que la mujer consiga su autonomía y creo que el primer beneficiado será el hombre porque se encontrará con una mujer mucho más rica, mucho más compa- ñera a su lado, menos dependiente; sí, creo que eso beneficiaría al hombre y a la mujer. ¿Autonomía económica? No, voy más lejos, autonomía total. Crítica a los planteamientos del Instituto de la Mujer «No llores, denuncia en Comisaría» S E quedan en eso, en lo asistencial, en los parches, en pequeñas medidas correctivas, sin plantearse nada más allá. Su objetivo no es acabar con el sistema patriarcal sino amortiguarlo, limarle las aristas más puntiagu- das, para hacerlo más tragable. Nosotras y ellos nos diferenciamos en todo, en el objetivo que persegui- mos, pero también en las medidas concretas que plantean y como las llevan a cabo. Siguiendo en el ejemplo que nos ocupa (malos tratos, separaciones, viola- ciones) las diferencias son manifiestas. En cuanto a los servicios que deberían poner, es falso que lo estén hacien- do y además, lo poco que hacen es en condiciones precarias. Las Casas-Refugio que existen la actualidad, no son del Instituto de la Mujer, casi ninguna. La mayoría pertenecen a Solidaridad Democrática u or- ganismos institucionales (Ayuntamientos, Diputaciones, Comunidades Autó- nomas). Así, pues, esa idea tan extendida de que ellas han impulsado y creado las Casas-Refugio, tiene bastante de falso. Además, lo que existe en este tema, consiente tenerlo en unas condiciones precarias en cuanto a personal, sueldos, dinero para las mujeres... Queremos decir que ¡ojo al parche! pues el parche que se supone que de- fienden, lo ponen bastante mal, cuando lo hacen. En cuanto a airear o batallar por reformas necesarias en este campo, son incapaces de ir al fondo, se quedan en la superficie como esas mal llamadas «propuestas para la igualdad». No plantean ni exigen medidas imprescindibles, para que una mujer pueda seguir adelante, con autonomía sin tener que estar a expensas del ex marido o compañero durante toda su vida, o viviendo con familiares o personas que no ha elegido libremente, ni muerta de miedo de que la maten en cualquier esquina. Hemos dicho anteriormente, que la Casa-Refugio puede servir en un primer momento para aislarlas y darlas seguridad y confianza en lo que están haciendo, pero en cuanto pasan el mes o meses de estancia ¿qué ocurre?: si- guen sin vivienda propia (si ha habido separación, está esperando las provisio- nales, o que se decidan a desalojar al marido con orden judicial), sin trabajo ni capacitación para obtenerlo. No cobran subsidio de desempleo, no pueden acceder a ningún curso de formación pagado, por no tener un año en el paro, o no se las admite, o si se hace y son menores de 25 años, no cobran más que 10.000 pesetas. Para abordar todo esto, hay que exigir y pelear por otra ley de divorcio, como ha venido diciendo el Movimiento Feminista, gratuito y rá- pido, que no se exijan causas para separarse y que toda mujer pase a ser consi- derada parada, recibiendo prestaciones de desempleo a cargo del Estado. Y hay que pedir viviendas de carácter social, con alquileres bajos y gratuitos, en las que en los baremos y estructuras no se priorice a la Familia Tradicional. No se puede consentir que el Mal Trato no sea delito, y además fuertemen- te Penalizado. Los juicios por malos tratos deben ser rápidos. Hay que im- plantar el Destierro y Declaración de Personas No Gratas, para los que mal- tratan y violan. No se puede tener a la mujer en vilo durante toda su vida, con riesgos constantes. En definitiva, hay una serie de medidas relacionadas con la Ley de Divor- cio, mal trato y violación, así como la exigencia de reciclaje para las mujeres, puestos de trabajos, viviendas..., que el Instituto de la Mujer olvida conscien- temente, para no revolver excesivamente el sistema establecido (y esto teniendo en cuenta que no hacen referencia a su Destrucción, sólo a revolverlo un po- quito). No vamos a entrar en los contenidos de sus campañas (No llores: de- nuncia en la Comisaría..., etc.), porque pensamos que están suficientemente claros y debatidos en el Movimiento Feminista. * Extractos de la ponencia «Algunas reflexiones sobre las Casas-Refugio, el trabajo asistencial, el papel del Instituto de la Mujer y las Tareas del Movi- miento Feminista». .Mujeres de la Coordinadora Feminista de Iruña . 11

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Malos tratos en familia CASAS REFUGIO: «Una salida momentánea» «En el módulo de Rekalde nos reuníamos todos los jueves familiares de alcohólicos; entonces vimos la gran tragedia de que muchas mujeres dormían en la comisaría, otras en la calle, otras Di E mujeres no STA es la experiencia de un gru- E po de mujeres que, ante la nece- sidad apremiante de dar solución al problema de las mujeres maltratadas, se propusieron como objetivo crear una Casa Refugio. Una experiencia que no ha sido la única. En España, a principios de los 80, grupos de mujeres, unas feministas —y teniendo en cuenta la experiencia de otros países europeos—, otras indepen- dientes, afectadas directamente por los malos tratos, toman la iniciativa de con- seguir pisos y locales donde otras mu- jeres que sufrían el problema pudieran Denunciada por haber abortado Tere es una mujer con cuatro hijos y 23 años de edad, que después de haber sido golpeada en multitud de ocasiones por su marido, cau- sándole lesiones graves y habiendo presentado repetidas denuncias un día decide irse de casa tras sufrir una nueva agresión. El marido le de- nuncia por abandono de familia y además por haber abortado. Es llamada al juzgado y poste- riormente detenida y encarcelada durante varios días por el hecho de haber abortado, Después de apoyos por parte del movimiento feminista (manifestaciones, escritos periódicos...) es pues- ta en libertad pero con el consejo del juez de que no seguirá adelante con la denuncia, si vuel- ve a casa. Hay que recalcar que Tere cuando se fue de casa y durante todo su encarcelamiento se en” contraba embarazada. Volvió a casa por miedo y por que no tenía donde meter a sus hijos ni qué darles de comer, aunque diversos estamentos le habían ofrecido ayuda que nunca se hizo efectiva. Cada cierto tiempo Tere vuelve a intentar irse de casa por haber sido golpeada y presentado denuncia, pero hasta la fecha su situación no se ha resuelto. ? en la misma escalera porque el marido las echaba de casa; fuimos viendo la necesidad de poner un piso para que las tuvieran que andar así. Y surgió la idea.» tener un sitio donde acudir, al menos en el primer momento en el que —está de- mostrado— la situación personal y ma- terial es verdaderamente difícil y deses- perada. Los organismos oficiales, en concreto el Instituto de la Mujer, no em- pezará a trabajar sobre este tema hasta 1984. «Hablando con las mujeres nos di- mos cuenta de que la necesidad de acu- dir a alguien de fuera era vital para ellas. La mayoría no podían afrontar el tener que buscar una vivienda y atender sola los gastos que esto supone. Tampoco le era fácil recurrir a la familia, que no suele poder ofrecer protección ya que la violencia de sus maridos les alcanza también y, en cualquier caso, allí tam- bién están localizables. Además, la es- casez de recursos económicos de la fa- milia y la falta de espacio físico hace imposible recoger por mucho tiempo a esas dos, tres o cuatro personas más que representan esas mujeres con sus hijos. Además, a todo esto había que unir- le el alto índice de angustia o depresión en el que se encontraban.» Agobiadas por una situación que se les escapa de las manos, con problemas y carencias graves de todo tipo, habien- do salido de sus casas en unos momen- tos de gran tensión, en los que está en juego su supervivencia o la de sus hijos, las mujeres llegan a las Casas Refugio en busca de soluciones urgentes y de lo más variadas. Desde un lugar para re- sidir y en el que sentirse segura, hasta un apoyo afectivo primario, un lugar donde se las escuche, se las comprenda y se tome en serio su problema; desde asesoramiento jurídico y orientación acerca de cómo resolver los obstáculos y la lentitud de la burocracia judicial hasta apoyo psicológico, que les ayude a esclarecer su situación y les puede ser- vir de soporte para tomar decisiones. También suelen solicitar orientación y ayuda para la realización de trámites y gestiones relativas a los hijos y a sí 12 mismas: escuelas, guarderías, atención médica, Seguridad Social. Pero, sobre todo, solicitan trabajo, vivienda o ayu- da económica, o todas estas cosas, dado que éstos son los soportes imprescin- dibles para el replanteamiento de sus vidas. La mayoría de las mujeres que están organizando este tipo de Centros, coin- ciden en afirmar que las casas refugio no dan ni pueden dar una solución a la problemática de fondo de los malos tra- tos: «No entendemos la casa de muje- res como solución al problema de la vio- lencia contra la mujer, sino como ayuda directa. Es una manera de autoayuda de mujeres para mujeres en el sentido de una crítica práctica a la sociedad que hace necesario las Casas de Mujeres Maltratadas. La meta no es una socie- dad recubierta de casas para mujeres

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«Agobiadas por una situación que se les escupa, salen de sus casas cuando está en juego su supervivencia y la de sus hijos. maltratadas, sino una sociedad en la que no exista la violencia contra las mu- jeres». Pero lo que sí creen es que estas Ca- sas sirven como primera ayuda para la mujer, tratando de cumplir una doble función: una de asesoramiento y apo- ara romper con su denigrante vida familiar. yo, facilitando a la mujer el cómo en- contrar trabajo, dónde hacer formación profesional o desarrollar cursos de edu- cación de adultos, facilitar todos los re- cursos posibles para encontrar vivienda, informar sobre servicios para los hijos e hijas en materia escolar, orientación y apoyo en la realización de trámites y gestiones diversas, asesoramiento jurí- dico, etc.; la otra, de sensibilización y educación. Esta segunda labor, se orien- ta hacia dentro con las propias mujeres afectadas, y hacia fuera en la organiza- ción de campañas dirigidas a la opinión pública a fin de que todos los casos de este tipo se denuncien y la sociedad en general, hombres y mujeres tomen con- ciencia del problema y cooperen en su solución. . Pero a pesar de todos los esfuerzos que las mujeres están poniendo para conseguir estos objetivos, día a día, se tienen que enfrentar a innumerables in- convenientes y trabas; trabas que, so- bre todo, surgen por parte de los Orga- nismos Oficiales, como declaraba un miembro de la Casa Refugio de Sevilla: «la falta de apoyo económico por par- te de las Instituciones nos está llevando a situaciones límites». Situaciones que se traducen en la cada vez mayor dificultad para mantener los pocos centros de este tipo que existen actualmente en el Estado, con relación a las necesidades reales de demanda por parte de las mujeres. 13 Otro aspecto en el que coinciden las mujeres que organizan estas Casas, es el de afirmar que existe una insuficien- cia enorme de este tipo de centros en nuestro país y de la necesidad urgente de seguir abriendo nuevos pisos de aco- gida. Sin embargo, aquí vuelve a surgir de nuevo el obstáculo de las subvencio- nes por parte de los Organismos Oficia- les. «Es muy duro para nosotros el te- ner que decir a una mujer que llega con sus hijos que no podemos acogerla por falta de espacio material; pero ésa es la realidad en múltiples ocasiones. La so- lución estaría en que dispusiéramos de otro piso, al menos eso, que nos dieran el piso; el dinero para mantenerlo ya trataríamos de buscarlo de alguna ma- nera, como hicimos con el que tenemos poniendo puestos en las fiestas y pidien- do ayuda a gente particular.» Pero las trabas no terminan aquí. «Los problemas más graves con los que nos encontramos son: trabajo, vivienda, escolarización, lentitud de los trámites judiciales... a veces, estos condiciona- mientos externos pueden ser práctica- mente insalvables.» En definitiva, tra- tar de proporcionar unas bases mínimas a las mujeres que sufren malos tratos, para que puedan subsistir y llevar una vida independiente sin tener que estar sometidas a los malos tratos de su ma- rido. Victoria Peña

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% Malos tratos en familia En ella, el hombre ejerce su papel represor con más facilidad LA INSTITUCION FAMILIAR OPRIME A LA MUJER «Los malos tratos a mujeres es una de las agresiones más . cotidianas y penosas que ponen en evidencia una sociedad patriareal en la que la mujer es controlada y oprimida mediante una de sus estructuras más consolidadas: la familia; y es en el marco de la familia donde los hombres ejercen su papel de opresor con mayor facilidad, creyéndose con el derecho de realizar todo tipo de agresiones, tanto físicas como psíquicas, pero en el seno de la familia no se agrede únicamente a la mujer adulta, casada, sino que las agresiones se ejercen desde la infancia y adquieren un grado importante en la adolescencia», según las conclusiones de las Jornadas celebradas en Iruña (Pamplona) en UANDO analizamos el papel de la '0 familia como institución opreso- ra de la mujer, acostumbramos a olvidarnos de la mujer joven, y como manifestó una de ellas en las Jornadas: «son tan importantes y cotidianas como las agresiones en la calle, aunque más sutiles y se apoyan en unas reglas socia- les ilegales, supuestamente dirigidas a una ““buena educación” como persona y mujer; en definitiva, van dirigidas a que cada una de nosotras seamos las mujeres perfectas de esta sociedad, es decir, esposas y madres dóciles y sumi- sas». Es obvio, que para que desaparez- can los malos tratos es necesario que desaparezcan las causas que están favo- reciendo la opresión de la mujer, pero la denuncia pública ilegal de los malos tratos y la reivindicación de los servicios necesarios para las mujeres maltratadas (Centros de Información y de Urgencia, Casas Refugio...) son imprescindibles para aquellas mujeres que deciden aca- bar con las agresiones constantes en el seno de la familia. Estos servicios son imprescindibles porque, como sabemos, la mayoría de las mujeres dependen eco- nómicamente del hombre y no poseen una formación profesional que le per- mita acceder con mayor facilidad a un puesto de trabajo (situación que está agravada por el elevado índice de paro que actualmente existe y que afecta al conjunto de la población, pero en ma- yor grado a las mujeres). El paro y el alcoholismo son dos cau- sas importantes del maltrato. En Anda- lucía, Madrid y Euskadi, los hombres bebedores que fustigan a las mujeres enero de 1985. son el ochenta por ciento. En Catalu- ña, casi el setenta. El consumo de dro- gas también influye, sobre todo en Eus- kadi. Además del maltrato, las mujeres su- fren poca atención de policía y jueces. «Es difícil denunciar a tu marido en comisaría cuando piensas que quizá el policía que te escucha hace igual con su mujer», dicen. «Los jueces suelen partir del principio de que cuando el marido se enfada, será por algo, y sólo si la evidencia es indiscutible nos dan la razón», acusan. «Los trámites de se- paración suelen durar demasiado», se quejan... S Las agresiones fisicas contra mujeres no tienen un origen social determinado, aunque las encuestas revelan un porcen- taje mayor de sádicos con nivel socioe- conómico medio o bajo. En la clase alta también se practica la violencia hasta límites impensables. Rosa Viqueira, es- posa del director general de la Seguri- dad Social de la Xunta de Galicia, Ge- rardo Gayoso, resultó con cataratas producidas por las palizas de su marido, en marzo de 1984. Rosa ya había denun- ciado a su esposo numerosas veces. En Barcelona, un médico apaleaba frecuen- temente a su mujer hasta dejarla incons- ciente. Ni siquiera la presencia de uno de sus hijos, también médico, pudo evi- tar una de esas terribles palizas, y cuan- do quiso intervenir fue amenazado por su padre, pistola en mano, quien le obli- gó a abandonar la vivienda. Y en Ma- drid, un abogado amenazó a su esposa con partirle una pierna por tres partes si denunciaba los malos tratos que reci- 14 bía. La mujer, Cristina G., 42 años, no se aguantó y en enero de 1985 denun- ció al abogado. Al día siguiente ingre- saba Cristina en un hospital con la pier- na izquierda partida por dos sitios. También entre el estamento militar y los cuerpos policiales abundan las inti- midaciones y malos tratos: «cuando el hombre tiene un arma, la situación se agrava», afirman expertas de la Conse- jería de Trabajo y Bienestar Social de Madrid. «Aquí han llegado mujeres ate- rrorizadas porque sus maridos, milita- res, policías o guardias civiles, dejan sus pistolas en sitios bien visibles para que todos sepan qué tienen que hacer. Uno de ellos dio una paliza de muerte a su esposa, la arrastró hasta donde estaban sus hijos y les gritó que haría lo mismo con ellos si no le obedecían.» «Tampoco podemos olvidar la inse- guridad que le produce a una mujer el abandono del seno de la familia, por lo que es imprescindible la solidaridad del resto de las mujeres», continúan las conclusiones de las Jornadas sobre la Mujer, celebradas en Iruña. Las casas para mujeres maltratadas las entendemos como pisos a los que pueden acudir las mujeres con sus hijos e hijas durante el tiempo que lo necesi- ten, es decir, hasta que consigan una in- dependencia económica y las fuerzas su- ficientes para «montarse de nuevo la vida». Deben estar totalmente subven- cionadas por la Administración, pues como ya hemos dicho anteriormente, las entendemos como un servicio a las mu- jeres; la subvención tendrá que cubrir los gastos de adecuación de las casas y las necesidades de las mujeres; en cuan- to al personal, es imprescindible que sean mujeres feministas, ya que la fun- ción de las «Casas Refugio» debe ser que las mujeres consigan los elementos necesarios para enfrentarse a una socie- dad patriarcal, ya que cuando salgan de las «Casas» continuarán constantemen- te sufriendo agresiones. Han de ser las mujeres las que aseguren un buen fun- cionamiento, recibiendo la ayuda nece- saria de las mujeres que trabajen en ellas, como contacto con abogados, psi- cólogos, colegios más cercanos para sus hijos e hijas, posibles salidas laborales...

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Algunas «Casas Refugio» gestiona- das y controladas por la Administración o entidades privadas, ponen claramente en evidencia que su objetivo fundamen- tal es dar a la mujer una «ayuda psico- lógica» para que vuelvan con sus ma- ridos. Como último punto, otra tarea im- portante es el coRtrol por parte de los grupos de mujeres teniendo acceso a las casas. siempre que creamos conveniente para conectar con las mujeres y asegu- rar que las casas están cumpliendo las funciones que nosotras reivindicamos. La creación de Casas Refugio para mu- jeres maltratadas debe de ir acompaña- da de otras medidas que son igualmente importantes como el subsidio de em- pleo indefinido para las mujeres para- das que decidan separarse, ya que la in- dependencia económica es un elemento imprescindible para poder tomar deci- siones como la separación; planes espe- ciales de formación profesional y de em- pleo para que esas mujeres en el menor tiempo posible puedan incorporarse al mundo del trabajo, preferencia especial para que estas mujeres puedan conse- guir pisos subvencionados y posibles de mantener según los ingresos económi- cos y escolarización inmediata de los hi- jos e hijas en un colegio público, cerca- no a la casa de mujeres maltratadas. La dependencia económica, factor primordial En la memoria de las actividades del Centro de ALECRIN (Vigo) desde el 14 de abril al 31 de diciembre de 1986, se observaron las siguientes cues- tiones: Atendiendo al marco social, las características más genéricas de las mu- jeres que han acudido al centro son: nivel cultural bajo, recursos propios nulos o muy limitados y dependencia total del marido o compañero. En cuanto a estudios, el 72 Yo sólo tiene estudios primarios o carecen por completo de estudios, el 20 Yo tiene estudios medios y el 8 % dispone de estudios superiores. Con respecto a la profesión, el 57,7 Yo de las mujeres atendidas son amas de casa, en general, integrantes de un colectivo con muy poca información, o muy distorsionada, así como un gran desconocimiento de sus derechos y de los mecanismos para ponerlos en práctica. Se da el caso de que el 5 % de las amas de casa atendidas trabajan además, como asistentas por horas. Además, el 37,3 Yo tienen profesiones de las clasificadas como «femeninas»: dependientas, peluqueras, esteticistas, auxiliares de clínica, administrativas, cuyos ingresos económicos suelen ser inferiores al Salario Mínimo Interpro- fesional. Sólo un 5 % declara ejercer otras profesiones diferentes. Atendiendo al estado civil, son casadas el 56 Yo; separadas el 21,5 Wo; viudas el 2 %; solteras el 20,5 %. En cuanto a los hijos, el 67 % tiene uno o dos hijos; el 25 Yo tres o cua- tro; el 8 Y tiene cinco o más hijos. Algunas de esas mujeres cuya relación de pareja aparece muy deteriora- da, asumen cargas familiares no compartidas, por lo que son ellas las que tienen que sacar adelante a los hijos, haciendo todo tipo de trabajos e in- tentando conseguir de su marido o compañero algún dinero para los gastos domésticos. En la mayoría de los casos, es el marido el único que tiene ingresos fijos en la familia, pero lo administra como él considera más conveniente, de- jando muchas veces en la total indigencia a la mujer y a los hijos. Esta si- tuación es admitida por las mujeres durante muchos años, alegando con frecuencia que «es mejor que no tener nada». La dependencia económica es, por tanto, un factor primordial a la hora de perpetuar situaciones de convivencia inhumanas. Dada la dependencia económica de la mujer, estas agresiones han sido raramente denunciadas, pues es difícil para una mujer seguir conviviendo con un marido o compañero al que se ha denunciado. Sin embargo, las de- nuncias son más frecuentes en mujeres que deciden iniciar trámites de sepa- ración. Módulo de Rekalde 1985 Según el estudio hecho en el Módulo de Rekalde, la situación económi- ca y familiar de las mujeres agredidas suele ser muy grave. Hay un tanto por ciento mayor de mujeres que se dedican a trabajos de limpieza y la si- tuación laboral de los hombres es también bastante conflictiva. Un 40 % están parados, el 31 Y son jubilados anticipadamente o están en situacio- nes irregulares, los que tienen trabajo tampoco entregan el dinero a sus mu- jeres para mantener la familia. Para las mujeres se suman los problemas derivados de su dependencia del marido y de la discriminación que la mujer sufre en el mundo laboral. Ellas son, por otra parte, las que se encargan del cuidado de los hijos y de mantener como pueden la economía familiar. Cuando estas mujeres se van de casa llevan ya años aguantando malos tra- tos e intimidaciones. Sufriendo muchas de ellas trastornos psicológicos, más o menos transitorios, derivados de la situación de stress continuo en que viven. Según este estudio la falta de recursos sociales como vivienda, traba- jo, dinero y el rechazo social, el miedo a enfrentar la nueva vida en estas condiciones, explica en gran parte el que la mayoría de ellas vuelvan al ho- gar, sabiendo el futuro que las espera. 15

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ABUSOS SEXUALES EN EL TRABAJO El concepto de la «mujer objeto» que impera en esta sociedad ha sido siempre la base sobre la que se han apoyado todo tipo de acosos sexuales que, desde los inicios de la incorporación de la mujer al trabajo, ésta ha venido padeciendo como algo «natural» en las relaciones laborales. Pero es en la actualidad cuando este fenómeno está adquiriendo unas connotaciones realmente vergonzosas y aberrantes, no sólo por su extensión, que lo revela como un fenómeno social que afecta a millones de mujeres, sino también por las «técnicas» y «armas» que utilizan los agresores en el asedio de sus víctimas. A situación que la crisis económi- ! ca está creando a la mujer traba- jadora no puede ser mejor caldo de cultivo para que proliferen estas prácticas humillantes. El problema del paro afecta de una manera directa a más de un millón de mujeres (según cifras del INEM) y de manera indirecta a millones de amas de casa que ante el despido inminente de sus maridos, se ven forzadas a buscar un trabajo que les libre de la miseria. Y esta situación es la que está empujando a las mujeres hacia los llamados «tra- bajos marginales» que, como la econo- mía sumergida o el servicio doméstico, se destacan no sólo por los salarios de EL PAÍS, lunes 27 de julio de 1987 Estudio sobre la situación de la mujer en el trabajo sufre 8L080 sexual de sus propios compañeros Más de un 30% de las mujeres lo ee xual de sus compañeros en grado muy pios proposiciones no —desde deseadas y llamadas Ei do CL xual, pasando por rozamientos y pellizcos—, según el estudio realiza dopo departamento dea majer de UGT, En muchos casos la mujer agr Sólo un 5% 2 las propé- siciones sexuales. El estudio, primero de este tipo que se realiza eu España, stón alas azafatas y periodistas entr las profesionales que mayor hostigamiento sexual del que proviene la acción y ua 13% responde con agresividad. Las separadas, divorciadas y La mayoría de las mujeres traba- 'jadoras soportan o han soporta- do el acoso sexual de sus compa- hambre sino por la más absoluta falta de derechos sin ningún tipo de contra- tación ni de seguridad social, etc. Pero el problema del paro y la presión que éste ejerce sobre el empleo femeni- no, no es el único factor que favorece el aumento de los chantajes sexuales ha- cia la mujer. Es un hecho cotidiano el que a la mujer que logra un puesto de trabajo se la destine a las categorías más bajas y peor remuneradas con lo cual, se establecen unas relaciones de poder sobre ella que preparan el terreno a todo tipo de coacciones por parte de sus su- periores. Así pues, son la precaria situación la- boral como la necesidad que tienen mi- fieros varones. El hostij viudas son qui más es más intenso en los primeros mente sufren no sólo Sa meses de trabajo, y proviene, en ciones les no '8s, entre sus mayor frecuencia, sino también líneas generales, de sus propios modalidades de acoso más fuer- compañeros del mismo o pareci- do nivel. Los inmediatos superio- res aparecen en un nivel muy alto como acosadores en el caso de las azafatas de vuelo (50%) y las periodistas (el 38% de las agre- siones vienen de sus jefes). Sólo en un 5%, la mujer reac- ciona consintiendo a este hosti- gamiento, bien porque les agrada o para mantener el puesto de tra- bajo. Al menos eso parece dedu- cirse si se tiene en cuentá que la - trabajadora incluida en este por- tes. El estudio subraya que posi- blemente la ausencia de una figu- ra masculina hace pensar al aco- sador que se trata de una perso- na más fácil. Esta teoría parece “verse fortalecida si se tiene en cuenta que el grupo de casadas es en el que los porcentajes de hostigamiento son más bajos. Azafatas y periodistas ello se puede deber a que desa- rrollan pna actividad ligada a viajes, cenas de trabajo, salidas nocturnas, etcétera, lo que hace pensar al acosador que tiene una actitud más liberal ante el sexo. Las no creyentes superan con creces a las católicas practican- tes en número € intensidad de las conductas de aproximación se- xual. El perfil del acosador, reali- zado en base a la descripción que La mujer entre 26 y 30 años esla las. encuestadas hicieron, En E + metal. tencia de una normativa legal que las proteja. Incluso están convencidas de que no existe nada en este sentido. Sólo entre las separadas, divorciadas o viu- das se encuentra un porcentaje . importante (42%) que dice saber que la legislación las ampara. También la mayoría de las en- cuestadas cree que la mujer y el hombre cobran lo mismo si reali- zan el mismo trabajo. Y sólo el 11% cree que tienen mejor sala- eselsi- les de mujeres de una fuente de recursos con que paliar sus necesidades y las de su familia, las armas decisivas en poder de los acosadores con las cuales ejercen sus chantajes. Entrevistas realizadas por algunos colectivos de mujeres, manifies- tan que las que sufren mayores agresio- nes son las que tienen personas a su cargo. En este sentido es conocida la situa- ción en que viven muchas mujeres en Andalucía y Extremadura, donde los patronos les exigen «favores sexuales» a cambio de concederles las peonadas necesarias para acceder al desempleo agrario o para asegurarse un puesto en las épocas de recolección. En otros ca- sos, no son los patronos sino las auto- ridades municipales, quienes se cobran en la cama las firmitas necesarias para cobrar el desempleo. La práctica del tráfico sexual ha lle- gado incluso a las instituciones oficia- les como es el caso de la Diputación de Cádiz, donde propusieron empleo fijo a unas mujeres a cambio del consabido «favor amoroso». En otras ocasiones, es la promesa de ascensos en la escala laboral, la táctica empleada en el acoso sexual, como el caso denunciado por varias mujeres contra Rafael García del Cerro (miem- bro de la UGT y directivo del «Patri- monio Nacional») que les había pro- puesto ascender,en la empresa a cam- bio de que «se pasaran por su despacho». Otro tipo de agresiones puede respon- der al capricho de los jefes para diver- tirse un rato, como es el caso de Inés Lu- cia Izquierdo, secretaria de un directivo de la General Motors, a la que dos de sus jefes inmediatos ataron con una ca- dena a la pata de la mesa durante más

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Todavía queda mucho trecho para conseguir el respeto a la mujer en el trabajo y que se cumpla el principio de «a igual trabajo, igual salario». de dos horas, como consecuencia de una apuesta que se cruzaron entre ambos. Este hecho ha sido calificado por la Ma- gistratura de Trabajo como «accidente laboral». El temor a las consecuencias que estas situaciones acarrean a las mujeres, hace que soporten las coacciones, agresiones y humillaciones en el más absoluto si- lencio. El despido es la amenaza que pende sobre las que tienen un puesto de trabajo, cuando no es el traslado a otros puestos con el consiguiente desprestigio laboral. Y algo que se hace extensivo a todas las mujeres que padecen este aco- so, es el temor a ser tachadas de «pro- vocadoras», tildadas de «frescas» en el trabajo, en el barrio o en el pueblo; el temor incluso a las consecuencias que les acarrea en las relaciones con sus ma- ridos o compañeros o con sus familias. Todos estos hechos indican por sí mismos que es de los hombres con auto- ridad laboral sobre la mujer o con la po- sibilidad de dar a cambio de esa «mer- cancía sexual» lo que ésta necesita, de donde proviene en la actualidad la ma- yor parte de los acosos sexuales que más atentan contra los intereses esenciales de la mujer. . Por lo tanto, es un error, o una in- terpretación de sospechosa intenciona- lidad, meter en el mismo saco el hosti- gamiento que sufren las mujeres por parte de sus compañeros de trabajo. Este, si bien demuestra que el concepto de la mujer como objeto sexual es ge- neralizado, contribuyendo así a crear, situaciones desagradables y de descon- fianza entre compañeros, no supone, como los casos que hemos visto, un pe- ligro para la estabilidad laboral de la mujer por la sencilla razón de que al producirse en una situación de relativa igualdad, ésta anula en gran parte el uso del chantaje o la amenaza. La solución de este problema no es, por todo lo visto hasta aquí, nada fá- cil, por cuanto se enfrenta de una parte a una ideología arraigada con fuerza en la mentalidad de los hombres y de otra a una crisis económica y social que ame- naza con agravarse. Por esta razón, de- cir que el hostigamiento sexual es «fruto de pequeñas discriminaciones que aún arrastramos», no sólo es una interpre- tación harto optimista del problema sino además malintencionada por cuan- to oculta sus auténticas causas. Ejemplos que dicen más que mil palabras Rafael García del Cerro, miembro de "UGT de Aranjuez y alto cargo de la em- presa pública «Patrimonio Nacional» tuvo que ser despedido en octubre de 1987 de esta empresa después de tenér- sele que abrir un expediente —de casi cien folios— en el que se recogían de- claraciones de varias trabajadoras de la empresa que fueron objeto de abusos y gestos deshonestos de este señor. Entre las denuncias de las empleadas destacan las de dos trabajadoras del Pa- lacio Real que afirman que Rafael Gar- 17 cía del Cerro se masturbó «frotándose con el borde de la mesa», mientras ha- blaba con ellas. Otra trabajadora a su vez, declara que en una ocasión le dijo que «si quería promocionarse pasara por su despacho que ya vería cómo pro- mocionaba él». Otra de las empleadas relata que García del Cerro, le pregun- tó «lo que estaría dispuesta a dar a cam- bio de ascender en la empresa». De todas estas acusaciones y de las demás, Rafael García del Cerro, se de- fiende argumentando que «el expediente y el despido es un montaje fruto de una persecución política». Francisco Arias, secretario de esta central en Cádiz, afirmaba a la revista Interviu, que tenía conocimientos de si- tuaciones en las que las mujeres jorna- leras se habían visto obligadas a acce- der a chantajes sexuales con el fin de encontrar un trabajo para ellas o sus fa- miliares, incluidos sus maridos. Francis- co Soria, dirigente de la UGT en Puerto Serrano, afirmaba también a esta revi- ta, que se habían hecho denuncias de es- tos casos basados en hechos concretos, conocidos por él. Pero que a pesar de "todo ello, su sindicato «decidió dar car- petazo al asunto». José Luis Rodríguez, miembro tam- bién de la UGT y antiguo militante del PSOE también confirmaba a la revista Interviu, que poseían datos concretos sobre estos hechos, pero que se negaba a dar más datos, porque «ese era un tema que era mejor olvidar».

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Abusos sexuales en el trabajo Discriminaciones que sufre la mujer en el trabajo El artículo 35 de la Constitución reza: «Los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del-trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de Ni su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación gero vistazo a la realidad para comprobar que estas palabras no sólo son papel mojado sino que ni si- quiera guardan la intención de llevar esas ideas a la práctica. Más de tres mi- llones de parados y diez millones de po- bres son datos suficientes para tirar por tierra gran parte del artículo de marras. La otra, la que «rechaza categóricamen- te» toda discriminación por razón de sexo, es la que nos proponemos bom- bardear en estas páginas, apelando a la tozuda realidad que canta por sí misma. P ERO no hay más que echar un li- La mujer en casa La primera y principal discriminación que sufre la mujer en nuestra sociedad es la que le ha venido impuesta desde hace siglos, desde que se la arrancó del mundo de la producción social para arrinconarla en el estrecho y oscuro . mundo del hogar. Este ha sido siempre el papel que, con prioridad, se le ha des- tinado a la mujer condenándola, por tanto, a la total dependencia del mari- do o del padre. por razón de sexo». Es cierto que la producción capitalista ha supuesto un avance en cuanto a la incorporación de la mujer a la produc- ción social, pero el que ésta haya sido en mayor o menor número, ha respon- dido siempre a las necesidades del sis- tema y no a las «buenas intenciones» que pueda recoger la Constitución. Para comprobarlo basta con echar un vista- zo a las estadísticas: en el año 1975, cuando el auge de la producción capi- talista alcanzó en nuestro país su mayor nivel, a partir del cual inició su caída, la incorporación femenina en la produc- ción era del 28,6 %. Hoy en pleno auge de la crisis, se ha reducido al 21,2 %, lo que traducido en cifras quiere decir que más de diez millones de mujeres en edad de trabajar, dependen económica- mente del jefe de familia. Del dicho al hecho... Si como vemos la incorporación de la mujer al trabajo productivo no respon- de a «buenas intenciones», menos toda- vía responde a la idea de liberar a las mujeres de esta dependencia. Es de so- bra conocido el hecho de que en nues- tra sociedad sigue vigente la idea de que el salario de la mujer no está, como el del hombre, destinado a mantener a la familia, sino a «ayudar» a su soste- nimiento y ésta es la idea que sirve de apoyo a todas las formas de discrimi- nación que sufre la mujer. Hoy es una realidad para muchas mu- jeres (las estadísticas dicen un 23 Y) el hecho de cobrar salarios inferiores al de los hombres por un trabajo igual. Se- gún un reciente estudio realizado por la C.E. esta diferencia de los salarios es norma generalizada en todos los países europeos y entre ellos destaca nuestro país como uno donde esta discrmina- ción de la mujer es más aguda: En Es- paña las mujeres cobran por lo general un 30 Y% menos que los hombres, Pero ésta no es la única forma de dis- criminación. A pesar de lo que digan las leyes, existen otras más sutiles, pero no por ello menos eficaces, que se manifies- tan sobre todo en el proceso de selec- ción y contratación de las empresas don- de las mujeres son sometidas a pruebas físicas rasadas por el mismo patrón que «No sé si tú tomas Al principio el jefe era muy amable y quería que nos corriéramos una juergecilla Me quedé viuda muy joven y tuve que empezar a trabajar en una fábrica de confección limpiando las oficinas. Al principio el jefe era muy amable. En la fábrica teníamos un comedor, aparte de las oficinas, que también estaba a mi cargo. Un día se presentó allí el jefe por la tarde, yo estaba sola y me dijo que si estaba contenta con el trabajo. Le contesté que sí y le di las gracias por habérmelo dado pues realmente lo necesitaba. Me contestó que «no era para tanto, que para dárselo a otra mejor me lo había dado a mí porque él sabía que esta- ba más necesitada pero que, de todas maneras, si quería él algún día me bajaba al pueblo donde yo residía y allí nos podíamos correr alguna juergue- cilla, tomando alguna copa». Yo entonces le dije que sí, pero sin llegar a pensar nada más. Otro día me llamó a su despacho y me dijo: «Mira Pilar, he pensado que tú eres joven, has te- nido la desgracia de perder a tu marido muy jo- ven, eres muy guapa... aquí tenemos al médico de la empresa». Yo me quedé muy mosqueada pen- sando que iba a soltar algo muy gordo y lo soltó: «No sé si tú tomas anticonceptivos». Le contesté que no, que hacía poco que me había quedado viu- da, que estaba muy dolorida y que no pensaba en tener relaciones con otro hombre, a lo que él me contestó «no es para tanto, ya sabes que aquí está el médico de la empresa y si necesitas anticoncep- tivos él te los da sin problemas y sino mira, aquí tengo todo esto» y me sacó del cajón preservati- vos. Yo me puse muy nerviosa, pero le dije, lo sien- to mucho pero cuando le dije lo de irnos a tomar 18

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Rosalía de Castro, escritora gallega, un ejemplo de mujer que luchó por su igualdad con el hombre. los hombres. El caso de una mujer as- pirante a calador-empalmador y otra economista en Telefónica, que no fue- ron admitidas por falta de peso, son tan sólo algunos ejemplos ilustrativos. En otros casos es la posible materni- dad la que pone impedimentos a la con- tratación de fuerza de trabajo femeni- na. En este sentido son aleccionadoras las declaraciones de Angel Panero (vi- cepresidente de la CEOE y presidente de la CEPYME) cuando decía que «los em- presarios pierden mucho dinero con las bajas maternales por lo que a partir de ahora, antes de contratar a las mujeres deberían preguntárseles por su grado de fertilidad, porque en este país, quedar- se embarazada es una enfermedad muy contagiosa». Que nadie caiga en la ilu- sión de pensar que éstas son palabras que se las lleva el viento. La Mutua Pa- tronal de Accidentes de Trabajo, «Mu- tua Murciana» realizó por orden direc- ta de la empresa Miguel Vivancos, S.A. pruebas analíticas sobre el embarazo a las trabajadoras de dicha empresa sin su consentimiento ni conocimiento. Otros casos donde se ponen de manifiesto este problema, han sido los de algunas tra- bajadoras de ARTIACH, CONELEC y la misma Telefónica, que habiendo pe- dido excedencia por maternidad ésta se ha convertido en un despido sin indem- nización, ya que las empresas se nega- ron a readmitirlas, aun a pesar de que la Magistratura de Trabajo sentenció es- tos despidos como improcedentes «exi- giendo» su readmisión. El caso es que anticonceptivos» una copa yo no pensaba en esto. Me cuesta dema- siado venir en estas condiciones, para míno es nin- guna deshonra el trabajar limpiando pero lo que no voy a hacer, para seguir trabajando, es mante- ner relaciones con usted. A A partir de entonces yo estaba violenta, y preo- cupada para no encontrármelo. Pero un día, mien- tras yo estaba trabajando, llegó su hijo y me dijo que antes de marcharme subiera al despacho por- que su padre tenía que hablar conmigo. Cuando llegó la hora subí y entonces me encontré que esta- ba hablando con el jefe de personal y me dijo que prescindía de mis servicios. Cuando le pregunté porqué me contestó que él no tenía que darme nin- guna explicación. Entonces yo pensé que esto no se iba a quedar así. Fui a Zaragoza y busqué a un abogado labo- ralista. Cuando le expliqué el caso me dijo que ha- bía que llevarlo a Magistratura porque a mí no me habían dado carta de despido. Fuimos a Magistra- tura pero el empresario no se presentó. Se presen- tó su abogado y se entendieron entre los abogados. Al finalizar mi abogado me dijo que si me admitían en el trabajo me iban a hacer la vida imposible y que era mejor que yo me fuera por mi propia vo- luntad cogiendo una indemnización. Cuando salimos de Magistratura le pregunté al abogado que al final por qué me habían despedi- do, me contestó que porque el jefe dijo que le ha- bía robado un mechero que él tenía de colección. Narrado a la cadena SER el 13-1-88. 19 Al final me echó del trabajo sin ninguna explicación

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Abusos sexuales en el trabajo aún continúan en la calle y como ellas hay 20.000 casos en España. Esta predisposición frente al trabajo femenino es la que permite que se des- tine a las mujeres las categorías más ba- jas, las que exigen poca cualificación y por lo mismo las peor remuneradas. Las mujeres, primeras perjudicadas por la crisis , . * . . . Si todás estas manifestaciones de dis- criminación que sufre la mujer trabaja- «No me dejaba y me echaron» ARA entrar en la empresa, donde su- Pp frí el acoso sexual, estuve esperan- do un año y pico. Al final tuve que recurrir a unas amigas que tenía dentro de la empresa y me presentaron a uno de los' jefes y entré. Este mismo señor fue el que luego me acosaba pero yo me sabía evadir y pasaba. Después me pasaron a otro des- pacho y con el jefe que tenía me pasaba lo mismo. Este siempre me estaba invitando a que saliese con él, a que tomara una cer- veza y tal. Pero yo le evadía. Ni le ponía mala cara, ni le sonreía, ni nada, por lo que' pasa, él era el jefe y tú tienes que defender el puesto de trabajo. Ante mi indiferencia recurrió, aprovechando el mes que yo me fui de vacaciones, a cambiarme de puesto de trabajo. Yo tenía un buen puesto donde ganaba bastante dinero y al volver me encontré con que me habían cambiado de destino. De- cidí entonces hablar con el jefe de perso- nal, exponerle mi caso y que me explicara el porqué me habían cambiado de puesto si yo era una persona que cumplía. El jefe de personal me dijo que me habían cam- biado porque no me dejaba controlar y porque el jefe tenía «quejas» de mí. En- tonces yo le tuve que decir, al jefe de per- sonal, que a mí me habían quitado de ese puesto porque el jefe que tenía hacía co- sas que no debía y mandé que bajara para que habláramos los dos juntos delante del jefe de personal. Pero este elemento se negó a hablar. A partir de entonces me tuvieron de un sitio para otro haciéndome la vida imposi- ble. Todo se reducía a lo mismo, si quería ascender tenía que salir con los jefes, sino; nada. Al final tuve la mala suerte de caer enferma y tuve que salir del trabajo. Narrado a la Cadena SER el 13-1-88 dora vienen determinadas por factores fundamentales ideológicos, en la actua- lidad se une a esta situación las conse- cuencias de la grave crisis económica que, con especial saña, se está cebando con la mujer. De los más de tres millones de para- dos que hay en nuestro país las mujeres son, junto con los jóvenes, las más afec- tadas por esta lacra vergonzosa, supe- rando el 30 Yo del paro contabilizado:en las oficinas del INEM, cifra que en la realidad aumenta si se tiene en cuenta a las mujeres que ya no se inscriben o a las que nunca han tenido empleo re- munerado y regularizado. Las reconversiones salvajes también han castigado a la mujer. En concreto, la llevada a cabo en la industria textil ha dejado en la calle a las tres cuartas partes de las mujeres empleadas en ella. Pero el problema del paro, con ser uno de los más graves que afecta, fun- damentalmente, a la economía de las clases populares y dentro de éstas en mayor medida a las mujeres, se ve com- plementado con la política seguida por el PSOE en materia de empleo. Una po- lítica que responde única y exclusiva- mente a los intereses de los capitalistas, en sus ansias de explotar a su antojo, sin límites y sin control de nadie, el traba- jo asalariado. «El O veo que detrás de este tipo de chantajes afectivos y la-' borales —que es donde se «Y ' fundamenta esta situación— en el fon- do se esconde una proyección de los propios miedos que se tienen y que en una situación donde se tiene poder se pueden ejercer. De alguna manera las pautas que se siguen son, casi siempre, personas que “socialmente no tienen una estabilidad clara o definida; por otro lado hay un código de doble moral, porque son per- sonas que temen mucho —desde el pun- to de vista social — que se les reconoz- ca esta situación de persona que acosa y por otro lado tratan de hacerlo a es- condidas, que es como utilizan este tipo de juego. Pero ¿por qué se tiene que lle-, : var a cabo esto? Una persona que está en sus cabales y que entienda y propon- ga una relación desde la situación de igualdad no tiene porque llevarla a cabo 20 desde la situación de chantaje y apro- vechando situaciones laborales donde ellos tienen poder. Por lo general esta situación se pro- duce del hombre a la mujer y no al re- vés. Yo pienso que esto tiene una expli- cación evidente, en la medida en que son los hombres los que ocupan más pues- tos ejecutivos o de poder dentro de las empresas y es desde aquí desde donde más se producen. Donde existe una re- lación laboral de igualdad entonces lo que se da es un juego de seducciones que nosotros los sexólogos llamamos el jue- go de la “caperucita roja”. Es decir, el seduzco, seduzco, seduzco hasta que lle- go a un punto donde ya no quiero con- tinuar y aquí ya la situación es más con- fusa porque a veces el que parece que seduce no es el que seduce sino el otro el que lanza los tejos para que alguien lo seduzca y le intente atrapar. Es una forma también de que se le devuelva una

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La llamada «economía sumergida», donde la explotación no conoce límites, es el recurso de miles de mujeres, en su mayoría amas de casa, para hacer frente a la creciente miseria de sus familias. Esta situación es la que las lleva a so- portar lo que sea, las peores condiciones imaginables, con tal de sobrevivir. El carácter subsidiario del trabajo femeni- no —del que hablábamos antes— es de- terminante en su empleo prioritario por los capitalistas que desarrollan su acti- vidad empresarial en la mal llamada «economía ilegal». Actualmente las mu- jeres representan el 98 Vo de las traba- jadoras a domicilio las cuales sopor- tan, además del embrutecedor trabajo doméstico, largas jornadas de trabajo productivo, mal remunerado y agotador por las pésimas condiciones en que lo realizan. Una variante de la «economía sumer- gida» la constituye el fenómeno de la contratación temporal que se ha gene- ralizado en los últimos tiempos, afec- tando muy especialmente a las mujeres: de los contratos a tiempo parcial reali- zados durante el año 1985, un 58,9 Y eran mujeres. El servicio doméstico es otro de los trabajos marginales donde la mujer se está viendo obligada a recurrir. Y si an- tes este trabajo humillante estaba des- tinado a las mujeres de los sectores po- pulares más atrasados y empobrecidos, hoy se lo disputan las jóvenes profesio- nales, las amas de casa y hasta las licen- ado, sexóloga: perucita Roja» imagen de qué erótico o erótica soy para éste. Aquí ya no está tan claro si es una situación de acoso o es una situación de seducción. Es un tanto raro. Pero en la medida que hay una situación de igual- dad ¿cuál es el chantaje que se está pro- duciendo? porque si alguien se siente acosado de esta forma lo que se puede producir es una situación de malestar pero en última instancia esto no pone en peligro el puesto de trabajo. Ahora, una situación donde evidentemente es o ““cedo o me despiden”, aquí la cosa es más grave. Las consecuencias en todos los ám- bitos posibles que acarrean los acosos sexuales pueden ser graves por muchas razones: la forma del acoso, por la ma- nera en que la mujer lo soporte, es de- cir, si ella empieza a callar y callar, por- que al principio es algo que no tiene mucha importancia el que un jefe te in- vite a tomar una copa. Pero una vez que ” esto se va hatiendo mayor ¿cómo se lo comunica a su compañero o a su fami- lia? Aquí emplea a jugar el miedo de esa persona.. ¿Cómo afrontar esto? Yo pienso que la mujer para esto tenemos un sexto sen- tido y es que sabemos hacernos muy bien las locas y entonces en determina- das situaciones, cuando le vemos las ¿orejas al lobo, lo mejor es hacerse la “tonta, como que no se entiende muy bien qué se está pidiendo, qué se está di- ciendo. Y sobre todo, si es que conti- núa, yo pienso que la postura de callar- seno es la más idónea, al contrario, creo que hay que comunicárselo a alguien, a la familia o al compañero, al marido, etc. No hay que jugar tanto con el si- lencio porque lleva a que la situación se desarrolle.» Narrado a la Cadena Ser. Madrid, 13-1-88 21 ciadas de universidad; todas ellas acu- ciadas por el paro. En la actualidad se calcula que hay al- rededor de un millón y medio de muje- res malviviendo de este trabajo, alienante y embrutecedor donde los haya. Los continuos intentos por poner freno a esta bestial explotación han encontrado por respuesta una ley del gobierno «so- cialista» que si algo legitima es el de- recho de los «señores» a imponer las condiciones más humillantes a su servi- dumbre. Esta es la realidad que viven hoy mi- Jlones de mujeres, una realidad que se da de bofetadas con las pomposas de- claraciones acerca de los «derechos», las «libertades», la «igualdad» y la «no dis- criminación» de la mujer que recoge la Constitución. «Mi hija está traumatizada» 1 hija llevaba ocho años trabajan- M do en una oficina. Estaba muy bien considerada pero se ha teni- do que salir por el acoso sexual que sufría de su jefe. Este la llamó un día a su despa- cho y la insinuó una serie de cosas fáciles de imaginar. Cuando mi hija me lo contó yo le dije que no le hiciera caso porque un trabajo así no se lo podía jugar. El caso es que después de ocho años trabajando, dominando cinco idiomas, siendo una chi- ca muy preparada, se encuentra de repente en la calle. Al principio la cosa no pasaba de puras insinuaciones pero este señor, al ver que mi hija le rechazaba, optó por uti- lizar la fuerza. Un día se abalanzó sobre ella, la cogió y la tiró contra un sillón, la agarró de las manos dejándola llena de car- denales. Todo esto me lo contaba lloran- do, como pudo se escapó de él, se salió del despacho. Me explicaba que es un tipo que mide 1,80 y que ella casi no podía defen- derse. No se atrevió ni a decírselo a los su- periores. Esta es una empresa que la cen- tral está en Estocolmo. Mi hija ha preferido pedir el despido porque este señor le dijo: «a partir de pri- meros de año van a cambiar las cosas mu- cho», como diciendo: «como tú no has querido prepárate para lo que vaya a ocu- rrir». Me hija pensó que si seguía allí a pri- meros de año le buscaba cualquier cosa para echarla a la calle, así que ha preferi- do pedir el despido y de esta manera tiene el paro. Ella está ahora traumatizada totalmen- te y cuando le hablas del tema no quiere saber nada, lo único que responde es que ella ha preferido marcharse del trabajo y punto. Narrado a la Cadena SER el 13-1-88

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Abusos sexuales en el trabajo Una secretaria de la General Motors atada a la pata de la mesa por sus ¡jefes «Fui objeto de una vejación como mujer y como trabajadora» Todo empezó con una apuesta, con una típida machada entre S varios jefecillos de la General Motors, en la factoría de , Figueruelas (Zaragoza). Ocurrió el 27 de agosto de 1987, cuando dos jefes se apostaron una cena a que ataban a la secretaría de uno de ellos a la pata de la mesa de trabajo. Inés Lucia Izquierdo era la única mujer que trabajaba en las oficinas de la nave de prensas, una entre 600 trabajadores y por eso la tocó ser el objetivo de la broma pesada. El Juez de Instrucción número 5 de Zaragoza ha condenado a dos de los tres «bromistas» a tres días de arresto domicilario. ADA más entrar ese día a traba- N jar, Inés Lucía escuchó las pri- meras palabras de su jefe: «He hecho una apuesta que pienso ganar. Me he apostado una cena a que te ten- go atada a la pata de tu mesa todo el tiempo que yo quiera». Acostumbrada a otras bromas machistas, aquello le pa- reció demasiado. «Le dije que no podía hacer apuestas con mi persona, sin con- tar conmigo», cuenta la secretaria de la multinacional del automóvil. Al rato el jefe, Gabino Moliner, sa- lió, no sin recordarle que «a ver si no me haces perder la cena». Otro de los apostantes, Jesús Mayorel, entró con una cadena e intentó ponérsela, pero co- mo no podía llamó a un tercero, Ger- mán Albalaque, para que le ayudase. «Uno me cogió la pierna y el otro pasó la cadena alrededor y colocó un canda- do», recuerda Inés Lucía. Uno de los hombres, muy ufano de su proeza, co- mentó en voz alta: «Ya hemos ganado la apuesta. Además hay suficiente ca- dena para que puedas moverte de la me- sa a los archivadores». Según los responsables sindicales, que tardaron varios días en denunciar el ca- so, los responsables de la pesada bro- ma machista fueron el superintendente de la nave de prensas, su ayudante y un estudiante en prácticas. Sin embargo, la multinacional norteamericana no sólo no sancionó a los autores del hecho, si- no que trasladó a Inés Lucía Izquierdo de sección, contra su voluntad, y ha in- tentado echar tierra sobre el asunto. «Con relación a lo sucedido el pasa- do 27 de agosto en la nave de prensas, —señalaba un comunicado oficial—, realizadas las oportunas averiguaciones al respecto ha quedado demostrado que, en todo momento la Dirección de Pren- sas ha estado ajena a lo sucedido. La compañía ha hablado directamente con los responsables del hecho amonestán- doles seriamente y manifestándoles su total desacuerdo con la realización de este tipo de acciones, que a lo único que pueden dar lugar es a la creación de si- tuaciones equívocas y desagradables... La empresa no permitirá que esta clase de hechos vuelva a repetirse». Ni una sanción clara, ni nada que demuestre que la broma machista fue algo más que una situación «equívoca y desagrada- ble» para Inés Lucía Izquierdo. Ni un solo hombre protestó de hecho «En la oficina no estaba sola y era acristalada, por lo que el resto de los empleados fueron enterándose de lo que sucedía. Algunos de mis compañeros mostraron su sorpresa, pero sólo de pa- labra, con desaprobación. Otros, inclu- so les divertía», dice la mujer. Según fuentes sindicales, hay mucho miedo en la empresa y nadie se atrevió a cortar el asunto. En aquellos días tam- bién saltó a la luz el caso del trabaja- dor de GME afiliado a CNT despedido por «estar afiliado a CNT-A, por cuya lista me presenté a las elecciones sindi- cales, y no haber permitido al encarga- do de turno que me tratase como suele hacerlo: de forma vejatoria y dictato- riab». En aquellos momentos, Inés no pu- do pensar en reaccionar de ninguna ma- nera, estaba bloqueada mentalmente, sólo tenía ganas de finalizar su jornada y marcharse a casa. «Ni me di cuenta 22 —dice— que tenía un teléfono para pe- dir ayuda. Además, cuando esto ocurrió estaba presente, casualmente, un res- ponsable de relaciones laborales, con suficiente autoridad para intervenir, y no hizo nada. Al contrario, le hacía has- ta gracia. Cuando me soltaron y vi que me habían hecho heridas, este hombre hizo un comentario un tanto absurdo: “estas heridas, cualquiera sabe, a lo me- jor te las has hecho cogiendo moras». Una herida en la pierna Incluso en el hecho de soltarla no in- tervino ningún compañero suyo, sino que fue ella la que rogó, sobre las once menos cuarto de la mañana: «por favor, tengo que ir al cuarto de aseo». Tras consultar un apostante con el otro, que- dó libre. «Nadie acudió en mi ayuda, me soltó la cadena el mismo que me la pu- so, diciendo lo bien que le venía para su moto». La herida en la pierna, ocasionada por la cadena, se la empezó a curar ella, pero se le infectó y acudió el día siguien- te al botiquín. Estaban el médico y el ATS y al preguntarme por el origen de la herida les hizo mucha gracia el que fuera por la cadena. Volví otra vez a cu- rarme el día 3. Para la siguiente cura acudí esta vez al centro médico, acom- pañada por miembros del comité y com- probamos que no había ninguna refe- rencia de las veces anteriores, cuando lo obligado es tomar nota hasta de una as- pirina que te den, con nombre, día y ho-" ra». «A la única que ha sancionado la em- presa es a mí. Me han trasladado for- zosamente y me siento desplazada», contó la secretaria a los periodistas.

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Ha denunciado que han intentado acallarla, «estuvieron haciéndome pre- siones durante tres días. Que si me po- día interesar marcharme de la compa- ñía con cierta cantidad de dinero... Des- pués de seis años de trabajo en la em- presa ahora me “premian” con un pues- to de trabajo distinto, que no deseo. Yo no solicité ningún cambio de departa- mento, al contrario, me obligaron a ello». Inés cree que «fui objeto de una vejación como mujer y como trabaja- dora, incomprensible en un país demo- erático». Anualmente gran número de traba- jadoras se ven afectadas por tratos veja- torios, atentados contra la intimidad, menoscabo profesional o acosos sexua- les, si bien el número real es difícil de precisar, ya que no son extraños los pac- tos con las empresas a fin de eludir el desagradable proceso judicial. El Esta- tuto de los Trabajadores reconoce a to- do empleado la consideración debida a su dignidad. Los problemas surgen cuando las empresas son las que infrin- gen este derecho, o permiten que se ha- ga, sin hacer uso de su facultad sancio- nadora. No existe ningún arma legal que pue- da utilizar el empleado o los sindicatos para obligar a una empresa al despido o sanción del autor de los malos tratos o similares. , Inés ha luchado para «llegar hasta el final y exigir a la dirección de la facto- ría que retome el problema con serie- dad, que castigue con el rigor que se me- recen a las personas autoras del suceso y que me restituya en mi puesto ante- rior de trabajo», porque «no voy a per- mitir que me hagan daño psíquicamen- te, me humillen y maltraten mi alma». Marta Torres, socióloga «Tan antiguo como el hombre» —Los acosos sexuales se dan en sociedades relativamente avanzadas donde la mujer tiene una presencia importante en la vida laboral. —Sí, evidentemente se tiene que dar en sociedades donde la mujer trabaja. No parece fácil que se dé en otras circunstancias, aunque yo creo que el acoso se puede dar de otras maneras en otras sociedades menos desarrolladas. — ¿Es un fenómeno moderno, o ha estado siempre presente en nuestra vida y ha toma- do distintas formas? —Es un fenómeno tan antiguo como el hombre y yo creo que ha estado presente en nuestra vida, lo que pasa es que nuestra sociedad le hace tomar un aspecto como el que tiene ahora en función de las relaciones laborales actuales. —Peor tanto, las consecuencias del fenómeno a esta fecha y dada la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, al mundo laboral, ¿lo hace más importante el fenómeno? —Y o no creo que lo haga más importante, yo creo que lo hace distinto y nuestra socie- dad lo que hace es más llamativo todo, lo hace más conocido y le da unas características concretas. Más importante cuantitativa y cualitativamente, tendríamos que matizar mu- cho, en qué sentido es más importante. —¿Es un fenómeno preocupante? —Yo creo que en un momento como el que vivimos, donde los problemas son tan acu- ciantes y donde realmente la discriminación que todavía se padece es importante, a pesar de que se esté manejando datos de emancipación, igualdad, subyacen todavía grandes di- ferencias y discriminaciones. Entonces éste es un fenómeno a tener en consideración, pero yo creo que no cuantitativamente importante o tan importante como el hecho de que toda- vía haya una diferencia salarial fuerte entre el hombre y la mujer, en que todavía, en esta sociedad nuestra por muy moderna que se crea, se mantengan unas pautas de trabajo en las que la mujer trabajadora no tiene nunca ayuda en el hombre trabajador, en el equiva- lente, lo que hace que la mujer tenga que doblar su jornada de trabajo. Me parece que estas son quizás cosas más importantes porque nos afectan más a todos. (Entrevista hecha en la cadena SER, 13-1-88)

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Abusos sexuales en el trabajo Gloria Martín, abogada Todo el mundo lo sabe, pero pocas personas lo denuncian * Las agresiones sexuales que sufre la mujer en el trabajo ha sido otro de'los temas que han abordado las mujeres abogadas en las Jornadas contra los malos tratos celebradas en Barcelona en noviembre del pasado año. Y se le ha prestado cierta importancia, no porque el problema sea nuevo, sino porque como toda lacra de esta sociedad, se agrava y extiende en épocas de crisis como la que vivimos en la actualidad. La abogada Gloria Martín nos dice a este respecto: UE, tipo de abusos sexuales su- fre una mujer en el trabajo? —Abarca un abanico sufi- cienfemente amplio como es: la veja- ción, el insulto, la burla, el socavar la autoridad de la mujer que la tenga por parte de los que están bajo sus órdenes, el chiste fácil por parte de los propios colegas para descalificarla. Por otra parte, los hechos nos dicen que es la autoridad superior quien requiere a la mujer para obtener favores sexuales, et- cétera. Es decir, que no sólo pasa por ser un requerimiento únicamente físico, que eso suele venir en una situación de > dependencia por parte de los propios co- legas que están al mismo nivel y de los dependientes de ti. En todos los senti- dos te puedes encontrar una actitud ge- neral de descalificación, de rechazo y de incidencia sobre el tema sexual. —Según los datos que han salido en la prensa sobre abusos sexuales que su- fren las mujeres en el trabajo habla de que se dan en un 84%, ¿crees que este porcentaje es tan alto? —Este dato no es fidedigno porque se desconoce; es decir, se han barajado muchos datos en la prensa que nosotras no los hemos aportado; no sabemos de dónde los han sacado, por lo tanto este dato no es nuestro... —PDe todas formas, ¿crees que el por- centaje puede ser tan elevado? —El porcentaje seguro que es eleva- dísimo, segurísimo. Lo que pasa es que la mayor parte de estas situaciones no se denuncian, no se saben. Pero sospe- chamos que es muy elevado. — ¿A qué crees que es debido que las mujeres no denuncien estas situaciones? —Se pasarían la vida denunciando. Entre piropos y molestias, se pasarían la vida denunciando. —Pero yo no me refiero al piropo, que sí es un abuso sexual, sino a agre- siones más graves. —En este sentido mi experiencia es que hay cantidad de mujeres que tienen mucha carga de miedo a perder su pues- to de trabajo; aparte está también el que en la mayoría de los casos no hay testi- gos y entonces esa mujer dice: «yo no tengo pruebas para demostrarlo». El testigo será seguramente otro compañe- ro que será hombre con el riesgo para él también —si quisiera llegar a la sen- sibilidad esa— de perder el trabajo. Por otra parte, la mujer a lo sumo lo que se ve es trasladada a otra sección, co- mo ocurrió en el caso de la secretaria en- cadenada, donde también sus jefes eran hombres y cómplices y partícipes. Ese caso era muy evidente, era un hecho que ya no podían negar, pero en otros, que se producen diariamente, la mujer se aguanta, sólo en los casos más graves denuncia. —Y cuando una mujer denuncia, ¿hay posibilidades de que prospere? —Lo más normal es que las denun- Entre piropos y molestias se pasarían la vida denunciando Es muy difícil hacer una estimación estadís- tica de las mujeres que hoy en día están su- friendo acosos sexuales en el puesto de traba- jo, esto se debe sobre todo a las reticencias de las propias mujeres a hablar sobre el tema. Sin embargo, se puede afirmar que el hecho está muy extendido, tanto que podríamos decir que el 90% de las mujeres han sufrido algún tipo de acoso' sexual. El acoso sexual se manifiesta cuando una mujer se siente presionada, coaccionada, ase- diada, amenazada; en muchos casos se llega hasta el chantaje para conseguir determinados privilegios sexuales de la mujer sin que ésta lo desee. Todo comportamiento de acoso tiene un proceso. Suele empezar por piropos, galante- ría, en el que la mujer muchas veces se ve atra- Pilar Escario, psicólogí El miedo pada al llegar a unos niveles que ésta no de- sea. Esta suele ser la conducta típica del aco- sador, y luego, en el momento que la mujer se encuentra encerrada y presionada por la so- licitud o por la amenaza del acosador, si ésta lo rechaza es cuando ocurren todos los casos de represalias, etcétera. Según nuestro estudio, la situación familiar de la persona que acosa es variada, pero lo más típico es una situación normal de hombre casado. Lo que pasa es que hay un cierto matiz de que el hombre argumen- ta que tiene una relación insatisfactoria en su relación conyugal, pero esto no es así, es sólo una justificación para abordar a la acosada. Las consecuencias de estos acosos sexuales pueden ser múltiples. Hay represalias labora- les como llegar a perder el puesto de trabajo, a traslados, a pérdidas de pluses, de horas ex- tras, desprestigio laboral, obligación a hacer

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Las mujeres son usadas para hacer los trabajos más degradantes. cias no prosperen. Y si prosperan es: muy difícil demostrarlo porque es tu pa- labra contra la mía. —Por lo general cuando una mujer pone una denuncia por abusos sexuales es despedida con más motivo si es con- tra el jefe, claro ¿qué actitud toman los jueces, reconocen la agresión sexual pa- ra dictar sentencia favorable y que ésta pueda ser readmitida? — ¿Si se reconoce esa agresión? Eso es ya en sí difícil. —¿Por qué crees que una mujer en el trabajo puede llegar a soportar agre- siones sexuales? —Yo creo que se debe a la necesidad que tiene de trabajar esa persona, de los ingresos que ello le reporta y esto mis- mo lo que la lleva incluso a aceptar esas proposiciones. — ¿Qué tipo de mujeres sufren más este acoso sexual? —En el trabajo los jefes se aprove- chan de personas que viven por su cuen- ta o tienen hijos a su cargo o están se- paradas, viudas, divorciadas, ¿por qué? Porque tienen una fuerte dependencia económica de ese trabajo y tienen que tragar con esas proposciones o maltra- to, porque necesitan ese dinero para vi- vir y para mantener a los hijos. —Los compañeros varones, ¿cómo reaccionan cuando una mujer está sien- do maltratada o sometida a abusos des- honestos? —Yo creo que en un 50% se quedan al margen y en otro 50% la apoyan, es- taría la cosa bastante equilibrada. Pero también depende mucho del trabajo, de qué campo de trabajo hablemos. Yo creo que en un trabajo más de tipo obre- ro se marginarian; en un trabajo de pro- fesiones más o menos liberales pueden tomar posición de defender a la mujer. — ¿Existen diferencias entre el tipo de abuso sexual que sufre una mujer que trabaja en una fábrica o en el campo o en profesiones liberales? —Creo que cambia en la sutileza, ¿no?, en la sofisticación. A medida que suben a clases sociales más altas, don- de la mujer puede acceder a profesio- nes liberales o demás, el tipo de agre- sión es más sutil, mientras que a medi- da que se baja en la escala social, por la propia situación social y económica que tiene la mujer, estas agresiones se traducen en general en algo más direc- to, menos sutil. — ¿La ley recoge sanciones concretas para los abusos sexuales en el trabajo? —En el trabajo, no; son los abusos sexuales en general; a no ser que tenga efectos de expediente laboral o de san- ción dentro de la empresa, Que haya prevaricamiento de cargo y estupro. En ese caso se podría argúir esa interpreta- ción para hacer la pena más agravada, para el director de una empresa que hu- biese obtenido contacto sexual o lo que fuere bajo amenaza. Pero la realidad es que yo no he podido acusar a una per- sona en este sentido. y directora del INMER escándalo trabajos más duros, el verse constantemente reprendida por faltas inexistentes, es decir, hay todo un repertorio que hace a la mu- jer insufrible el puesto de trabajo, llegando in- cluso ellas mismas a reclamar el traslado o in- cluso abandonar ese puesto de trabajo. Esto en cuanto a consecuencias laborales. En cuan- to a situación personal, lo que a mí me parece más grave, son los trastornos psicológicos. Mu- chas mujeres que han padecido estos acosos manifiestan que ya no se sienten las mismas después de esta experiencia; también se da la pérdida de confianza en sí mismas, pérdida de espontaneidad en la relación con el otro sexo, el no poder vestirse con libertad, el no poder tener una relación normal y de compañeris- mo en el trabajo. Además de todo esto, otro de los problemas más graves con los que se encuentran estas mu- jeres es el de verse incapacitadas a denunciar- lo. Primero porque hay muy poca acogida, muy poco apoyo en las empresas para recoger las denuncias, porque hay muy poca credibi- lidad y muy pocas posibilidades de que las mu- jeres se acerquen a los jefes de personal para poder contar estos casos. También incide to- do esto en la vida personal y familiar de las mujeres, quienes se ven muy incapacitadas de llegar a casa y contárselo al marido o al pa- dre o al hermano porque temen que esto tras- cienda a la empresa y se organice un escánda- lo. Todo tiene unas consecuencias bastante de- sagradables para las mujeres porque se ven cortadas por todos los lados. (Declaraciones hechas a la cadena SER, 13-1-88) 23 Lo más grave son los trastornos psicológicos

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¡Area Crítica crece! 8 números al año Al desaparecer «Historia Crítica», por problemas de distribución, hemos decidido publicar en «Area Crítica» dos números extras al año para tocar con mayor rigor y profundidad algunos temas más candentes y de la actualidad nacional e internacional. El próximo extra estará dedicado a la «perestroika» de Gorbachov. Si deseas recibir algún número atrasado de «H. C.» puedes pedirlo al Apartado 18.085 + 28080 Madrid N.* 1 N.* 2 N.* 3 IRAN: La El País: Un CHINA: Reto La II Guerra revolución tigre de papel al futuro Mundial de Jomeini SUSCRIBETE A «AREA CRITICA» BOLETIN DE SUSCRIPCION Precio de suscripción anual: Estado español: 2.000 Ptas. Extranjero: 3.000 Ptas. Formas de Pago: Enviando talón nominativo o giro postal a AREA, S.A. Apartado de correos 18.085. 28080 Madrid

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La mujer agredida recibe además, en muchas ocasiones, el rechazo de la sociedad, que la acusa de haber provocado el ataque salvaje LA VIOLACION: EL CRIMEN MACHISTA El 6 de julio de 1988, los vecinos de una casa de Espluges (Barcelona) escucharon unos gritos espantosos de mujer que provenían del aparcamiento. Allí, envuelta en un gran chardo de sange, quedó tirada María Rosa Cañamares Subirats, una peluquera de 33 años, a la que habían intentado violar, y a la que el agresor, Manuel Rojo Rodríguez, 21 años, asestó 13 puñaladas en el pecho. La juez que levantó el cadáver señaló en el sumario «la cara de sufrimiento que tenía la víctima, que estaba totalmente indefensa después de haber sido forzada L marido de la víctima, Emilio E Salas, afirmó que conocían al asesino, sólo de vista, porque era un vecino de la misma calle al que veían con frecuencia, pero sin más relación. Los padres y la novia de Rojo mostra- ron al juez «su sorpresa por los he- sexualmente». chos», sin poder dar ninguna explica- ción que diera alguna lógica al crimen. El propio Rojo, «nervioso y cabizba- jop ante la juez María del Mar San Bus- to, se negó a dar ninguna excusa a su horrible crimen y sólo dijo que un mes 27 y medio antes había sido operado de fi- mosis y que «hubiera sufrido dolor de haber violado a María Rosa». La juez está convencida, sin embargo, que Ro- jo preparó con mucho tiempo y preme- ditación la violación de la joven pelu- quera.

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La violación, el crimen machista Este es un caso que podriamos llamar típico en los casos de violación: hom- bres teóricamente normales que atacan, sin razón aparente, a mujeres normales, a las que atacan con verdadera saña, Co- mo si se tratasen de animales salvajes. Cualquier otro caso de delincuencia parece tener algún motivo. Los droga- dictos pueden llegar a comportarse de una manera parecida con débiles vícti- La tolerancia con los * agresores sexuales $ Los hechos sucedieron hace dos años, en un Instituto de Formación Profesional. Al- gunas chicas estudiantes del citado Centro se quejaban y estaban muy angustiadas de que en numerosas ocasiones habían sido molestadas y se había abusado sexualmen- te de ellas por parte de un conserje y un bedel del Instituto. Decían que cuando pa- saban junto a alguna de estas personas O bien les metían el palo de la escoba entre las piernas, o cuando llegaban tarde a clase y aprovechando que estaban solas les toca- ban los pechos, les decían cosas groseras e incluso en alguna ocasión les habían dicho que querían hacer el amor con ellas. Las chicas, en vista de la situación se reu- nieron con sus compañeras-os de clase y to- dos ellos hicieron un escrito denunciando los hechos (50 firmas más o menos). Todo esto se puso en conocimiento del Ministe- rio de Educación y después de mucho pen- sárselo denunciaron lo sucedido. Los agre- sores, por supuesto, seguian en el centro y realizando las mismas agresiones contra las chicas. Al Juzgado comparecieron 7 perso- nas implicadas en los hechos y declararon confirmando la denuncia presentada; igual- mente acudieron los individuos y dos les- tigos a su favor. Las chicas querían que de los hechos tu- vieran noticias en otros centros y que se en- terasen de lo que sucedía en el Instituto; que los responsables fueran relegados de sus funciones y no fueran a trabajar a nin- gún centro de esas características. Estaban avaladas por sus compañeras-os de clase que sabían lo sucedido. Las chicas en par- ticular tenían miedo de plantarles cara ellas solas a los agresores y si alguna vez lo ha- bían hecho, los tipos les decían que no pa- saba nada, que únicamente eran cariñosos con ellas y que estas eran unas estrechas. Durante todo el proceso las chicas, sus familias y los componentes de la” Asocia- ción de Padres del Instituto fueron amena- zados por los agresores. Al final y después de muchos recursos, el asunto fue archivado y los individuos mantuvieron su puesto de trabajo, sin cas- tigo, siendo trasladados a otro centro simi- lar. «Con mi hija hag Yolanda está separada hace 4 años, y tiene una niña de 4 años que vive con ella, durante todo este tiempo el padre se ha llevado a su hija a pasar los fines de semana a su casa, en cumplimiento del régimen de visitas. Un día, cuando Yolanda y su hija es- taban viendo la televisión, sacaron es- cenas de pederastas (hombres que se acuestan con niños) y la niña le dijo a su madre que esas «cosas» se las hacía también su papá. La madre, muy preo- cupada, se puso en contacto con varios psicólogos para que examinaran a su hi- ja, y todos coincidieron que en la men- te de la niña había episodios extraños en la relación con su padre, que estaban afectando a la personalidad de la mis- ma y que ella no quería contarlos pues estaba presionada y se sentía culpable. La madre, como es lógico, muy preo- cupada decidió investigar y buscar prue- Un violador de San Fermín Asun, un día de Sanfermines había quedado con sus amigas en un bar, como no aparecieron deci- dió volverse a casa, por miedo a estar sola por la noche. En el bar donde estaba esperando, se le acer- có Pedro, quien viéndola sola entabló conversación con la misma, ofreciéndose a llevarle a su casa en el coche. Asun, viendo que Pedro tenía buena pinta y que era de Pamplona, le dijo que sí y dónde vivía, se montó en el coche confiada y de repente, éste se desvió de su camino, llevándola a un lugar oscuro y solitario a las afueras de Pamplona, le obligó a golpes a que se bajara del coche, en esta situación la desnudó y después de un forcejeo la violó. Más tarde le amenazó con que si le denunciaba no pa- saría nada, ya que era policía. La obligó a mon- tarse en su coche y le subió a Pamplona; Asun en- tretanto y dentro del coche intentó quitarle las lla- ves de contacto y viendo que rio lo podía hacer se tiró del coche en marcha, reteniendo no obstante la matrícula del vehículo y las características del mismo. Hizo señas a un taxi para que parara, pi- diéndole al taxista un papel y boligrafo para apun- tar la matríciula con la indicación de que la llevara a comisaría para denunciar los hechos. Transcurridos bastantes días, Pedro, empresa- rio pamplonés, fue detenido, hubo dos reconoci- mientos por parte de Asun en los que sin lugar a dudas dijo que era el individuo que la había viola- do y después un careo en presencia judicial en el que el agresor, como es normal, negó los hechos. Después de muchas tramitaciones, recursos y... mu- chas presiones dada la naturaleza del agresor, la justicia archivó el asunto por falta de pruebas. Después y para limpiar su «buen nombre», Pe- dro interpuso querella contra la Coordinadora Fe- minista por haber hecho pintadas, denunciando la violación... es decir, sacando a la luz esta agresión. Por suerte otro juzgado no dio trámite a la quere- lla de Pedro, pero en la actualidad el agresor sigue en la calle, trabajando normalmente y con la ca- beza bien alta. 28 $

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) que quiero» bas. Cuando la niña le relataba lo que hacía con su padre, grabó una cita: ju- gaban a médicos, su padre le tocaba, la besaba, y hacian aquellas cosas que ha- bían visto en la película de la televisión. Yolanda, en vista de esto, decidió de- nunciar los abusos deshonestos realiza- dos a su hija por el padre, que se le qui- tara a éste la patria potestad y el régi- men de visitas. Presentó todos los infor- mes psicológicos, la cinta y todas las pruebas con respecto a los hechos. Al final el Juzgado estimó que no ha- bía pruebas suficientes para considerar los abusos deshonestos del padre hacia su hija, no le quitaron la patria potes- tad ni el régimen de visitas y el agresor tiene derecho a llevarse a su hija los fi- nes de semana, vacaciones, etcétera. (Extractos Mujeres de Coordinadora Feminista de Navarra) recuerda la asesina, Isabel Tejerina. masa de la droga. Más claro es el caso de la delincuencia contra la propiedad, sea para conseguir droga, para su interés personal o para comer. anas, pero existe esa «excusa» Un estudio sobre violaciones realiza- do en Chicago en 1971 por Menachem Amir, contradecía las excusas más ma- chistas que hablan de «obcecación del macho», el típico «no se pudo aguan- tar» o la locura pasajera. Según Mena- chem Amir (ver «Vosotros los machis- tas sois los terroristas», publicado por «España Crítica», número 16), la ma- yoría de los intentos de violación son planificados, preparados; no son hechos espontáneos e impulsivos, como se quie- re hacer creer a veces por la defensa del agresor. La víctima de la violación de Esplu- gues conocía a su asesino, seguramente hablaba con él y no esperaba ningún ti- po de violencia. No se trata del caso del violador que acecha en el callejón a su víctima, como intentan presentarlo ÑO” Y ME HE QUEDADO MUY TRANQUILA» tardó la asesina en 5 hachazos a su violador 29 siempre los medios de comunicación, tratando de destacar lo extraordinario o insólito del caso. Por lo contrario, la mayoría de las cerca de un millón de agresiones sexuales que se producen anualmente en España, provienen de amigos, maridos, padres, hermanos y otros hombres cercanos. Esto indica que la violación está ínti- mamente ligada al machismo social, a la idea del poder machista que, poco o mucho, está dentro de todos los hom- A Mirentxu le da igual morir Mirentxu, mujer joven casada y con tres hijos volvía de noche después de haber es- tado con unas amigas, cuando fue aborda- da por un individuo que le pidió fuego; ella no fuma y se lo dijo, a lo que el hombre le contestó que aunque no tenía fuego te- nía otras cosas. Tras agarrarla fuertemente (incluso perdió los zapatos en el forcejeo) le condujo a un lugar descampado, solita- rio y cercano a donde le había parado. Una vez allí le pegó varias veces y con fuerza le tiró al suelo, donde tras pegarle de nuevo con una piedra porque Mirentxu se resis- tía, empezó a tocarle los pechos y todo el cuerpo. En vista de que el tipo no se exci- taba, le obligó a chuparle el pene y después de transcurrido bastante tiempo en esta si- tuación (Mirentzu estaba vomitando), le pe- netró vaginalmente y con brutalidad. La mujer durante todo este tiempo y mientras estaba siendo violada tenía la sensación de que el agresor la iba a matar. Una vez ocu- rrido todo, le robó las joyas, el dinero que llevaba, toda la documentación y se fue tras amenazarla. Es necesario decir que Mirentxu es una mujer menuda, de poco peso y con poca fuerza, y que el violador es un hombre de unos 125 kilogramos de peso, 1,90 6 2 me- tros de estatura, con pelo lacio hasta los hombros, entradas en el pelo, ojos hundi- dos, labios carnosos y barbilampiño. Ella denunció los hechos y a pesar de es- tas especiales características no ha sido de- tenido. Durante varias semanas Mirentxu recibía llamadas telefónicas del agresor en las que no le decía nada, pero ella no se atrevía a salir de casa. Desde que sucedieron los hechos a la mu- jer le ha cambiado su vida. El marido no sabe comprenderla y no quiere ayudarla, haciéndole la vida imposible; se ha inten- tado suicidar, está todo el día tomando tranquilizantes; se le estuvo cayendo el pe- lo; infecciones vaginales, aparte de insom- nio, pesadillas cuando consigue dormir, miedo... El agresor no ha sido detenido y a Mi- rentxu le da igual morir.

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La violación, el crimen machista bres por su educación. La concepción, popularmente aceptada entre los hom- bres (incluidos los maridos, padres y hermanos de la víctima) de que «la mu- jer es la que provoca al hombre» y que los delitos de violación sólo afectan al honor familiar, demuestra que la vio- lencia sobre la mujer sigue siendo vista bajo ese prisma de poder machista. En 1976 se producía, según el FBI, una denuncia por violación cada nueve minutos en los Estados Unidos, cifra que aumentaba progresivamente. En 1981* hubo en París 5.786 violaciones decláradas (más de 15 al día), 6.272 al año siguiente. En Madrid, sólo se reco- nocen oficialmente una violación al día. Se calcula que por cada caso que se de- nuncia existen otros cinco o seis que per- manecen ocultos en el «honor familiar». De día, uniformados; de noche, incontrolados Por si no había quedado suficientemente clara la implicación de las FOP en la ola de agresio- nes y violaciones que están sacudiendo Euska- di en los últimos meses, un guardia civil adscri- to a la locaidad de Bermeo ha sido identificado como el autor de una violación a punta de pis- tola de una joven, menor de edad, de la misma localidad. Los hechos se produjeron en el interior de un coche Renault 12, propiedad del mencionado guardia civil, poco después de haber cogido a la joven y a una amiga suya que hacían auto- stop a la salida de cercano pueblo de Munda- ka. Ante las protestas de las dos muchachas, tras detener el coche y comenzara a abusar de una de ellas, el violador esgrimió una pistola dicien- do: «Las balas salen por aquí muy de prisa». Acto seguido consumó la violación de una de ellas. El citado Renault 12 fue reconocido por la víc- tima estando aparcado a las puertas del cuarte- lillo de la Guardia Civil y junto con su madre fue a denunciar el hecho al sargento del puesto, el cual llamó inmediatamente al dueño del ve- hículo que, según la narración posterior, «pali- deció al reconocer a la joven». El miércoles día 16 se celebró en Bermeo una manifestación de protesta convocada por la to- talidad de partidos políticos, sindicatos y aso- ciaciones populares, a la que acudieror» 5.000 personas. La manifestación transcurrió con nor- malidad hasta que el cortejo pasó por delante del cuartelillo, donde arrecieron los gritos con- tra el presunto violador y la Guardia Civil. Un oficial salió y ordenó la inmediata disolución de la manifestación. Al manifestarle los organiza- dores la imposibilidad de llevar esto a cabo, la Guardia Civil, que había sido reforzada con efectivos de otras localidades, procedió a disol- ver brutalmente a los manifestantes, resultando varios heridos y efectuando 13 detenciones. Marta Brancas Este comportamiento machista gene-* ralizado no sólo incita más a los viola- dores, cuyo número no hace más que aumentar en la sociedad capitalista, ani- mados además por las «provocaciones» de la publicidad, del desnudo femeni- no, presentado como un objeto de con- sumo más, sino que «ayuda» luego a los agresores que son detenidos y en último extremo, juzgados. La víctima es, final- mente, la que sufre la violación y el re- chazo social. Tal fue el caso de María de los Ange- les Montero, que trabajaba como enfer- mera en Tomelloso (Cuenca), cuando sufrió el 13 de febrero de 1985 un in- tento de violación por parte de un com- pañero de trabajo, el practicante Tomás Coronado Sánchez Rey. «Me han tratado peor que a un ani- «Me han convertido en una inválida. Aquel día perdí mi felicidad, mi casa, mi trabajo, todo», afirma María de los Angeles, que vive hoy en Cuenca con su marido y sus tres hijos. Las heridas que se produjo en el forcejeo tardaron 13 días en curar, pero lo peor fue el shock psicológico y el verse tan desamparada frente al poder machista de la sociedad. La policía, los jueces y en general to- dos los que tienen que intervenir en el caso de una denuncia sexual, tienen esa misma mentalidad machista, agravada por el uso del poder. El gobierno acaba de montar unas «comisarías de muje- res» para tratar de contrarrestar las crí- ticas de la opinión pública contra la po- licía. La jefa del grupo de Barcelona, María Luisa Pajares, 29 años, recono- cía que «las denuncias no prosperaban La policía contra las mujeres que luchan por sus derechos. mal, contaba Angeles a los periodistas. Los jefes no hicieron nada por aliviar- me el trauma psicológico de tener que seguir trabajando donde habían trata- do de violarme. Pedí el traslado a otro centro de la Seguridad Social y me lo de- negaron. Perdi mi trabajo por negarme a volver a trabajar en Tomelloso». En cambio, el agresor, condenado a cinco días de arresto menor y 39.000 pe- setas de multa, sigue trabajando como si no hubiera pasado nada, el cinismo machista le protege. 30 porque el agente de turno se mostraba incrédulo ante el testimonio de las mu- jeres». En España se tramitan actual- mente unas 16.000 denuncias por ma- los tratos al año. Mercedes González Díaz se libró de ser violada el 7 de diciembre de 1987 gracias a que tenía la menstruación. Era de noche y se le pinchó la rueda del co- che cerca de Monforte de Lemos (Oren- se). Ya de día, tras dormir en un bar cer- cano, intentó poner el coche en marcha, pero se había quedado sin batería. El

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Las mujeres exigen castigos ejemplares para los violadores, cada vez más frecuentes en España. conductor de un «Land Rover» se ofre- ció a llevarla al pueblo, pero enseguida se desvió e intentó violarla. «Me rom- pió la ropa, trató de bajarme la faja y me dijo que era una puta». Cuando puso la denuncia en el cuar- telillo «la Guardia Civil se negaba a creerme al principio y llegaron a decir- me que eso me pasaba por andar por ahí de noche. Me hicieron parecer como una fulana». Mercedes no ha consegui- do todavía una copia de la denuncia que entró en el Juzgado de Quiroga (Oren- se). El escepticismo de las mujeres ante la «justicia» machista tiene su explicación, ya que en la mayor parte de los casos, las denuncias acaban siendo archivadas «por falta de pruebas», debido a las di- ficultades que existen, y que ponen policías, jueces y médicos, para buscar pruebas definitivas. El proceso judicial se convierte, en la mayor parte de los casos en una nueva violación ideológica de la mujer, que tiene que pasar por toda una serie de pruebas desagradables, desde la explo- ración médica hasta las consabidas pre- guntas del tipo de «¿usted se resistió a la violación?». Pepi, una joven de Alcobendas (Ma- drid), que fue violada el 17 de abril de 1984, recuerda todo este capítulo judi- cial «como un verdadero calvario», y al final su agresor fue absuelto por falta de pruebas: «Mi abogado Juan Manuel Lara ni siquiera se presentó al juicio y encima me reclamó 116.000 pesetas de minuta». «Para que haya pruebas de verdad, dice una joven que tuvo que pasar por esta increíble experiencia judicial, ten- drías que ir al juez con un ojo en la ma- no y sin lavarte siquiera, directamente desde el lugar de la violación». Un caso típico del comportamiento machista de los hombres que mandan y gobiernan, fue el protagonizado en abril de 1988 por el gobernador civil de Cádiz, el psoísta Mariano Baquedano, que calificó a una mujer jerezana, ma- dre de dos niños, asesinada en la carre- tera de El Puerto a Jerez con un pun- zón, de llevar una «vida muy liberal», aludiendo al hecho de estar separada y haber sido vista en compañía de algu- nos amigos. Baquedano, al que los obreros del as- tillero de Puerto Real apodaron como «El Toro», juzgó antes a la víctima, la mujer, que al asesino, que no ha sido descubierto. Por cierto que Baquedano está separado de su mujer y mantenía relaciones con una juez de El Puerto de Santa María, sin que nadie definiese su comportamiento o al de la jueza, como «liberal». Precisamente en un pueblo gaditano, Bornos, ocurrió una violación colecti- va de una joven eibarresa, Concepción Fernández, por parte de doce chavales, entre 12 y 20 años. La joven tuvo que ser internada en el hospital psiquiátri- co de Puerto de Santa María. Los cha- vales alegaban que ellos se «habían aprovechado de la situación» y uno de ellos decía: «yo sólo estuve cinco minu- tos con ella». 31 Un violador en libertad Lupe es una joven de 18 años. Después de ha- ber estado un sábado bailando con sus amigas, en una discoteca de la ciudad, al regresar a casa y después de despedirse de éstas observó cómo un individuo joven la seguía, a lo que Lupe aligeró el paso y el agresor también. Al llegar al portal de su casa y cuando estaba metiendo las llaves, Francisco Javier que se encontraba detrás sostu- vo la puerta y entró al portal, donde tras taparle la boca para que no gritase la llevó hacia el hue- co de las escaleras, donde se encuentran las cal- deras. Durante todo el tiempo le tuvo a la chica con la boca tapada y a empujones la tiró al suelo, don- de la violó brutalmente, amenazándola de muer- te si denunciaba los hechos, robándole después el dinero que llevaba. Lupe denunció los hechos y a los pocos dias fue detenido el violador y reconocido por ella (Fran- cisco tiene antecedentes penales de haber robado ropa interior de mujer en un establecimiento, y antecedentes psiquiátricos desde niño). Tras un pe- ríodo de permanencia en la cárcel fue puesto en libertad. En la actualidad el Juzgado ha sobreseído el ca- so, ya que estima no haber indicios de criminali- dad en el agresor, decisión que está recurrida. Hay que decir que la mujer en los interrogato- rios judiciales fue preguntada por cuestiones que nada tenían que ver con su violación: (si usa mé- todos anticonceptivos, si tiene novio, si está em- barazada...) y que supusieron para ella una vio- lencia terrible, ya que tenía la sensación de ser ella la culpable de que le hubieran violado, o bien, que la violación había sido un montaje para poder abortar.

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La violación, el crimen machista Los abusos sexuales en casa Las opiniones coinciden a la hora de señalar que los abusos sexuales y las violaciones cometidas contra una mujer por los padres u otros parientes dejan enormes secuelas. En la mayoría de los casos las relaciones sexuales y afectivas de estas mujeres no podrán desarrollarse ni libre ni satisfactoriamente. Siempre estará presente el recuerdo, la repugnancia y el miedo. El miedo ante una posible repetición de la trágica experiencia, no sólo sobre ella misma sino también sobre sus hijas Asún, una mujer de 37 años (a la que conocimos en un piso para mujeres separadas y maltratadas, organizados por un grupo de mujeres de Rekalde) nos contaba su propia experiencia y su situación actual. Asun, en ningún momento describe el tipo de abusos sexuales que sufría por parte de su padre. La vergilenza a relatar esas angustiosas situaciones es algo que también persiste aún después de muchos años. — ¿Nos puedes contar qué ambiente había en tu casa? —Siempre había un revuelo terrible, una tensión continua, mi padre era un * alcohólico —y lo sigue siendo—, en fin, un ambiente con graves problemas. —¿Antes nunca pediste ayuda a otras personas? - —Se lo dije a mi madre, le dije que o solucionaba el problema o me iba de casa. Pero ella no quiso —o no pudo— solucionarlo. También consulté a un abogado, éste me dijo que yo tenía prue- bas muy graves, pero no fui capaz de seguir adelante. Llegué a estar con un médico, éste me recetaba calmantes por- que yo estaba muy nerviosa. Yo le de- cía cómo me trataba ese señor —o sea mi padre—, y de vez en cuando le da- ban un toque, pero la verdad es que pa- saban bastante de él. —¿Qué médico era? —Eran médicos... Son médicos de una organización estatal. Sabían lo que yo tenía encima, pero... —Antes nos decías que tu madre no pudo o no quiso solucionar el proble- ma, ¿por qué piensas tú que actuó así? —Yo creo que mi madre tenía mie- do, mucho miedo; como muchas muje- res, miedo a quedarse sin la pensión del marido, a quedarse solas con la carga delos hijos, a no estar protegidas. Hay muchísimas mujeres que están en esta situación, que tienen hijos pequeños y tienen un miedo terrible. Eso era tam- bién lo que le pasaba a mi madre. —¿Tu padre maltrataba a tu madre? —Pegar no. Pero verbalmente, insul- tarle e insultar a sus hijos —que para ella era terrible—, eso sí lo ha hecho. Pero mi madre no lo ha denunciado nunca. —¿Ahora tu madre sigue viviendo con él? —No, hace algo así como 8 años que se separó de él, que decidió enfrentarse a él. Ahora trabaja limpiando portales. — ¿Por qué crees que era así? * —Mi abuelo dijo un día, que lo que le pasaba a Alfonso —o sea mi padre— era que estaba enamorado de mí. Y bue- no, eso es un problema médico. En Galicia y Canarias es donde más incestos se producen CIEN PADRES VIOLAN jer ha retirado la demanda que había presentado contra su marido por abu- sos sexuales y malos tratos a sus hijas. Este hombre, ahora en libertad y sin cargo alguno en contra suya, acostumbraba emborracharse y abusar de su hija menor, de ocho años, y del hijo mayor, de once. La madre, harta, presen- tó una denuncia, pero la ha retirado porque según explicó al juez «he perdonado a mi ma- R ECIENTEMENTE en Valencia una mu- _rido», según publica Carlos Matías en «Inter- viu» (26-8-87). Se ignoran las consecuencias psicológicas del trauma vivido por los niños, mientras que el padre puede volver a las an- dadas. Según la Asociación de Asistencia a Muje- res Violadas, «en Galicia y Canarias es donde más incestos se producen. Son zonas pesque- ras y rurales, donde el padre de familia o los hermanos mayores permanecen largo tiempo fuera de las casas en alta mar o en el campo, y el varón que queda en el hogar se aprovecha para violar a las hijas o hermanas menores, que son las más indefensas». En ciertas aldeas montañosas gallegas y asturianas, el incesto puede llegar a ser visto como algo «normal» en una familia, cuando la madre ya está en- trada en años y carnes y el padre desea satis- facer sus ansias sexuales con una de sus hijas, más joven y apetecible. Este es el caso de Elena, 26 años, que esca- pó de su casa por tal motivo y que a pesar de ser medio analfabeta ha logrado abrirse cami- no como vendedora ambulante por ciertas co- marcas levantinas. «Al cabo de los años me he reconciliado con mi familia. Les escribo, in- cluso a veces vienen a verme —cuenta ella— 32

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—¿Nos podría decir por qué una per- sona aguanta o soporta los abusos se- xuales de su padre? —Yo creo que son muchos los moti- vos, pero intentaré explicarte mi caso concreto. Cuando yo era una cría, la so- ciedad era bastante diferente que aho- ra. Había que acceder a lo que decía el padre por decreto ley; asi lo decán los mandamientos y todas esas historias, Por otra parte a mí me daba mucha ver- gúenza decir lo que me hacía mi padre, tienes una idea de que tu padre es, yo qué sé... no sé. No era que yo le quisiera. Sino por- que aqní me daba mucha vergiienza de- cir que mi padre... Me parecía tal mons- truosidad decirlo; o sea, que me parecía que igual me castigaban a mi. Estaba en un colegio de monjas, encima de las po- bres (yo era la pobre, no las monjas) y yo tenía miedo y mucha vergiienza. Yo la primera vez —ya de mayor— que me atreví a hablar con mi padre de este te- ma, me pegó. Fue la primera vez que me pegó. : —¿Qué fue lo que le dijiste? —Le dije cómo había sido capaz de hacerme las cosas que me hacía de pe- queña; que si no se daba cuenta de lo que podía sufrir una persona, una hija con eso. Y luego empecé a gritar, a in- sultarle. —¿Ahora estás casada? —Tuve un compañero, pero no me casé porque tenía mucho miedo, era un miedo siempre presente a que se repitie- ra la historia. Estaba con mi compañe- ro, salíamos juntos, nos acostábamos, nos llevábamos bien. Pero de ahí a la convivencia, a casarte, a mí me daba mucho miedo. Me daba tanto miedo que para que no me siguiera —porque quería casarse conmigo cuando me que- dé embarazada— me fui a Londres. IN — ¿Cuántos años tiene tu hija? —Tiene 15 años. — ¿Has hablado alguna vez con ella de lo que te ocurrió? —Y o creo que ella no se da cuenta del alcance del problema. Ahora está pa- sando una etapa muy difícil. Yo creo que elude esto y yo prefiero no contár- selo, porque es demasiado para una cría de 15 años asimilar que su abuelo es lo ' que es. Además es la única figura mas- culina en su entorno familiar con la que ha tenido algún trato. —¿Tú ahora te sientes amenazada? —No, yo no, porque no veo para na- da a mi padre y además no quiero sa- ber nada de él. Mi madre es diferente que yo. Todavía me sigue diciendo «vete a ver a tu padre», pero, ¿con qué cara miro yo a ese hombre que me hizo lo que me hizo? Ya fuera de la entrevista, Asun nos sigue contando: «Yo para relajarme me pongo a leer, o me meto en la cama, pienso un poco porque aunque hoy no me siento amenazada, aquello ha dejado huella. Yo no quiero caer en malos ro- llos, estoy con un psiquiatra hablando del tema... A veces no puedo hacer fren- te a todo el trabajo físico que tengo. Cuando se tienen 37 años el cuerpo no aguanta como a los 20 y yo tengo que hacer de padre y de madre; tengo que atender a la casa y trabajar en 20 sitios, limpiando para conseguir un piso... yo quiero una relación afectiva maja y lle- var una vida equilibrada.» US HIJAS CADA AÑO y parece que se han acostumbrado a que viva mi vida por mi cuenta. Pero para estos casos siguen pensando igual, cuando me visitan es mi madre la que me pregunta si he accedido a acostarme con mi padre, como si fuera lo más natural.» Peor suerte ha corrido Raquel, de 28 años, , gallega e hija de una mujer soltera. «Mi ma- dre se casó luego con otro hombre, que me te- ría tirar cuando cumplí los 13 años.» Raquel ejerce ahora la prostitución en Madrid. Datos de la Secretaría Técnica de Fiscalía General del Estado revelan que, mientras en 1984 hubo seis procedimientos judiciales me- nores por abusos sexuales de padres a hijos, en 1985 se produjeron quince. Hubo 707 dili- gencias previas en 1984, frente a las 1.205 de 1985; se abrieron 118 sumarios urgentes en 1984 y 125 en 1985, y otros 420 sumarios con carácter ordinario en 1984, frente a los 422 de 1985. Por su parte, la Jefatura Superior de Po- licía tiene registrados 1.195 casos de violacio- nes durante 1985 y 1.279 en 1986; por abusos deshonestos en 1985, la policía intervino en 1.582 casos, frente a los 1.819 del pasado año. Hay también 800 casos registrados de escán- dalo público en 1986, y 939 en 1985: 82 deli- tos de estupro en 1986, ante los 68 conocidos en 1985; 121 raptos hace dos años y 84 hace uno; 264 delitos de proselitismo en 1985, frente a los 298 de 1986, y 110 casos de corrupción de menores en 1985, ante los 92 producidos en 1986. «No tenemos registrados incestos —señala José Antonio Linares, de la Jefatura Superior de Policía de Madrid— porque no es- tán tipificados como delito en nuestro orde- namiento jurídico.» 33 La familia puede llegar a considerar normales las violaciones de los hijos

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La violación, el crimen machista En Almería, un 10 de agosto de 1987 Quien y por qué mataron a Ana Lirola L 10 de agosto de 1987 apareció en un E cañaveral de El Ejido (Almería) el cuerpo de Ana Lirola, violada y ase- sinada de un hachazo. Comenzaba así una in- críble historia donde se reúnen todas las ca- racterísticas de la España negra. La Guardia Civil tardó siete días en identi- ficar el cadáver a pesar de que la familia de Ana había denunciado su desaparición cinco días antes. Con 40% de temperatura su cuerpo se guardó en una bolsa de plástico. El forense llegó dos días después y no encontró ni una gota de semen, ni un pelo extraño, pese a que Ana Lirola peleó con sus violadores, según la autopsia. El dictamen médico sí comprobó que Ana no había tomado drogas ni alcohol. El juez titular estaba de vacaciones. «Es que tu hermana hacía mucho autoes- top», fueron todos los argumentos dados por la Guardia Civil. La familia de Ana comenzó a desconfiar de la forma de investigar desde un principio: «La zona donde se encontró el cadáver no fue acordonada. No cogieron ni una huella de automóvil. No utilizaron ni un Las actuaciones de los jueces y de la Guardia Civil son sospechosas perro. La investigación, según supimos, era en- tre los puticlubs y los ““camellos”” de El Ejido.» Ante tanta dejadez, pasividad, oídos sordos y ceguera tuvo que ser la misma familia quien se pusiera a recoger datos de los últimos días de la vida de Ana. Ellos encontraron testigos, el lugar donde vivían algunos sospechosos, ha- blaron con los arrendatarios, apuntaron decla- raciones y números de matrículas. Luego la in- formación se la ponían en bandeja al juez de turno —han sido cuatro jueces los que en cuatro meses se encargaron del caso, Jorge Ma- ría Benavides, Andrés Vélez, Jesús Saracho y Jesús Martínez—, y a la Guardia Civil. «Pero ya estamos hartos. Datos que damos a la Guardia Civil, a las horas están en la calle... Les dimos datos de amigos que vieron por última vez a Ana. Tardaron diez días en en- trevistarles.» Después de todo este calvario, la familia lle- gó a la conclusión de que «a la justicia hay que pagarle». Se gastaron medio millón de pe- setas en contratar al catedrático de medicina legal Luis Frontela para realizar una segunda 34 autopsia. 45.días después de la muerte de Ana se repitió el espectáculo macabro. Su cuerpo fue examinado en la cuneta de la carretera, porque el cementerio de Dalía no tiene ni luz, ni agua ni una pequeña habitación. La violación y la muerte de Ana Lirola es indignante; la mezquindad de la actuación de los jueces y la Guardia Civil, simplemente, ver- gonzosa, aunque no deja de ser algo a lo que ya nos tienen acostumbrados todo este tipo de «autoridades». Pero lo más triste de todo es que lo ocurrido a Ana no deja de ser tan sólo una muestra de otros muchos casos que están ocurriendo en Almería. Un lugar donde exis- ten 80 poblaciones sin luz ni agua; donde exis- ten como en El Ejido, unos ricos invernade- ros de plástico, donde acude un aluvión de gente para trabajar al precio que sea; un lu- gar de prostitución, suicidios y alcohol; de mu- cho Banco y pocos servicios sociales; un lu- gar, como lo describe una hermana de Ana Li- rola, que es «el Far West y el más tonto es el Sheriff». El horror del crimen y la falta de sensibili- dad de un pueblo sumido en la hipocresía de la cultura americanizada, individualizada y consumista, hizo reaccionar a la hermana de Ana, Isabel Lirola, que escribía en «El País» lo siguiente: Cuatro jueces y un asesino «Mientras cuatro jueces han visitado el Juz- gado de Berja, uno o varios asesinos están dis- frutando de la libertad, pensando quizá en co- meter un nuevo asesinato tan impune y salva- je como el cometido en la persona de Ana Li- rola. Diariamente, a través de los medios de co- municación, se nos informa de mujeres asesi- nadas, hombres, niños/as, que han sido agre- didos, violados, asesinados por gentes sin nin- gún escrúpulo ante la vida de los demás. Nues- tra capacidad de asombro se ve cada vez más reducida. Estos hechos me parecen de una gra- vedad extrema. Queremos que esos asesinos estén en la cár- cel. Han perdido no ya todos sus derechos, si- no su condición de personas, o como se les quiera llamar. ... Y aunque seguimos teniendo boca para protestar, la utilizamos cada vez menos. Ha te- nido que ocurrir un hecho tan aberrante para que me plantee hasta qué punto la pasividad de la gente de esta ciudad se me hace insopor- table.

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1 Ana Lirola tenía sus defectos como todos los que leéis esto —señalaba Isabel Lirola—; vivía en Dalias, pintaba y amaba la libertad, su forma de ser no traicionó su forma de pen- sar, y esto aún parece que molesta hasta tal punto que se ha distorsionado su imagen en la nota ofrecida por el Gobierno Civil a los medios de comunicación. Calificar de punk a una persona por llevar el peinado que le apetecía no es acertado. Exis- ten conceptos que se utilizan de forma erró- nea. Punk sugiere, a gran parte de esta pobla- ción inculta y carente de movimientos socia- les y culturales sólidos, algo fuera de la nor- ma, excéntrico y que no llegan a comprender. Es grave que un concepto sea mal utilizado por los medios de comunicación, pues de ellos la gente forma sus opiniones.» ¿Estamos ante un nuevo caso Almería? «Escribo estas líneas desde el dolor y la ra- bia que me produce el asesinato de mi herma- na Ana, en los primeros días de agosto y del que, a estas alturas, aún no sabemos quiénes son los asesinos, ni los móviles exactos del cri- men», afirmaba Francisco Lirola el 8 de di- ciembre de 1987 en una carta al diario «Egin». Y seguía: «Almería de los años sesenta —subdesarrollada, la de la emigración y la mi- seria, aislada, casi africana—, por arte del de- venir histórico, se transforma en los años se- tenta en la Almería del desarrollismo más pu- ro: del Far West pasamos a la electrónica,... ¿Cómo se produce este cambio? En la llamada zona del Poniente (Aguadul- ce, Roquetas, El Ejido y Acha, llevan la ini- ciativa) se ha descubierto un nuevo «Eldora- do». Su fuente de riqueza, el Invernadero. Multinacionales, banqueros, especuladores de todo tipo y gran número de parados y margi- nados de otras tierras, encuentran un lugar donde el dinero se consigue rápido y el bene- ficio al mil por uno. El vicio y la corrupción crecen a la par del progreso económico.» Para el hermano de la joven asesinada, «Al- . mería está de moda. Andalucía también, y Es- paña, por supuesto. Preparan el quinto cente- nario y las Olimpiadas para el 92. ¡Todo un espectáculo! Mientras tanto, ¿qué hacemos con los problemas? Los enterramos o dejamos que se pudran. Hay otra solución: que los re- suelvan ellos. ¿Quiénes son ellos? La moder- nidad, la revolución tecnológica, las multina- cionales o el imperio de turno. ¿A costa de qué? De lo que sea, aún a costa de hipotecar nuestro futuro y nuestra historia.» En su carta, Francisco Lirola apunta al fon- do social de nuestro país: «Nuestro principal problema, dicen, es el “terrorismo”, la OTAN o Gibraltar. En segundo lugar, la inflación, el IPC o la bolsa. Después, todos los demás. La droga, la marginación, el paro, la calidad de vida, etcétera, no tienen solución a corto pla- zo, dicen. Ana Lirola en El Ejido. El asesinato de Ana Lirola Aguilera, su muerte, no les interesa. ¿Por qué? Estas y otras preguntas se las hago a los poderes del Esta- do —Gobierno, poder judicial, policía, igle- sia, etcétera—, a los partidos políticos y a la misma sociedad. ¿Por qué callamos y cruzamos los brazos ante tantos crímenes y tantos atropellos hacia los débiles? ¿Sólo nos interesan los de los po- derosos y sus servidores? No podemos permitir que en un Estado que se autoproclama «de derecho», la injusticia campe por sus fueros. Hay que pedir respon- sabilidades a los culpables de tanta miseria. La sociedad, el pueblo, necesita defenderse de tan- tos atropellos. Podemos llegar a tal grado de insolidaridad que el proceso se haga irreversible. Aún esta- mos esperando la llamada de alguna autori- dad nacional, autonómica, provincial, local o responsables de algún partido político solida- rizándose con la familia. Estos casos no les interesa, no les preocupa demasiado, tienen cosas más importantes que hacer.» «Lo mínimo que debemos exigir —termina Lirola— ante estos casos es solidaridad y, so- bre todo, un pronto esclarecimiento de los he- chos que llevaron al asesinato de Ana. Debe- mos exigir justicia y castigo ejemplar para to- dos los culpables. Yo, hermano de la víctima, me pregunto: ¿Estamos ante un nuevo Caso Almería? ¿Quiénes y por qué asesinaron a Ana Lirola?» 35

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4 La justicia y otras soluciones No es suficiente con modificar las leyes, habría que cambiar la conciencia social Montse Escobar, abogada * Montse Escobar, abogada participante en «Las Jornadas contra los malos tratos a mujeres» celebradas el pasado mes de noviembre en Barcelona, opina que no basta con cambiar las leyes, sino que el mal está enraizado en la sociedad. Cree además que las mujeres desconfían, con razón, de la policía y de la justicia, lo que hace que paradójicamente las denuncias disminuyan a pesar de aumentar los malos tratos. ¿Los derechos reconocidos en la Constitución y las reformas hechas en los Códigos han conseguido mejorar en la práctica la situación de las mujeres maltratadas? No, en la práctica no, porque no es su- ficiente con cambiar las leyes, que está bien, que es un paso importante, pero a f la par de eso habría que cambiar toda la conciencia social. Hay una serie de jueces, fiscales, incluso también aboga- dos que no han hecho este cambio; es decir, no está compaginado el cambio de las leyes con el cambio de las personas que tienen que tirar para adelante estas * leyes. Entonces se hace muy complica- do que se pueda dar esa coherencia en- tre las leyes y las personas que están en- cargadas de hacerlas cumplir, por lo tan- to los derechos constitucionales siguen sin cumplirse. ¿Actualmente el porcentaje de denun- cias por malos tratos es muy elevado? No, es mínimo, precisamente aquí en estas jornadas lo hemos comentado. Por ejemplo, en Barcelona hubo una época en la que el porcentaje de denuncias ha- bía aumentado, pero como las mujeres ven que en estos casos la justicia casti-, ga muy poco pues se han desanimado. En este sentido comentábamos que sale más a cuenta pegar a tu mujer que apar- car mal el coche y es que económica- mente te cuesta más caro una multa ad- ministrativa que el delito de faltas que comporta pegar a tu mujer. Por otra parte en otras provincias, más de tipo ru- ral, ahora las denuncias están subiendo pero seguramente si no cambian las co- sas dentro de un año volverán a bajar; pero no porque hayan disminuido los malos tratos. ¿Esta disminución en el porcentaje de denuncias tiene algo que ver también con el trato que reciben las mujeres en comisaría? Eso es importante, sí. Es muy impor- tante el trato que se le dé en comisaría y como muchas veces incluso es vejato- rio, no funciona. Bueno, ahora ha ha- bido una circular, al menos en Barcelo- na se ha remitido, una circular interna para todas las comisarías que pide que cuando una mujer vaya a denunciar ma- los tratos se la aísle para que pueda ex- plicar lo que la ha ocurrido y pueda ha- cer la denuncia ante una mujer policía. Porque claro, lo que pasa muchas veces, los policías son los más machistas. Yo creo que el sentimiento machista en los policías es mucho más elevado que en otros cuerpos, aunque en todos los cuer- pos más o menos militares existe ese sen- timiento. Con respecto a los jueces, ¿cuál suele ser su actitud ante este problema de los malos tratos? Mi experiencia es que cuando vas al Juzgado de Distrito, sean hombres o mujeres —incluso nosotras destacába- mos el mayor rigor que tienen las mu- jeres a la hora de ser legalistas más que comprensivas con la situación de la mujer— puedes encontrarte con dos ac- titudes: cuando la pareja sigue convi- viendo, el de presionar a la mujer para ver si perdona al marido y pueda conti- nuar la convivencia normal y aquí no ha pasado nada —pero sigue pasando evi- dentemente y ha pasado—; en el caso de que la pareja se haya separado, enton- ces te miran todavía con peor mala cara porque dicen: «esta mujer lo que quie- re es conseguir una prueba para la se- 36 paración legal», o sea, no se entra a ver si ha habido realmente malos tratos, s0- lamente se piensa «ésta lo que quiere es tener una prueba e igual se ha inventa- do los malos tratos». Esa es la actitud de muchos jueces. Y en definitiva es un problema de ideología de los jueces. Aparte de enfrentaros a estas ideolo- gías, ¿qué otros problemas os encontráis a la hora de defender a una mujer que ha sido maltratada? El problema de todo proceso es la prueba. ¿Cómo demostrar ante un juez los malos tratos? Las lesiones produci- das normalmente ya se han disuelto cuando llega el momento del juicio. En España tenemos el problema de la prue- ba testifical, es decir, los testigos casi no sirven para nada, lo importante es la do- cumental. Entonces es muy difícil pro" bar muchas veces una serie de lesiones. Esto en el campo de las lesiones físicas. En el campo de las lesiones psíquicas aún es más complicado porque, ¿hasta qué punto puedes probar que tu mari- UN Esta mujer se atrevió a denunciar u su violador

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Manifestación de mujeres contra la pornografía. do te está amargando la existencia des- de hace tiempo? Ambas cosas son muy difíciles de probar en un juicio. Y si al final de este calvario consigues demostrar que han existido malos tra- tos, ¿son las sentencias favorables para la mujer? A nivel general, no. Porque la aplica- ción de determinadas penas que se vie- nen imponiendo en materia de malos tratos es volver a dañar a la propia víc- tima. Por una parte tú eres víctima de una agresión y la penalización que reci- mando alos periodistas al lugar donde trabajaba. be el agresor, en la mayoría de los ca- sos, es o arresto domiciliario en tu pro- pio domicilio, con lo cual tiene un nue- vo instrumento para castigarte o se le impone una pena de carácter económi- co que grava la economía familiar. En resumidas cuentas, es una tomadura de pelo. Parece que en definitiva se está po- niendo cercos a que tú denuncies las agresiones que sufres, y que la recibes dos veces, primero la recibes porque te pega y después porque las penas que se imponen al agresor recaen nuevamente sobre la víctima, lo cual es desde luego escandaloso. Otro aspecto que también denuncian con frecuencia las mujeres es el largo período de tiempo que hay que esperar para que se dicte sentencia o para que te concedan las medidas provisinales, ¿tú esto cómo lo ves? Realmente la justicia es muy lenta. Te puedes estar tranquilamente un año o dos esperando sentencia. La justicia es muy lenta en esto y en todo. Una vez dictada sentencia en el caso de que sea favorable para la mujer, ¿qué ¿posibilidades hay de que esto se lleva a efecto? Cuando hay sentencia, aunque ésta sea favorable para la mujer, es decir, que el marido tenga que pasarle una pensión alimenticia para los hijos o una pensión compensatoria para ella, la mujer sigue encontrándose en una situación muy di- fícil. Piensa, por ejemplo, en un ama de casa cuyo marido gana un sueldo super- bajísimo, de 60.000 pesetas. Este hom- bre no puede pasarle más de 25.000 pe- setas, con lo cual ni él ni ella pueden 37 Es mentira: No somos iguales En los últimos-años se viene insistiendo machaconamente desde el poder que aquí ya somos iguales hombres y mujeres. Cuan- do se les pregunta ¿de qué igualdad me ha- bla, señor ministro o señora directora del Instituto de la Mujer? Responden sin par- padeo, iguales ante la ley por supuesto, e inmediatamente echan mano del papel y comienzan a recitar como si de una poesía aprendida en el colegio se tratase: «La . Constitución española garantiza la no dis- criminación» y continúan: «Los españoles son iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación algu- na por razón de nacimiento, raza, sexo, re- ligión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social» (artícu- lo 14). «Todos tienen derecho a la vida y a la in- tegridad física y moral sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes» (artículo 15). «Todas las personas tienen derecho a ob- tener tutela efectiva de los jueces y tribu- nales en el ejercicio de sus derechos e inte- reses legítimos sin que en ningún caso pue- da producirse indefensión» (artículo 24/1). Y añade la señora Carlota, «precisamen- te para poner en práctica esta igualdad, ya hemos redactado el plan para la igualdad de oportunidades». Ya quedan claros sus planes. Se montan sus problemas de igualdad constitucional para, por un lado, quedar bien en sus dis- cusiones, salidas al extranjero, mesas re- dondas, etcétera, y por otro enmascarar y falsear la realidad. Tenemos después el otro lado de la mo- neda, la dura realidad cotidiana, los hechos ' crudos... y claro, eso ya es otro cantar. Es mentira, hombres y mujeres no somos iguales ante la ley, y menos aún ante la vi- da y esta desigualdad no se resuelve con formulaciones ni con eliminar tales o cua- les aspectos discriminatorios de la letra de la ley. La indefensión de la mujeres vícti- mas de la violencia machista es absoluta. Mujeres de Coordinadora Feminista de Navarra

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La justicia y otras soluciones subsistir con ese dinero. Te estoy hablan- do de las capas socialmente bajas, pero sucede también en esas capas medias, en las altas, claro, ya no. Esto es sólo un problema. Luego hay otros muchos. Por ejemplo, situaciones en que el uso del domicilio se ha atribuído a la mujer y no puede ejercitar ese derecho porque el marido no se quiere ir. Se conocen ca- sos en los que el marido incluso llegó a quemar el piso. Luego está el impago de las pensiones impuestas. Gente que tie-, ne un patrimonio muy alto pero que tie- ne la picardía de no tener hojas de sala- rio, de temer todos sus inmuebles a nom- bre de terceros. Y eso, ¿no podría calificarse como fraude a la ley? Claro, eso está clarísimo que es un fraude a la ley. ¿Y cuál es la actitud de los jueces an- te esto? Quedarse así, sin hacer nada, eso en la mayoría de los casos. ¿No tienen competencias para inter- venir? Cualquier juez, incluso un juez civil, tiene capacidad para imponer sanciones. Una de nuestras pretensiones, por ejem- plo, es. que los jueces realmente sean efectivos en sus resoluciones; que se les habilite para dictar sanciones aparte de las que ya tienen y no lo ejercitan. Ac- tualmente y sin aumentar la legislación sobre el tema, de oficio ya lo pueden ha- cer ellos. Pero no hay voluntad y tratan de justificar su poca voluntad diciendo que no hay medios económicos. En los casos más graves, como puede ser que una mujer esté amenazada o per- seguida por un marido con trastornos psíquicos o trastornado por el alcohol o la droga, ¿tiene algún tipo de protec- ción? Esa mujer no tiene protección de nin- gún tipo tampoco, pero en absoluto; y además es que cuando te viene una mu- jer con esa angustia y le explicas qué no se puede hacer nada es que no se lo pue- de ni creer. Porque es que además las amenazas que están recibiendo no son amenazas hechas en un momento de exaltación, en un momento en que di- cen «te mataré» como puedes decir cual- quier cosa, sino que son amenazas rea- les de gente trastornada y que además hay motivos claros para creer que esas amenazas se van a producir. Este es un terna que nos estamos encontrando mu- cho y en el que existe un vacio legal to- tal, una indefensión clarísima. Lo má- ximo que te puedes encontrar en esto es que en comisaría te envíen a buscar una orden a un Juzgado de Guardia para en 24 horas poder internar a esa persona. Pero el problema es que, claro, como es- tos son centros municipales y estatales al cabo de las 48 horas el tío ya está en casa y la mujer se vuelve a encontrar con el mismo problema. Las mujeres se sientan en el banquillo de ls acusad crimen. La fotografía fue tomada en el juicio de B Con la unidad de la familia hemos topado Sólo un 10% de mujeres presentan denuncia por malos tratos en nuestro país. ¿Motivos? muchos; pero quizá uno de los más importantes es cómo actúa la Jurisprudencia. Muchas mujeres consideran absurdo pasar por un calvario que empieza en las comisarías, que sigue en los tribunales y termina en los domicilios conyugales, mientras queda en el aire un ¿y para qué NA de las opiniones que se ofre- Jl cen para explicar la multitud de problemas, injusticias, trabas y abusos con los que se encuentran las mujeres a la hora de que se les aplique la justicia contra la violencia que sufren, es que se trata de una cuestión de crite- rios. Criterios, por supuesto, individuales, particulares, fruto de la existeneia toda- vía en este país de jueces y policías que aún mantienen una ideologia reacciona- ria y patriarcal. Realmente, cogiendo aislados caso por caso, sí que podría llegarse a la con- clusión de los criterios individuales pe- ro, al final, estos criterios son tantos que, o bien en este país la mayoría de los ha servido todo esto? miembros de las instituciones siguen an- clados en una mentalidad reaccionaria, o bien tendría que plantearse claramen- te lo que se oculta a sabiendas tras las individualidades. Unas individualidades uniformadas que insultan, menospre- cian o se ríen desde detrás de las mesas * policiales cuando una mujer va a pre- sentar denuncia; o esas otras que, des- de las salas de los tribunales, se dedican a opinar al tiempo que imparten justi- cia, dejando traslucir claramente el fon- do de la individualidad, como en el ca- so del juez de distrito de Santa Cruz de Tenerife, Francisco Vaquero: «En distin- tas ocasiones, me he visto obligado a no condenar a un marido que pega a su es- posa por las malas consecuencias que eso acarrea y porque los jueces somos” 38 humanos y nos damos cuenta que los malos tratos han podido desencadenar- se en un momento de obcecación por parte del agresor. En ocasiones, trata- mos de provocar el perdón de la parte maltratada y dar una oportunidad de que ese matrimonio llegue a un enten- dimiento beneficioso para ambos y pa- ra sus hijos». ¡Con la unidad de la familia hemos topado! «La familia que reza unida, per- manece unida», nos decían hace algu- nos años; hoy, el slogan no es muy airea- do, pero en la práctica, como vemos, se sigue reproduciendo de mil y una for- ma, esa unidad conseguida en base a que el hombre mantenga sometida a su mujer, maltratándola si es necesario. El sistema se ha encargado de darle la fa-

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s veces, por abortar, que los violadores por su 1983. cultad y la autoridad para ejecutar ac- tos de este tipo sobre quien le pertenece a los ojos de todo“el mundo. Y nada ni nadie debe interponerse. Hablar de criterios individuales, es querer tapar descaradamente la respon- sabilidad que policías, jueces y hasta las mismas leyes tienen en los sufrimientos de miles de mujeres. Todos forman parte de un engranaje, de un conjunto cohe- rente que sirve para proteger y defender los pilares fundamentales de una socie- dad. La familia es uno de ellos. ¿Cuestión de criterios? Sí, pero de Uno fundamental, general y único, el del conjunto del sistema en que vivimos. | . Virginia Sandoval Algunos casos de «humanidad» judicial —E.M.P., de 54 años, arrancando de las palizas, injurias y malos tratos de su marido, huyó de su domicilio y se refugió en casa de su hija. Inició juicio de sepa- ración. En él se acreditaron los malos tratos y que la esposa estaba enferma, ya que durante el juicio fue operada tres veces y hospitalizada por dos meses y veinte días. El juez dio lugar a la separación, pero concedió el domicilio conyugal al mari- do, no obstante habérsele expresado que la más necesitada era ella, —El marido de doña R.V. de B. la intentó matar agrediéndola con un hacha mientras dormía de noche en su lecho. Enferma de cólico y casi imposibilitada de andar con muletas. No le causó la muerte, pero de las lesiones tardó 110 días en curarse, quedándole como secuela una artrosis traumática en las articulaciones de los dedos índice, corazón y anular de ambas manos y una cicatriz de cinco cen- tímetros en el cuero cabelludo. El magistrado del Juzgado de Instrucción número 13, don José Antonio Cam- pa, en el auto de procesamiento, dio por establecidos hechos que no estaban acre- ditado de ninguna manera en autos, como que los esposos «mantenían frecuentes disputas» y que «sobre las tres de la madrugada, volvió a tener una pelea con su esposa en su domicilio y, saliendo a la terraza, cogió un hacha y con ella agredió a aquélla» y, con estas argumentaciones, se negó a calificar el delito de parricidio frustrado y lo procesó por lesiones. —E.E. intentó matar a su esposa dándole ocho puñaladas. Como declaraba «sólo se detuvo cuando vio que manaba tanta sangre de su cuerpo y me pareció claro que aquello era suficiente». En la revista Interviu declaraba más tarde: «Na- turalmente, lo que menos gracia me hacía era ingresar en la cárcel, en especial des- pués de que supe, a través de la prensa, que Antonia seguía viva». Todo fue por celos y el juez así lo comprendió. El fiscal pidió diez años de cárcel que cumplió en dos partes: tres años y medio de detención provisional y dos meses y medio despúes de la condena. —Martín Ortega asesinó a su esposa asestándole un golpe en la cabeza. Al com- parecer ante el Tribunal, se arrodilló ante el juez implorándole perdón y diciendo que nadie cuidaría de sus hijos si él fuese a la cárcel. Este gesto le valió que el Tribunal considerase los atenuantes de enajenación mental y de arrepentimiento espontáneo, por lo que le rebajó la pena a dieciséis años y a una indemnización para los tres hijos. —En Barcelona María Pilar Rodríguez, de 32 años, 1 uerta a puñaladas. Luis Teijelo, de 63 años, amante de la madre de María, fue acusado de asesinato. Los tres llevaban 20 años viviendo juntos y el asesino mantenía relaciones con las dos. Luis Teijelo pegó más de una vez a la joven por celos, por lo que ésta había hecho algunos intentos de marcharse del hogar hasta que Teijelo, temiendo per- derla, la apuñaló. Después de ser juzgado, el Tribunal sentenció la absolución por falta de prue- bas, cuando la culpabilidad era indudable. —P.M.L. llevó tres veces a su marido a juicio de faltas con lesiones que tarda- ron más de diez días en curar. En todos ellos, el marido fue absuelto no obstante estar acreditadas las lesiones. Se instó a un juicio de separación ante el Juzgado de Familia número 22 de Madrid. El marido alegó que las lesiones (las tres veces) se las causaba ella misma por- ,que sufría una psicosis depresiva. El juez aceptó la separación en atención a la enfermedad que la demandante padecía, pero le negó alimentos y el domicilio conyugal y la dejó en total desam- paro porque «decretar medidas en la práctica constituía un castigo para el mari- do». —-G.F. (defendida por la letrada Inmaculada González de Lara), denunció an- te el Juzgado de Instrucción número 9, que su marido la obligó a salir a la calle y la ofrecía a los transeúntes por 2.000 pesetas, mientras se masturbaba. Al no tener éxito, la violó él mismo. La amenazó de muerte si le denunciaba. El instructor consideró que, en caso de matrimonio, «no se podía hablar de violación a pesar de las circunstancias que concurrían». Archivó las diligencias. 39

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La justicia y otras soluciones ANTE LA POLICIA Ante la puerta de una comisaría, una mujer vacila. Lleya el parte médico en el que se certifica las lesiones que su marido le ha producido; los papeles están en regla, pero ella vacila... La policía en este país es algo que no inspira confianza... Al final se decide, no le queda más remedio que presentar denuncia si no quiere verse acusada de abandono del hogar. Ella, al fin y al cabo, no ha cometido ningún delito, va a recabar sus derechos. Se decide, pero su decisión se va a convertir pronto en s de destacar el trato poco co- E rrecto que reciben las mujeres cuando acuden a las comisarías a denunciar los casos de malos tratos y violaciones», opina Carmen Roney, pre- sidenta de la Asociación de Asistencia a Mujeres violadas de Madrid. Tan destacado es esto que el 90% de las mujeres que sufren malos tratos por su marido, se quejan de que en las co- misarías además de recibir mal trato por parte de los policías, muchas veces se tie- nen que ir de allí sin que les hayan reco- gido las denuncias. Elena Vázquez, una mujer de 33 años que tuvo que abando- nar su casa a las tres de la madrugada porque su marido la amenazaba con un cuchillo, relataba así su experiencia: «Fue humillante, realmente humillan- te... para mí fue un golpe muy fuerte el tener que abandonar a esas horas mi ca- sa porque mi marido me pegaba; usted no sabe lo poca cosa que se siente una cuando llega a una situación así, pero fue peor lo otro. A los cinco minutos de humillada. estár allí, en comisaría me sentí realmen- te como un animal. Los policías que es- taban de guardia, lo primero que me sol- taron fue: ¿y tú putita qué quieres a es- tas horas? Luego, al relatarles entre lá- grimas lo que me ocurría, comenzaron a reírse y a burlarse de mí, diciéndome que no les extrañaba que mi marido me pegara con la facha que tenía, que algo habría hecho y que más nos merecíamos muchas de nosotras... no sé si estaban borrachos pero escuché grosería tras grosería; cosas que, vamos, yo jamás hu- biera creído si alguien me lo cuenta, pe- ro me pasó a mí. Al final, escribieron algo, no sé el qué, pues jamás he inten- tado mover eso, me fui a casa de una amiga a pesar de que ellos me echaron de allí diciéndome que volviera a casa y que aguantara a mi marido y que, si no me gustaba el que tenía que me bus- cara otro.» Trabas, excusas vagas, insultos, ame- nazas, ofensas y toda una retórica de res- puestas irónicas como «señora, vuelva ; decepción, susto, impotencia y la certeza de estar siendo usted a su casa porque como su marido se entere todavía va a ser mayor la zu- rra que le va a dar», «no será para tan- to», «eso sólo son desavenencias pasa- jeras entre matrimonios», «señora, los trapos sucios se lavan en casa», «será que usted le provoca», «algo le habrá he- cho usted», «está en su derecho de pe- garle». Pero, incluso llegan a más dán- dose el caso de que el propio marido pe- gue a su mujer delante de la policía mientras éstos permanecen pasivos an- te tal atropello, como le pasó a una jo- ven en la comisaría de Santa Coloma (Barcelona). Separada de su marido des- de hace algún tiempo, aunque no legal- mente ya que el juez le había denegado por dos veces la separación por no en-* contrar motivos, se veía obligada a lle- varse al hijo de ambos cuando podía. El marido la denunciaba constantemente; en una de estas ocasiones se presenta- ron los dos en comisaría y el la pegó has- ta tal punto que perdió el 45% del oído izquierdo y tuvo contusiones cervicales En comisaría no quisieron aceptar mi denuncia trimonio, decido separarme, para aca- bar con ese infierno, pero éste todavía no ha terminado. Han pasado ya tres años desde que me separé y la sombra de mi ex ma- rido me persigue en casa, en el trabajo y en latalle. La separación no fue nada fácil. Tuve que defenderme de cuantas acusaciones me hacían, ya que mi ex marido utilizó todo con- tra mí, incluido el acusarme de haber abor- tado. Cuatro meses duró el proceso, aunque a mi me parecieron cuatro siglos. Pensaba que nun- ca iba a acabar. Y menos mal que a lo largo de todo este tiempo y ahora he contado con amigas y amigos que me escuchaban y opina- ban, que me hicieron entender que esto no era D ESPUÉS de soportar cinco años de ma- Como una p un problema sólo mío, y que tenía que segui adelante. Por fin, firmamos la separación, autoinculpándonos los dos, pero mientras es perábamos la firma ante el juez tuve que so portar 15 días de humillaciones y chantajes.. Pero... lo había conseguido y eso significaba mucho para mí, pues pensaba que con esto y: se habían acabado mis malos ratos (luego mé he dado cuenta de lo equivocada que estaba). Cuando fui a recoger los enseres persona: les y muebles al domicilio conyugal, me en: contré con todo vacio y mi ex marido me dijo! que era una venganza que tomaba por no ac: “ ceder a seguir acostándome con él. Los días pasaban y él seguía en las mismas, amenazándome e insultándome, pegándome: 40

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a La «solución» de las mujeres policías no cambia mucho la situación. Los policias, por su ideología, son tan machistas como ellos. por las que tuvo que llevar collarín du- rante diez días. Algunas mujeres han denunciado pú- blicamente el comportamiento vejatorio recibido en comisaría; el 5 de julio de 1985 El País sacaba una noticia que ha- cía referencia a las dificultades puestas a una mujer por el comandante respon- sable del cuartel de la Guardia Civil de Avilés cuando ésta deseó presentar de- nuncia por malos tratos contra su ma- rido. La agredida fue aconsejada de que a de tenis ncluso delante del hijo, ante lo cual yo pro- suraba no responder para que nuestro hijo no viera más problemas. No contento con ha- :erme la vida imposible a mí y a mi hijo, in- entaba amargarme en el trabajo, llamando los o tres veces al día para insultarme y se me- ía con mi familia y amistades, insultando a odos y amenazándoles de muerte. Puestas así las cosas, decidí poner una de- vuncia en comisaría, y cuál no sería mi sor- )resa al ver que no me la querían aceptar con trgeumentos como que aquello era normal en ln marido y que no tenía testigos. Pasaron dos meses después de esto y mi ex narido seguía en las suyas molestando y no lejando vivir a nadie, por lo que decidí vol- ver a comisaría para poner una nueva denun- cia y esta vez con testigos, pero la respuesta fue la misma: disuadirme, decirme que me lo pensara que al fin y al cabo todavía estaba ca- sada con él y que no eran más que palabras. Al final, me dijeron que mientras no saliera el juicio de la primera denuncia no me admi- tan más. ¡Bochornoso! De ahí fui al Juzgado y me echaron con ca- jas destempladas, diciéndome que antes tenía que pasar por comisaría. La verdad, me sentí como una pelota de tenis, de aquí para allá y sin que nadie me hiciera caso. Así que decidí buscar una abogada para tramitar la denun- cia a ver si así me hacían caso. Extraído de una ponencia de un grupo de feministas de Iruña, 1985 41 Del Juzgado me echaron con cajas destempladas

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La justicia y otras soluciones regresara a su casa si no quería ser acu- sada de abandono del hogar. Igualmen- te, en una ponencia sobre «Agresiones : a las mujeres y el Código Penal», se de- nunciaba el caso de P.L.G. Esta mujer, después de haber sufrido en diversas ocasiones durante su matrimonio agre- siones por parte de su esposo, decide fi- nalmente denunciarle, por lo que el 20 de septiembre de 1983 acude a la Poli- cía Municipal de Hospitalet. Allí le in- forman de la necesidad de ser asistida = enel Hospital de la Cruz Roja, cuyo par- te facultativo debe presentar en la comi- saría de policía. La policía de distrito se negó a recoger la denuncia y la disua- dió diciéndole que sería peor para ella toda vez que él se vengaría. Semejantes situaciones, la reiteración en los comportamientos policiales y las" denuncias públicas han puesto tan a las claras la realidad que viven las mujeres maltratadas al llegar a las comisarías que los organismos oficiales encargados del tema se afanan en buscar «solucio- nes» para este escándalo. Ahí está la propuesta (en algunos si- tios llevada ya a la práctica) del Institu- to de la Mujer de poner en las comisa- rías a mujeres policías para que sean ellas las que se ocupen directamente del tema. Con la sensibilidad que, supues- tamente, caracteriza a la mujer, a la que se le une la comprensión por el hecho de serlo, se va a tratar de paliar todos estos problemas. Y para acompañar a esta «medida», se propone el dotar a los policías (hombres) de una preparación mediante planes de estudio que les «ca- paciten para conocer la situación de las mujeres víctimas y las necesidades que su caso específico planteen». ¿Y nada más? Los proyectos reforma- dores del gobierno siempre conmueven por su altruismo, pero suelen pecar de «olvidos» sobre cuestiones esenciales. La cuestión de la función que cum- ple la policía en una sociedad como la nuestra y el carácter represivo que ésta tiene, va más allá del hecho de que sus miembros sean hombres o mujeres, in- j cluso del hecho de su preparación inte- lectual. y Sobre la preparación humana no es 4 Después de mucho aguantar pensó que la —El 30 de mayo del mismo año, Andrés Martín rios disparos en plena calle de la localidad caste- —En 1984, una mujer llamada María, con dos en el informe de la policía nacional es de «conduc= hijos y embarazada del tercero, llegó al Centro de ta intachable»; es evidente que en su expediente no Mujeres de Madrid aterrorizada. Acababa de aban- tuvieron en cuenta las dos denuncias que presentó donar su casa y sus hijos porque su marido llevaba contra él María Luz o, a lo mejor, por este hecho toda la tarde pegándola. le relucía más esta «conducta intachable». ¡Quién sabe! El terror era porque su esposo, enarbolando su pistola reglamentaria, les amenazaba de muerte a ella y a sus niñas. Cuando le dijeron que debía pre- sentar una denuncia, contestó que no lo había he- cho porque él es policía nacional y ella pensaba que a un policía no se le podía denunciar. María llevaba mucho tiempo soportando el cas- dej i a esla ejes te mato». Y tigo en silencio hasta que ese día no pudo aguan-' : o cai A tar más y se fue, No sabía qué hacer. Pensaba que —El 9 de octubre de 1985 el cabo de la Guardia su única solución era morirse. Civil Antonio Carrillo, de 44 años, mató a su es- Con la «auto —El 1 de julio, también de 1984, Angel Acero, de 48 años de edad y subcomisario de la Brigada de Estupefacientes de Madrid, mató a su esposa, María Eulalia Morgado. Las tensiones y tormen- tas del matrimonio eran conocidas por todos e in- cluso más de una vez, había amenazado de muerte a su esposa. En una ocasión, le advirtió «como me posa, María del Carmen Peláez, de 22 años, de va- mejor solución era morirse Rodríguez, policía nacional adscrito en Euskadi, llonense de Almassora. mató a su novia Mari Luz Fernández en la locali- dad de Zurbaranbarri (Bilbao), por el simple he- cho de que no quería tener más relaciones con el mencionado policia al enterarse que estaba casado y que no tenía intenciones de separarse de su mu- jer. María Luz temía por su vida y denunció dos veces la actitud de él, una en San Mamés y otra en Basauri, pero la contestación que recibía era que «eso lo tienes que arreglar con él». Y él lo arregló meltiéndole dos balas en la cabeza. En el barrio, a Andrés Martín se le conocía por «follonero», pero —El 6 de mayo de 1986, en Súria (Barcelona), el sargento de la Guardia Civil Agustín Moreno ma-: tó de un disparo a su esposa, Esther Vila. Agust Moreno justifica su acción por celos, «Al descu= brir cerca de su casa a un individuo con el cual creía que su esposa mantenía relaciones, Moreno desen= fundó el arma y colocándosela sobre la propia sien: conminó a su esposa a que le confesara la supues- ta relación extramatrimonial. En un momento de: la discusión, y al bajar el arma, ésta se disparó, cau=:

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La sumisión de la mujer aparece en todas las obras de cine, teatro y ópera clásicas. lad» en casa ido la muerte instantánea de su mujer». ¿Un ca- más de imprudencia temeraria o de tiros al aire e matan? —En el mes de mayo de 1987, A. Jiménez, de años y cabo de la Guardia Civil destinado en 'uartel de Cantoria (Almería), mató con su ar- reglamentaria a su esposa Ana María P.J. des- 's de mantener «una discusión con ella». —En el mes de julio de este mismo año, otra mu- Alicia Viana y su hija mayor, María Samant- fueron heridas de gravedad por su esposo y pa- Pablo Hernández, policía municipal adscrito a Jnidad Especial de Tráfico. Este vació su revól- contra ellas. Alicia resultó alcanzada en el pe- ), estómago y mano derecha; la hija recibió otros disparos, dos en el tórax y uno en el brazo de- ho. La segunda hija del matrimonio, Rosa, se sal- de los disparos porque a su padre se le habían bado las balas. as «disputas» en el matrimonio eran también sobra conocidas por todos, teniendo que inter- ir en más de una ocasión la policía. También era ente el abandono del hogar del policía muni- al por el tiempo que él consideraba necesario; cisamente, dos días antes de lo ocurrido, la hija yor había presentado denuncia contra su padre Presuntos malos tratos y, al enterarse —según tó un familiar— «llegó a casa muy enfadado, Pués de permanecer durante tres días fuera del domicilio y preguntó a las mujeres quién le había puesto una denuncia. En ese momento, dijo algo así: pues vais a ver ahora lo que hago yo, y disparó sobre ellas». —Pocos días después de estos intentos de asesi- nato, otra mujer murió a manos de su marido, guar- dia civil. El día 15 de julio, Segundo Villegas es- tranguló a su esposa, María de los Angeles Campa Bueno, de 33 años de edad. Fue hallada muerta en la vivienda matrimonial con los pies atados a la ca- ma y cubierta con una colcha. El autor estaba des- tinado en el cuartel de la Benemérita de Tudela. Después del asesinato, huyó sin dejar huellas visi- bles para la policía, que todavía no le han localiza- do. ¡Espeluznante! Aunque aquí faltan muchas otras que han vivi- do la misma situación o han corrido la misma des-, gracia, > . Pilar Ferrán, responsable del CAID de Barcelo- na, en unas declaraciones que hizo en marzo de 1987 al Periódico de Barcelona, decía: «en el CAID he- mos atendido a algunas mujeres cuyos maridos son. policías que han llegado a amenazarlas con su ar- ma». El arma, por supuesto, es la reglamentaria, ésa que utilizan en caso de «peligro». ¿Será que sus mu- jeres son muy peligrosas? 43 necesario extenderse demasiado, se de- muestra todos los días en la calle; ésa la comprobaron las jóvenes detenidas en Reinosa, amenazadas constantemente de * ser violadas, las mujeres de Puerto Real, de Riaño, de Telanosa, las que reivindi- can el derecho al aborto, el derecho al trabajo, el derecho a la libertad y a la dignidad. Los palos duelen y demues- tran en la práctica la «humanidad» a la que nos tienen acostumbrados. Quizá a ningún policía se le haya ocu- rrido golpear a una mujer que llega a una comisaría a exponer sus quejas y sus lesiones y a exigir su dignidad y sus de- rechos, pero eso no cambia el color del asunto. Los golpes los lleva encima, se los ha producido su propio marido y, en eso, la policía tiene las manos limpias; pero su actitud seguirá siendo la misma. En las comisarías se seguirán producien- do las mismas escenas, las mismas ve- jaciones, la misma inseguridad y la mis- ma indefensión para las mujeres. Ellos, hombres y mujeres, son defensores del orden, un orden que incluye el dominio del hombre sobre la mujer en la familia. Eva Martín En una ocasión la amenazó: «Como me dejes te mato.» Y cumplió la amenaza.

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5 LA VIOLENCIA POLITICA CONTRA LA MUJER A lo largo de este trabajo hemos podido ver la violencia que sufre la mujer en los distintos ámbitos de la vida cotidiana. Una violencia que en cualquier caso, es producto del grado de días. a decadencia a que ha llegado la sociedad capitalista de nuestros Pero no nos podemos olvidar de los cientos de mujeres que por su decisión de luchar contra este y otros problemas que aquejan al pueblo, han sufrido y sufren otro tipo de violencia, descarnada y brutal donde las haya: la violencia política materializada en la tortura planificada y dirigida por los cuerpos represivos estatales contra aquellas organizaciones que pugnan por cambiar de raíz el orden de cosas existente. s bien sabido que toda la legis- E lación antiterrorista puesta en marcha desde el inicio de la Re- forma ha estado dirigida para acabar con todas aquellas organizaciones, que bien empleando la lucha armada o una actividad política considerada fuera de la legalidad, se enfrentan al sistema por cuanto consideran que éste no ha resuel- to ninguno de los problemas pendientes que afectan a amplios sectores popula- res. Y para nadie es un secreto tampo- co, que la participación femenina en es- tas organizaciones ha sido siempre im- portante, tanto en número como en la actividad que estas mujeres han desple- gado, asumiendo responsabilidades po- líticas y militares que han pagado muy caro toda vez que han sido detenidas. En febrero de 1977, a tan sólo dos me- ses del Referéndum por la Democracia, era detenida Isabel Santamaría del Pi- no, militante de los GRAPO, que por entonces tenían secuestrados al oligar- ca Antonio María de Oriol y Urquijo y al teniente general Villaescusa, por los que pedían la liberación de los presos políticos. Esta situación fue la que pro- pició que Isabel fuera sometida a las más salvajes torturas durante los'14 días que permaneció en manos de la policía política. En la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, Isabel sufrió sesiones de ho- ras y horas colgada en la «barra» a la vez que la golpeaban con una barra ma- ciza en la planta de los pies, en la cabe- za y en el vientre, llegándola a romper una costilla que le produjo lesiones irre- versibles en los pulmones, además de su- frir un aplastamiento de todos los ner- vios intercostales, que le producirán el resto de su vida dolores en los brazos y otros órganos vitales. Otro caso espeluznante fue el de Jo- sefa Alarcón Lapuente, también militan- te de los GRAPO, que fue detenida en marzo de 1978 por la Guardia Civil en Pontevedra. Durante tres días sin des- canso, Josefa sufrió todo tipo de tortu- ra. Le aplicaron corrientes eléctricas en los pechos y en la cabeza hasta hacerla perder el conocimiento. «El dolor que te producen las corrientes es indescrip- tible —nos dice Josefa, actualmente en- carcelada en la prisión de Caraban- chel— es como si te quemaran por den- tro, como si te introdujeran agujas ar- diendo.» Además de esto le dejaron los pies completamente amoratados de los golpes que le daban con las porras, prác- tica que alternaban con los puñetazos y patadas por todo el cuerpo. De su paso por comisaría Josefa tardó meses en re- cuperarse. Un año más tarde eran publicadas por la revista CRASH en su número 9-79, una fotografía de Eva Alonso Arce con los pechos totalmente amoratados. Eva, militante de los GRAPO, fue detenida en un control de la Guardia Civil en el que resultaron muertos Raúl Calero Ar- cones y Carmen López Sánchez. Eva de- nunciaba en la mencionada revista la se- sión de tortura que sufrió con estas pa- labras: «...de repente entró en la habita- ción un policía, alto, fuerte, moreno y Eva Alonso fue salvajemente torturada como aparece en la fotografía donde se ven los golpes en los pechos. 44

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CAS Irmgard Móller, poco después de ser herida gravemente por la policía alemana en la cárcel de Stamienteiói (Stuttgart) en 1977, cuando mataron a los otros dirigentes de la Fracción del Ejército Rojo alemán. con la cara llena de marcas de viruelas. Parecía muy ebrio y la pesadilla empe- zó inmediatamente. Fuera la ropa, des- nuda de cintura para arriba y los prime- ros puñetazos en los pechos. Los puñe- tazos siguen y siguen a pesar de mis gri- tos de dolor. Puñetazos sistemáticos y continuos dados con especial sadismo (...) Se unen otros cinco policías presen- tes. Puñetazos sin parar que duran des- de las tres hasta las nueve de la mañana (0 En el otoño de ese mismo año, 1979, la organización armada GRAPO y el PCE(r) sufrieron una fuerte ofensiva po- licial que terminó con la detención de decenas de militantes, simpatizantes y colaboradores entre los cuales se encon- traban un nutrido grupo de mujeres. To- das ellas denunciaron el haber sido ob- jeto de torturas ante el juez, denuncias que debieron quedar «archivadas» en las papeleras. De todos estos casos sobre- salía por su crueldad el de Dolores Cas- tro Saa, entonces militante del PCE(1), que en cuestión de horas la reventaron los pies además de aplicarle «la bañe- ra» (sistema que consiste en introducir- le la cabeza en un cubo con agua, ori- nes y toda clase de porquería hasta pro- ducirte la asfixia). Durante meses Do- lores no pudo caminar, teniéndose que desplazar de un sitio a otro en brazos de sus compañeras de presidio. El caso de Dolores Castro merece en este escri- to una mención especial porque ésta no fue la única vez que sufrió torturas en “su cuerpo: dos años después, siendo mi- litante de los GRAPO, caía muerta jun- to con otros tres compañeros de la or- ganización, en lo que los medios de co- municación denominaron «enfrenta- miento con la Guardia Civil», pero su cuerpo inerte presentaba inequívocas se- ñales de tortura. Otro caso en el que nos detendremos es el en el de Isabel Llaquet Baldellou, dirigente del PCE(r) que fue detenida en octubre de 1980. Su categoría de dirigen- te la supuso el salir de la DGS con una pierna escayolada, una vértebra rota y el cuerpo lleno de hematomas. Una vez en la cárcel denunció las torturas a las que había sido sometida: «Nada más llegar a las dependencias de Vía Layetana (Jefatura Superior de 45 Policía de Barcelona) me colgaron en la “barra” donde me tuvieron 12 horas se- guidas. Diferentes policías se turnaban para golpearme los pies con una porra y la cabeza con una guía telefónica, has- ta que se dieron cuenta de que no sen- tía los golpes. Me bajaron y avisaron a un médico. Este me punzó los pies y las rodillas y al comprobar que no notaba los pinchazos, aconsejó que me trasla- daran a un hospital donde me vendaron las dos piernas y los pies. (...) De vuelta a comisaría, comenzaron de nuevo los golpes, pero esta vez tumbada en el sue- lo. Entre dos policías me sujetaban y otros cuatro me daban puñetazos en los muslos, brazos, pechos y vientre. Eso duró casi un día entero, hasta que co- mencé a tener vómitos. Cuando vieron que me estaba quedando completamente helada dejaron de golpearme y les oí dis- cutir sobre lo que iban a hacer: unos opi- naban que debían trasladarme al Hos- pital Clínico de Barcelona y otros se ne- gaban porque, según ellos, sería un “es- cándalo” llevarme en ese estado, mi cuerpo ya estaba completamente mora- do.»

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La violencia política contra la mujer Con la llegada del PSOE al poder la tortura continuó y continúa siendo una práctica cotidiana en las comisarías y cuartelillos, sólo que a partir de enton- ces los encargados de la lucha antiterro- rista se aplicaron en hacer su «trabajo» de manera más refinada, de modo que sin perder eficacia se evitaran el escán- dalo de los cuerpos amoratados o los pies reventados. Así se empeñaron en practicar aquellos métodos que apenas dejan marcas visibles pero que sus con- notaciones son en muchos casos irrever- siblest Múchas mujeres, militantes y simpa- tizantes de ETA y GRAPO, han vivido esta experiencia. Nombrarlas a todas se- ría interminable, más propio para un dossier especial, por ello mencionare- mos sólo algunos casos cuyas particu- laridades bien pueden hacerse extensi- vas, de una u otra forma, a todos los de- más. Recientemente, en un juicio celebra- do contra Begoña Sagarzazu se leyó a petición de su abogado, Miguel Castells, parte del informe dado por el médico fo- rense en el que de manera explícita re- conoce la «posibilidad» de estas prácti- cas de tortura «limpia». Begoña denun- ció que le habían puesto una bolsa de basura sobre la cabeza y el forense (Luis Borras Roca, de Barcelona) señaló en su informe que «cabía la posibilidad de pri- vación de oxígeno puesto que tal prác- tica, de haberse realizado, no hubiera de- jado señal». Este excesivo «celo» por no dejar marcas también lo pudieron apreciar Carmen Muñoz y Carmen Cayetano, militantes de los GRAPO detenidas en el verano del 83. La primera nos cuen- ta: «Trasladada a la DGS tenían gran preocupación de no dejarme señales. Por ello, me aplicaban corrientes, sen- tada en una silla, en las muñecas y la zo- na posterior del cuello, tapándome la ca- beza con la funda de la máquina de es- cribir para aumentar la sensación de an- gustia...» Un mes más tarde, Carmen Cayetano denunciaba: «nada más llegar a las dependencias policiales de Madrid empezaron a torturarme, pera eso sí, cuidándose en lo posible de no dejar marcas para que el abogado, al que só- lo dejaron visitarnos una vez y a través de un cristal en una habitación oscura, no pudiera apreciar signo alguno de tor- tura (...) me hicieron “la bañera” lo que para mí era angustioso, porque tengo problemas de respiración ya que padez- co de silicosis.» En el mismo informe Carmen Caye- tano denuncia las humillaciones a que fue sometida por su condición de mu- jer, humillaciones aberrantes que todas las detenidas han sufrido, en mayor o menor grado, en manos de unos «fun- cionarios» todopoderosos cuyo único objetivo es arrancar confesiones al de- tenido, para lo que necesitan aniquilar en la persona todo brote de resistencia y hundirla por los medios que sean. Es por ello que con las mujeres no só- lo emplean la tortura «bruta», la que produce dolor físico, sino que ésta sue- le ir acompañada de agresiones:sexua- les de todo tipo. El caso más destacado que nos viene a la memoria es el de Mertxe González, acusada de colaborar con los Comandos Autónomos (CAA), que además de sufrir golpes y palizas, fue violada por uno de sus interrogado- res, el cual la introdujo un palo de es- coba por la vagina. Mertxe denunció en- tonces espeluznantes torturas, pero ésta fue sin duda la que más se le grabó en la memoria. Un caso más reciente es el de Begoña Sagarzazu, detenida en 1987, acusada de colaborar con ETA. Begoña, además de denunciar que le habían aplicado el mé- todo de «la bolsa» añadía que uno de los policías abusó de ella sexualmente: «...me introdujo los dedos en la vagina, diciéndome si aquello me gustaba. Me levantó del suelo bruscamente y me tiró sobre el camastro con la intención de pe- netrarme fálicamente». Estos son, que se conozcan, los casos más extremos, pero las vejaciones sexua- les a las mujeres detenidas aparecen de múltiples formas en todas las denuncias de torturas: amenazas de violación, de- jar a una mujer desnuda en medio de un corro de policías soportando sus ri- sas, sus bromas y toqueteos, arrancarla el pelo del pubis, en fin, la humillación más infame empleada como arma des- tructora de toda voluntad de resistencia. Formas de tortura hay muchas y es- tas se aplican, dependiendo de la situa- ción, en todas las condiciones, en mu- chos casos inimaginables para cualquier mente sana. Hay casos de mujeres que, gravemente heridas en el momento de su detención, hospitalizadas, con oxígeno, con suero, en lucha entre la vida y la muerte, han sido interrogadas en estas condiciones de auténtico peligro para su vida. El caso más espeluznante es el de Josefa Jiménez, militante de los GRA- PO que, herida de bala de suma grave-: dad a finales de 1980, sufrió durante días y días los interrogatorios de la po- licia, quienes la retiraban el oxígeno y la golpeaban en las heridas hasta que se convencieron de que Josefa no podía ha- cer ninguna confesión: murió después de varios días. Experiencia de este tipo la han vivi- 46 Manifestación contra la tortura en Euskadi. do más recientemente Mercedes Galdós y Josefina Ernaga, ambas militantes de ETA. Esta última, una vez en la cárcel, denunciaba: «Me quitaban la careta de oxígeno para que hablara, pero al fal- tarme me ahogaba, por lo que me da- ban un block para que escribiera, pero tampoco podía ya que el tiro fue en la parte derecha y tenía el brazo inmovili- zado.» Hasta aquí hemos visto algunos ca- sos de militantes activas o colaborado- ras que han sido víctimas de la tortura y malos tratos en las comisarías, pero es seguro que hay un gran número de mu- jeres que han sufrido la tortura como fruto de la aplicación indiscriminada de la ley Antiterrorista, que ha permitido las redadas masivas, la detención arbi- traria de cientos de hombres y mujeres que posteriormente han sido puestos en libertad sin cargos (de todas las deten- ciones que se producen en un año, un 85% son puestos en libertad). El caso de Pilar Nieva es de sobra co- nocido por toda la campaña propagan- dística que rodeó a su detención, presen- tándola como una «destacada militan- te de ETA», cuando en realidad no te- nía nada que ver con la organización ar- mada vasca. Ella era simplemente una «sospechosa» que cayó tras el aparato- so cerco y peinado del Barrio del Pilar en 1983. Después de 10 días de tortura

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permaneció nueve meses y medio en la prisión porque su libertad inmediata hu-, biera puesto al descubieto que tanto des- pliegue policial e informativo resultó ser un fracaso de los responsables de la lu- cha antiterrorista. Pilar Nieva salió en libertad una vez juzgada y absuelta de toda culpa, pero la tortura que sufrió y los meses de cárcel no se le podrán bo- rrar de la memoria para el resto de su vida. Idoia Aierbe Iríbar fue detenida en noviembre de 1985 por el mero hecho de ser la novia de Mikel Zabalza y someti- da a todo tipo de torturas durante 10 días para después quedar en libertad sin cargo alguno. ¿Cuántas mujeres, que permanecen en el anonimato, no habrán sufrido esta ex- periencia inhumana y cruel de la demo- cracia? Para saberlo sería necesario que todas ellas superaran el miedo a la de- nuncia, el terror a que se repita la expe- riencia con que las amenazan para ce- rrarles la boca. Es más, muchas de ellas han llegado a reconocer ante el juez que han recibido «un trato correcto». Antes eso que la vuelta a ese infierno. Pero si algo se ha puesto en evidencia en el transcurso de todos estos años, es que la represión y en concreto la tortu- ra se ha hecho extensiva en la misma me- dida en que ha crecido la lucha popular contra la política del gobierno (recon- versiones, despidos en masa, etcétera). Y las mujeres, como parte integrante de esa lucha, han vivido ya en su pellejo el sadismo de los cuerpos encargados de mantener la ley y el orden. Muchas mujeres de Reinosa dieron testimonio de la tortura que sufrieron en el cuartelillo de la Guardia Civil, aquel siniestro día de abril en el que la Guar- dia Civil tomó militarmente el pueblo y cargó brutalmente contra sus habitantes. El resultado de aquella jornada de ba- talla campal fue de 33 heridos y más de 60 detenidos. Arantxa Santamaría, jo- ven parada de Reinosa denunciaba pos- teriormente: «Te vamos a poner el coño cuadrado», me dijeron los guardias ci- viles cuando estaba detenida en el cuar- tel. Me hicieron pasar por un pasillo de guardias donde me dieron unas cuantas tortas. A otras amigas las amenazaron con violarlas, incluso con la porra. Nos pusieron contra la pared sin movernos, no nos dejaban mirarlos, nos ponían la zancadilla. Todo eran humillaciones. Presumían de ser muy hombres.» Desde luego que, en este como en otros muchos casos de este tipo, el mó- vil fundamental de la tortura es el casti- go, castigo que reciben las mujeres por atreverse a luchar, castigo por defender su vida y su futuro. No ocurre lo mismo en los casos que hemos visto de militantes activas de una 47 organización política, en donde además del castigo se persigue la confesión de la detenida: la delación de otros com- pañeros, información sobre la organiza- ción y que admita su participación en las acciones que haya realizado su organi- zación contra la llamada «seguridad del Estado». Esto es lo que ha permitido la ley An- titerrorista y continúa permitiéndolo en su nueva versión por mucho que nos ha- blen de su «derogación». Ana María García Rueda y Rosario Narváez Ternero, militantes de los GRA- PO, han sido detenidas estando ya en vi- gor la nueva ley-que reduce a 5 días el plazo de detención, pero por sus testi- monios comprobamos que este «cam- bio» no ha hecho sino intensificar las se- siones de tortura. «...Nada más llegar —decía Ana Ma- ría García en una denuncia que hizo pública— a golpes de puñetazos me des- nudaron completamente y me pasaron a una habitación donde me esperaban cuatro energúmenos de la brigada de in- formación que se me echaron encima dándome golpes y puñetazos en el estó- mago y en todo el cuerpo. Así estuvie- ron durante horas... Como yo ya tenía el cuerpo amoratado paraban de vez en cuando para darme pomadas que me fueron quitando las marcas. (...) Así me tuvieron durante cuatro días seguidos, sin duda en un ensayo de lo que será la «nueva aplicación de la ley Antiterroris- ta». Hasta el último momento, horas an- tes de pasar a la Audiencia Nacional, es- tuvo Ana María recibiendo golpes y pa- lizas. La policía amenaza con torturar a los hijos Igual experiencia vivió en agosto pa- sado Rosario Narváez, que en los 5 días que estuvo en manos de la policía sufrió' varias sesiones de «quirófano» que acompañaban con golpes, tirones de pe- lo, puñetazos en el abdomen y en la ca- ra, además de amenazas constentes con sus armas o de secuestrar a su hija, de apenas año y medio, para obligarla a ha- blar. El chantaje con los hijos, la ame- - naza de llevarles a que presencien cómo torturan a su madre, es práctica también antigua que no ha desaparecido con el tiempo. Ahora, cuando los conflictos sociales menudean, y la lucha política se enco- na, la práctica de la tortura no puede menos que extenderse y las mujeres se- guirán sufriendo sus consecuencias, al igual que los hombres, en la medida en que opten por jugar un papel determi- nante y comprometido con la lucha que habrá de liberar al pueblo de todas es- tas lacras y de los problemas profundos que las alimentan.

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El papel de la prensa, radio y televisión AGREDIR POR TODOS LOS MEDIOS Cada vez más a menudo, los malos tratos están apareciendo en ln todos los medios de comunicación; desde la radio a la prensa, pasando por la televisión, se están haciendo eco de este problema que, hasta no hace mucho, no pasaba de la categoría de crónica negra, del puro y simple sensacionalismo informativo con el que llenar la morbosidad. Hoy ya no, hoy existe toda una avalancha informativa al respecto. Por fin —parece que nos vienen a decir— se está superando el tabú que ha envuelto siempre a unas vidas apaleadas (las de las mujeres, por supuesto) y que terminaban en callejones oscuros o tras el hermetismo de una puerta que ¡vaya usted a saber lo que ocultaba!, aunque cualquiera, al final, OS actuales medios de comuni- . cación parecen decididos a te- ner como lema la claridad y la preocupación por los problemas socia- les a la hora de llevar a cabo su labor informativa, hasta en los más escabro- sos (¡imperativos de la «democracia»!). Por eso, no resulta extraño ver ríos de minuciosa y detallada información so- bre hechos como el juicio contra Ascen- sión Martínez, la mujer del que se ha da- imaginaba todo y más. Qué duda cabe que los medios de co- municación juegan un papel fundamen- tal en la conciencia social y en las for- mas del comportamiento humano. Pe- ro su «preocupación» no deja de ser de- magogia, pura fachada que se viene aba- jo sólo con profundizar un poco en los mensajes que nos transmiten al volver la página, en el intermedio de una pelí- cula o en el mismo programa o artículo que, aparentemente, rezuma progresis- Anuncios, películas, canciones, reproducen las mismas agresiones contra las mujeres do en llamar «caso Ondara» o a la más exhaustiva información sobre los pasos y medidas que se están tomando desde las Instituciones para ir solucionando este problema (policías mujeres que acompañan a las mujeres al forense, campañas de información audiovisual, etcétera). Pasos en los que, por supues- to, ellos manifiestan estar influyendo. Editoriales como el de El País del 9-10-87, dicen mucho sobre esta nueva forma de actuación: ¡«La violada heroi- ca», sugestivo título para un artículo en el que se rompe una lanza a favor de la mujer! mo en cada una de sus palabras. Sus buenas intenciones y la posibilidad de , ese paulatino cambio social con respec- to a los malos tratos, sólo serían creíbles si todos estos medios no estuviesen com- prometidos con un sistema social, eco- nómico y pol tico, interesado en perpe- tuarlos. Degradación y lucro Anuncios, películas, canciones, repro- ducen las mismas agresiones contra las mujeres, que momentos antes decían condenar, y perpetúan los mismos pa- peles que nos han otorgado desde hace 48 siglos: o ama de casa u objeto sexual, o las dos cosas al mismo tiempo. Centrémonos en la publicidad, el mé- todo en el que de forma más clara se combina y concretiza —y no por casua- lidad— la reproducción de las agresio- nes a las mujeres. La doble función de este método (económico en cuanto al afán de vender y transmisor de ideolo- gía) crea una mezcla intoxicadora tan fuerte y tan compleja que no deja títere con cabeza en cuanto a la integridad fí- sica, intelectual y moral de las mujeres. . Los anuncios son un auténtico cóctel de mujeres adorno-seductoras-incapaci- tadas-consumistas-reproductoras de ideología-ama de casa; mujeres objeto que es de lo que se trata, preparadas y dispuestas a ser forzadas, para lo bue- no o para lo malo, en la calle o en su casa, por su marido, su jefe o un desco- nocido. Un forzamiento que lleva a obligarte a comprar un detergente que, ni quieres ni necesitas; a mantenerte en la esfera del hogar como si fuera el séptimo cielo, pe- ro con horno de microondas y suelos brillantes como espejos; a cuidar el en- canto ersonal con dietas y cremas mila- grosas y con ropa interior incitante. En este caso, se nos está presentando, a se- res que viven en constante inseguridad y dependencia, sin capacidad de deci- ' sión propia y sin más metas que las de encontrar a ese hombre «maravilloso» que les proteja de todos los males que

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he Covia frgtós

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Agredir por todos los medios INO MODELO at sl e les rodean y que, por ellas mismas, no están preparadas para afrontar. Para el caso de aquellas que no están recluidas entre las cuatro paredes del ho- gar, la posibilidad tiene también sus es- tereotipos; se ofrecen imágenes de mu- jeres de apariencia misteriosa, incitado- ra, que parecen estar pidiendo a gritos ser utilizadas sexualmente por un hom- bre, estereotipado en los mismos anun- cios como atractivo, impetuoso, fuerte, que utiliza tabaco, bebidas, perfumes y mujeres bellas. Pero aún hay más. Cons- tentemente, se ve en los anuncios cómo una copa, un reloj, una botella de co- ñac, un automóvil, adquieren la catego- ría de objetos seductores cuando los re- fuerza el roce del cuerpo de una mujer (unos labios, una mirada, unas manos). _ La carga ideológica que todo esto m- plica, junto con situaciones de agresio- nes cotidianas que se manifiestan a la hora de la exposición publicitaria, son la más clara muestra de esawelación de mujer-objeto que nos tragamos a todas horas y que inciden tan subrepticia y pe- ligrosamente en las formas de gompor- tamiento a seguir, incluso ya desde pe- queñas. . Los anuncios en los que las niñas acu- nan a unos bebés-niños, provocando la envidia de su vecina con un «alucina», o los juegos de mil colores para pintar- se la cara, son las formas incipientes (el lema de prevención dice que cuanto an- tes mejor) para que ninguna se salga de ese papel tan aberrante y autodestruc- tor que habrá de cumplir después. El te- rreno para ser maltratada por el mari- DE ' ) Lik A 4 do, o violada en el trabajo, en la calle o en su propia casa, está abonado. Por supuesto, la publicidad no es la única forma de agredir y de introducir SURTIOR DE SANGRE una ideologia que permite la agresión y los malos tratos; están las revistas del «corazón», con sus historias de prince- sas de toda la vida y, junto a éstas, las

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de las más humildes que hoy se codean con ellas y son ¡baronesas! (¿por qué tú no?), o sus competidoras más modernas: ELLE, Dunia, Mucho Más, Mía, que transforman este mensaje decadente en otro no menos reaccionario. Revistas modernas para mujeres preparadas, ac- tivas, emprendedoras, en las que, final- mente, sus aspiraciones terminan resu- midas en test con preguntas como: «¿Es- tarías dispuesta a cualquier cosa con tal de agradar a tu pareja?» Entrando en Otros campos, por asi de- cir, más culturales: el cine, la literatura, las cancione$, nos encontramos con la misma degradación del sistema de valo- res. El ejemplo más tristemente palpa- ble son las películas «porno», esa ma- nifestación de lá degeneración que su- puso el boom de la apertura en este país. A través de ellas, lo único que se fomen- ta son las violaciones al inducir al hom- bre a reproducir lo que acaba de ver. Más miga tienen, por lo encubierto, esos otros telefilmes «normales». La bofeta- da que Glen Ford propinó a Rita Hay- worth en «Gilda» y que marcó todo un hito en la historia del celuloide y de los malos tratos hacia la mujer, hoy ya na- da tiene de excepcional ni de extraordi- nario. Las películas que, a diario, pasan por TV o que se exponen en los cines, contienen agresiones mucho peores y reiterativas; películas, además, destina- das a públicos de todas las edades y con- “diciones para que ninguno pueda esca- par de esta influencia, Y vayamos a las canciones, que en este tipo de manifestación cultural, también las formas han ido adaptándose a los tiempos que corren y a las nuevas gene- raciones. Así, mientras los más talludi- tos siguen embelesándose con aquel «Siempre a la verita tuya hasta que de pena muera» los más jóvenes tienen ma- chacadas las neuronas a ritmo de rock con cosas como «nena, estabas buena... aquel muslito tan sexy me llevó derecho al altar», o «voy a asesinarte nena». El doble juego Puede haber —seguro que los hay— otros métodos, además de los expuestos, pero todos seguirán llevando al mismo unto: a un círculo que, además de vicio- so, es asfixiante. Ante eso, las noticias y la información que últimamente está apareciendo, con toda su carga de buenas intenciones, al menos en apariencia, difícilmente pue- de hacer de contrapeso en la balanza. Hay quien dirá que por algo se em- pieza. Por supuesto, más vale poco que nada. Sin embargo, el asunto se vuelve a poner escabroso cuando ese «poco» no resiste la prueba de un análisis míni- mamente detenido. El estilo informativo con que se tra- tan las agresiones a las mujeres, peca de una ambigiiedad bastante sospechosa; mucho más, teniendo en cuenta que la ambigiiedad en los malos tratos sólo puede contribuir a lavarse la cara frente a unos hechos bárbaros y estremecedo- res. Y los medios de comunicación no van a permitir que se ponga en duda su «civilización». Así, se va dando una de cal, constan- tando los hechos «tal y como ocurrie- ron» (¿la transparencia informativa?); las de arena que las hay y muchas, se irán plasmando entre medias de esa «constatación fidedigna». Se añaden datos, como el que no quiere la cosa so- bre la moral de la mujer agredida (los agravantes de nocturnidad o el que la mujer mantenga relaciones «oscuras» son, sin duda, hechos de gran valor pe- riodístico que ayudan a esclarecer la ver- dad y a contribuir al compromiso so- cial); se concluyen los asesinatos de mu- jeres con un «habían reñido», dejando al lector con la sensación de una igual- dad de oportunidades en el enfrenta- miento y, por lo mismo, con la impre- sión de que los cientos de casos de mu- jeres que son asesinadas al año, son con- secuencia de un simple «le tocó a ella»; o se induce al lector confiado a mirar los hechos de forma benevolente, sim- plemente con colocarle un tYtulo que re- ce «crimen pasional». ¿Y quién no ex- culpa o justifica a un marido, novio o compañero celoso? La profesionalidad y el arte que tie- 51 nen para darle la vuelta a la tortilla es asombrosa. Aún no está muy lejano, por ejemplo, el juicio (octubre de 1987) con- tra una red de prostitución de menores en Valencia. Un juicio difícil de olvidar, sobre todo por el boom publicitario que los medios de comunicación se encarga- ron de darle. Ha ocupado páginas y pá- ginas de periódicos, ha sido transmiti- do por la TV y, a cualquier hora que pu- sieras la radio, ahí te lo encontrabas. Pa- recía todo un lavado de conciencia so- cial ante unos hechos aberrantes, aun- que no únicos ni infrecuentes, que no se podían permitir. Y, como palaines del honor perdido, se lanzaron con furia al ataque. A la postre, y una vez desinfla- do el globo, las únicas que han salido mal paradas han sido las mismas jóve- nes maltratadas y obligadas a prostituir- se. ¿Cabía esperarse otra cosa? Queda así servido el doble juego de estos medios y de estos periodistas «pro- gresistas» que tan pronto escriben edi- toriales a favor de la mujer como nove- las (véase «La Rusa» de J.L. Cebrián) en las que sus protagonistas femeninas reaccionan visceralmente. Y lo seguirán sirviendo, cada vez con mayor intensi- dad con la esperanza de que el ciudada- no/a incautos continúen tragándose la "pildora de que se está haciendo algo pa- ra acabar con esa lacra que son las agre- siones hacia las mujeres. Tras tanto es- fuerzo, es fácil sobreentender —aunque ellos no lo digan— que las única respon- sables de su situación serán las mujeres que sigan siendo maltratadas y violadas. Y todos tan contentos. Rosa Alvarez

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240 páginas] 600 pesetas 115 páginas 500 pesetas 215 páginas 150 páginas 500 pesetas 500 pesetas ejemplares 2.500 ejemplares Dentro Y fuera: 4 La fuga de la cárce Resistencia 4 de Zamora ; se 120 Y e páginas P j pesetas Porque , ORQUE VIVIMOS vivimo | s 115 páginas | 400 pesetas .500 a 1.500 ejemplares lorqpleres ' » La mujer en el camino de su emancipación o poética de la Resistencia